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Domingo

Narciso Sardá Riusech el héroe olvidado


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Hablando de olvidos, podríamos principiar por el nombre de quien publicó rasgos de muchas vidas notables. En estos temibles días de encierro, que para soportarlo tenemos, por gracia de la Providencia, la opción de buscar los viejos libros que encontremos a mano y que, también confinados, estaban a la espera, como las mascotas, que una mano amiga les abrace y les reviva la emoción del acaricio. Páginas con olor a húmedo que se deslizan cuidadosamente para no rasgarlas de su lomo engomado. Así recobra vida la pluma de un maestro de la crónica periodística: Federico Hernández de León.

El libro de las efemérides, ocho tomos que se formaron como tarea diaria, sin faltar una sola fecha, durante dos años, relatando una vida, un suceso crucial, una buena o mala noticia según quien la vea y como le convenga. Viajes presidenciales, relatos de expediciones administrativas con el presidente Jorge Ubico, dos tomos descriptivos de un trato de comunidades indígenas y ladinas con un dictador salomónico. De las Gentes que conocí, dos tomos grandes, con perfiles de casi un centenar de  personalidades (políticos, artistas, religiosos,  empresarios, maestros, profesionales, etc. de la vida nacional). Aquí, en el volumen II págs. 147 a 152, encontramos el nombre olvidado del doctor Sardá.

No he indagado respecto de la escuela universitaria de periodismo de la San Carlos, ni tampoco de otras que impartan esa carrera, si en sus respectivos programas académicos figura el nombre del citado periodista, cuya notabilidad arranca de finales del siglo XIX. Imagino que así debe ser, porque ese nombre, como otros de singular calidad de la profesión, se formaron espontáneos con el estímulo de la lectura voraz, sorbida en cuanto libro tuvieran a su alcance. Nombres como Clemente Marroquín Rojas empezaron a impugnar aquel mundo difícil de las dictaduras. Aunque la cuestión venía de antes, por caso Francisco Lainfiesta fundando El Vigilante; José León Castillo, El Centinela; Joaquín Méndez, La Idea Liberal; Agustín Méndez Franco, La República. El citado, Hernández de León asociado de Carlos Bauer Avilés, de tribunas como El Cuarto Poder y Nuestro Diario. Alejandro Córdova, fundador y propietario de El Imparcial, asesinado por la dictadura que se quería eternizar.

Con referencia al tema de las vicisitudes en el  ejercicio de opiniones, resulta oportuno citar que Hernández de León también lo padeció dos veces en los tiempos de El Señor Presidente. En sus Efemérides lo relata: “me retuvo (en la cárcel) por más de cinco años y fueron los terremotos los que ordenaron mi libertad” “al poco tiempo (…) consideró que no estaba yo bien en libertad y, previa una paliza de las de la época, me metió de nuevo en una bartolina de la Penitenciaría.” (ob. cit, pág. 324).  

Entrando al capítulo relativo al catalán don Narciso Sardá Riusech, empieza por indicar que llegó a Guatemala por invitación de su colega médico de apellido Buffa, y se instaló en las pródigas tierras de San Antonio Suchitepéquez en donde instaló su clínica, ganando al poco tiempo fama por su certeza y por su consideración: “fuente de generosidades, alivio de caminantes, consuelo de afligidos.” Se trata de un municipio cafetalero, ganadero, y, para su mayor  mérito, cuna de la familia paterna de Jorge Sarmientos. ¡Ah!, y si me permite, de grandes recuerdos por pasar algunas vacaciones escolares en la finquita Estambul, leyendo a la sombra de cafetales en flor.

A poco tiempo de instalado el doctor Sardá, tuvo que afrontar una epidemia de fiebre amarilla que brotó en 1896. No vaciló en tomar iniciativas y liderazgo del bueno en  el municipio en el cual había fijado su residencia, ni tampoco se puso a esperar el auxilio del gobierno central. Organizó las brigadas de combate y capacitación, no descansó sin organizar a los voluntarios que requería para auxiliarlo y para instruir y tranquilizar a los aldeanos. Así, esa amenaza fue controlada y desaparecida. 

Nueve años después surge la alerta desde Zacapa, a la que acuden médicos y estudiantes a prestar su auxilio para contener y erradicar otra peste, a cuyo combate también acude el doctor Sardá, de quien dice FhdL: “Todos teníamos fe en la obra del médico que dejaba la aldea, apacible y tranquila, para meterse en las horrísonas regiones de la peste.” “La lectura de las inscripciones que señalan los sitios de descanso de las víctimas, horroriza. Se registran casos en los que, cuatro nombres de una misma familia, tienen la misma fecha. Aquellos días de 1905 debieron ser dantescos para los buenos zacapanecos, sorprendidos con la presencia de la muerte amenazante y segura.”

El cronista citado informa, sin indicar lugar, de una placa fundida por disposición oficial, conmemorativa de los médicos y estudiantes que se sacrificaron a las pandemias.

Doctores
Federico Morales + 1882 Carlos Molina Flores

  • 1892 Jorge Arriola
  • 1905 César Vásquez
  • 1905 Juan J. Vives
  • 1905 J. Antonio Villagrán + 1918

Bachilleres
Arturo Ramírez + 1905 Eduardo van Dorne

  • 1918

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