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Domingo

Campur, un tejido social y económico diluido por el agua


Las autoridades locales proponen deshabitar la zona, crear un nuevo Campur, aun si el agua desaparece meses después de las inundaciones que provocaron las tormentas Eta y Iota. Mientras tanto, sus habitantes se sumergen en sus memorias para recordar la importancia económica y educativa que tenía esa aldea para la población maya q’eqchi’ alejada de Cobán.

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Cuando el agua empezó a brotar del suelo, la maestra Nelyda García se apresuró a sacar una vieja máquina de escribir que no le pertenece. El profesor Juan Antonio Catún rescató todos los productos de la librería de su hermano. René Ac Ramírez subió a su camión los abarrotes disponibles y la foto de la boda de su segundo hijo. La familia Tiul Pop abandonó su casa y se llevó todas sus gallinas, los pollos, los gansos, los cerdos y la perrita a la que llaman Intuk, palabra de origen q’eqchi’ que, en español, significa “tocaya” o “tocayo” o “una de las nuestras”. Familia.

Así dejaban toda una vida en Q’anpor (Campur, escrito en español), aldea de San Pedro Carchá en Alta Verapaz, después de que entre el 4 y el 15 de noviembre las tormentas tropicales Eta y Iota colapsaron las dolinas o los siguanes de esta comunidad sin drenajes, cuya superficie se encuentra a poca distancia de los nacimientos de agua y con un sistema de piedras subterráneas que no permiten una distribución adecuada de la misma. Todo este conjunto de circunstancias hizo que en Campur el agua brotara del suelo y convirtiera el lugar en algo parecido a una laguna.

Los ancestros q’eqchi’s han encontrado en el nombre mismo de la comunidad la respuesta a ese brote de agua, ya que “Q’anpor”, en traducción literal del q’eqchi’ al español, significa “lugar del jute amarillo”. Los jutes son gasterópodos, una especie de la familia del caracol, que es originaria de lugares con cuerpos de agua dulce y salada. Es por eso que la explicación que los habitantes dan a lo que sucedió en Campur, consiste en decir que antes esa aldea era un lago.

Luego de más dos meses de las tormentas Eta y Iota, en algunas partes ya se pueden ver de nuevo las casas. Sin embargo, aún habrá que esperar más de un mes para volver a ver la comunidad completa, cuyos primeros habitantes llegaron hace 96 años. 

El agua que cubrió un centro de comercio 

Ahora, para entender lo que significaba Campur para sus habitantes q’eqchi’s y para otras comunidades cercanas de Alta Verapaz, hay que sumergirse hasta 30 metros bajo de agua o navegar en las memorias de la maestra Nelyda, del profesor Juan Antonio Catún o de algunos de los integrantes de la familia Tiul Pop. 

El lago en el que se ha convertido Campur cubre 544 casas, los hogares de las 4 mil 206 personas afectadas, y ha dejado a 162 comunidades de San Pedro Carchá, Lanquín y Fray Bartolomé sin su principal centro de comercio y de educación. 

Campur se encuentra a 50 minutos de Cobán y se llega por medio de la carretera que lleva al cruce que todo turista nacional o extranjero recorre para llegar a Semuc Champey. Es en ese cruce donde termina el buen camino para los que se dirigen a la comunidad. Hace 20 años se hizo la promesa de concluir esos diez kilómetros de carretera. “Todos los gobiernos, desde Portillo, han venido aquí a inaugurar el inicio de la construcción de la carretera, pero ninguno la ha terminado”, explica el profesor Catún. El mal estado de la ruta, añade, no es culpa de Eta y Iota, sino de los gobiernos.

Ahora el ingreso a Campur es un pequeño embarcadero. Decenas de personas suben y bajan de las cinco lanchas que cobran por cruzar el pueblo, algunas suben cargadas con abarrotes como galletas, aceite de cocina o jugos de fruta enlatados. Durante el recorrido en lancha, el profesor Juan Antonio Catún señala el lugar donde se encuentra su casa, la cual, asegura, le tomó entre 10 y 15 años construirla. Por el momento, vive junto a su padre, su esposa y sus cuatro hijos en un local a las afueras de Campur. El lugar solo cuenta con sanitario y no tiene ducha, por lo que tiene que recurrir a los vecinos para poder bañarse.

Con el rostro serio y sin quebrarse, expresa que para él no es fácil ver los años de trabajo invertidos en su vivienda hundidos bajo el agua. Recuerda que los miércoles y sábados, días de mercado, eran los “más movidos” en el pueblo. Esos dos días llegaban personas de más de cien comunidades a comprar abarrotes y a vender sus cosechas de cardamomo, lo que significaba ingresos de alrededor de Q3 mil anuales para las familias de la zona, resalta el catedrático para explicar la importancia que la aldea tenía para el resto de comunidades de los alrededores.

En esas calles llenas de personas y de gran intercambio comercial vivía también, junto a su familia, Bernardo Tiul, quien por trabajar en tiendas, ferreterías y algún otro negocio lograba ganar hasta Q50 por día. “Trabajaba de cargar mercadería o de arreglar cosas”, explica. Ahora vive junto a su esposa, sus dos hijos y sus suegros en un albergue ubicado en la escuela oficial de Chajquej, una aldea que se encuentra a diez minutos de Cobán y a 40 de Campur, donde tenía su terreno cerca del área conocida como “el mercado”. 

Para René Ac Ramírez, Campur era el lugar de abastecimiento, ya que ahí compraba todo el producto que después iba a vender en su camión a otras aldeas. La casa de René también se encontraba cerca del mercado. “Era una casa sencilla de un nivel”, recuerda, mientras sube de nuevo sus pertenencias al camión, porque dejará la casa que había alquilado en Chajquej, que no cuenta con los servicios de agua y de electricidad, para ir a alquilar otra en una aldea llamada Bancab. 

La educación cada vez más distante 

La lancha continúa su marcha y el conductor, también originario de Campur, explica a sus pasajeros que no chocara con ninguna construcción. Según el lanchero, el recorrido lo hace sobre las calles que por ahora solo existen en su memoria. 

El maestro Catún señala las partes que el agua deja ver de un edificio de dos pisos recién construido. Explica que una semana antes de que Eta golpeara el territorio de Alta Verapaz, la edificación había sido inaugurada por la municipalidad de San Pedro Carchá. Ahí funcionaría uno de los cuatro niveles escolares que se imparten en Campur. Hasta el 2020, el único edificio educativo era el de la Escuela Oficial Profesor Domingo Beltetón García. 

Nelyda García es una docente con 30 años de experiencia y es directora del Instituto de Educación Básica por Cooperativa de Campur. Mientras cruza una de las calles del centro de Cobán, la profesora asegura que –a 40 días de lo ocurrido en la comunidad– el Gobierno aún no ha dimensionado lo que pasó. 

“¡Quieren que empiece clases el 5 de enero! ¿Cómo? si no tengo edificio. Está sumergido en el agua. La gente debería estar viviendo en los Atus (Albergues de Transición Unifamiliares) que el Gobierno debió haber construido cerca de Campur, pero no lo ha hecho, y ahora todas las personas se encuentran regadas en las aldeas de San Pedro Carchá”. 

La maestra explica cómo el lago, en el que todavía parece estar convertido Campur, complicará el acceso a la educación a un aproximado de 275 alumnos, que fueron inscritos en el ciclo escolar 2020 en su instituto. 

Según Nelyda, padres y madres de familia la han llamado para preguntarle si el instituto funcionará este 2021. Ella responde que sí, que el director de la escuela oficial de Chinamá, que se encuentra a 20 minutos de Campur, ya le autorizó funcionar de manera temporal ahí. Sin embargo, esto significa un aumento en el presupuesto de gastos en educación para las familias, debido a que el pasaje de ida y vuelta entre aldeas de San Pedro Carchá se encuentra entre Q20 y Q30. 

Nelyda asegura que en una comunidad llamada Birmania hay un instituto público de educación básica, pero que ahí solo imparten clases tres maestros, por lo que las familias de aproximadamente 25 comunidades prefieren pagar la cuota mensual del instituto por cooperativa. 

La catedrática de secundaria indica que como Campur era el centro educativo para familias de más de cien comunidades, el regreso a clases no solo será complicado para los alumnos, sino que también para los profesores. Nelyda García se quiebra y llora al recordar que algunos de sus maestros aún pagan el préstamo que hicieron para construir su casa en la aldea. “Dicen que lo material se consigue. Eso es cierto, pero yo ya no tengo la misma energía de 30 años atrás para empezar de nuevo”, expresa la maestra que rescató de su vivienda en Campur una vieja máquina de escribir que pertenece al instituto y que le sirve para hacer los cierres de caja fiscal que la Contraloría General de Cuentas le exige elaborar de esa forma.

Un nuevo Campur

Evapotranspiración, así se llama el proceso natural que ha hecho que de nuevo se puedan ver viviendas en Campur. Este fenómeno se da cuando la superficie de un cuerpo de agua se evapora a una temperatura de entre 20 y 30 grados celsius, mientras la vegetación alrededor transpira todo ese líquido evaporado. De esta manera sencilla, explica el geólogo de la Coordinadora para la Reducción de Desastres (Conred), Manuel Chavarría, la única opción viable que existe en Campur para la salida del agua. 

A mediados de diciembre, durante la reunión quincenal del Centro de Operaciones de Emergencia (COE) en Alta Verapaz, el alcalde de San Pedro Carchá, Winter Coc, pedía la construcción de un nuevo Campur, porque ya no es seguro regresar al mismo lugar que durante más de dos meses ha sido como un lago. “Es imposible”, asegura el jefe edil.

Winter Coc plantea reforestar todo Campur y hacer uno nuevo, pero no sabe dónde, ya que en esa área no hay terrenos municipales disponibles. Según el alcalde solo existe uno cerca de la cabecera municipal de San Pedro Carchá, que tiene una extensión de cuatro caballerías. Pero no todas las personas se quieren trasladar, porque además de tener allí su vivienda, Campur era un centro de comercio tanto para los vecinos del lugar, como para el resto de comunidades de los alrededores, quienes además mandaban a sus hijos e hijas a estudiar a esa aldea. 

Algunos aún tienen la esperanza de volver a sus hogares, es por eso que llegan cada día o cada semana a Campur para medir cuánto se ha reducido el nivel del agua. La casa del profesor Juan Antonio ya no se encuentra cubierta por el agua, su padre ha ido a limpiarla, pero tiene miedo de regresar. 

El geólogo de la Coordinadora para la Reducción de Desastres (Conred) recomienda no regresar a las personas que ya no tienen sus casas cubiertas por el agua. Chavarría indicó que, entre el 11 y el 15 de enero, un equipo de la Conred evaluará estas viviendas para dictaminar si son habitables, porque los cimientos deben de estar saturados, lo cual debilita el resto de la infraestructura en un terreno muy vulnerable a los sismos. Cerca de Campur se encuentra la falla de Chixoy. 

Para el geólogo Manuel Chavarría, aún no existen las condiciones para examinar y dictaminar si Campur debe quedar deshabitada, tal como quiere el alcalde de San Pedro Carchá. Sin embargo, en caso de que el consejo científico de la Conred dictamine que puede continuar habitada, el jefe edil deberá invertir en la construcción de más dolinas o siguanes, así como en drenajes para aguas residuales. 

Reconstruir bajo el mismo manto de opacidad 

Mientras las familias más afectadas por las tormentas tropicales Eta y Iota sufrían las consecuencias de los desastres causados por la lluvia, el Congreso aprobaba sin discusión un presupuesto para 2021 que, en principio, solo beneficiaba a los negocios particulares de diputados, alcaldes y funcionarios. El gobierno del presidente Alejandro Giammattei apoyó ese Presupuesto que, tras una serie de protestas, el Congreso se vio obligado a anular.

Este es el ambiente de opacidad que la reconstrucción, luego de las tormentas Eta y Iota, encuentra en las instituciones estatales. La misma situación ocurrió en la construcción de viviendas por la erupción del volcán de Fuego, por el terremoto en San Marcos (colonia Roxana Baldetti), por la tormenta Agatha, por la tormenta Stan, por el Mitch y la lista puede seguir.

El mismo día que Winter Coc pidió un nuevo Campur en el COE, un grupo de funcionarios lo escuchó, porque querían conocer “más a fondo” lo que había ocurrido en Alta Verapaz, lo que pasaba en Campur y lo que necesitaban los pobladores. El ministro de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda, Josué Edmundo Lemus Cifuentes, era el más esperado. Pero Lemus Cifuentes no llegó. Envió en su lugar al viceministro de Infraestructura, Francisco Erazo Cifuentes, quien junto a otros viceministros de diferentes ministerios recorrieron en lancha Campur y conocieron, 40 días después, lo que necesitaba la gente con urgencia: viviendas permanentes y temporales.

El 28 de diciembre, Giammattei indicó que este 2021 empezará con la reconstrucción de las zonas más afectadas por las tormentas tropicales: Alta Verapaz, Izabal y Huehuetenango. Iniciarán con la construcción de 600 viviendas que solo beneficiarán a las personas que cuenten con terreno propio y que no estén en una zona de riesgo, explicó el mandatario. Para el efecto, el Gobierno invertirá Q12.2 millones.

Por las características del plan inicial de reconstrucción del Gobierno, la familia Tiul Pop no podría tener su vivienda. El único terreno que posee esa familia y las tablas que quedan de su antigua casa se encuentran en el área más céntrica de Campur, la cual se desconoce si podrá ser habitable. En la misma situación se encuentra el profesor Juan Antonio Catún.


Explicación sobre el subsuelo en Campur, según la Conred

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