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Domingo

Alienación planetaria


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La alienación humana se ha estado concretando, con éxito rotundo y abrumador. Empezamos un año en el que no importa “la verdad” sino lo que creamos que lo es. El pensamiento crítico, el atreverse a disentir de lo que se difunde por medio de las redes sociales, es equivalente a caer en una fosa, en la que esperan todo tipo de fieras y serpientes para destrozar, al disonante… este está condenado al escarnio, insultos y descalificaciones. 

Se erigió, poco a poco, una tramoya siniestra, en la que el gran público –las masas alienadas– aplaudirían, sí y solo sí, a quien se constituya una caja de resonancia, de los dueños del espectáculo. No se admiten improvisaciones y mucho menos criterios, cuestionamientos, advertencias o dudas. La agenda global, debe cumplirse sin chistar y el público alucinado, sediento de circo –aunque sea sin pan– quiere ver sangre, busca encontrar soluciones prodigadas, desde donde nunca las ha habido… el Estado. 

Pávidos y paralizados, ante el evento que siempre ha sido insoslayable… la muerte, hoy la gente se niega a querer morir, llamando “idiotas”, “irresponsables”, “locos”, a los que quieren vivir en mediana libertad, ejerciendo su libre albedrío. Estos, en el nuevo sistema, simplemente no caben. Nos convencieron de que, somos incapaces de cuidarnos solos, de sobrevivir en autosuficiencia y de elegir, lo que más nos convenga. El año de pánico –2020– ha sentado las bases, para una anormalidad –esclavitud voluntaria– que algunos celebran, con soberbia insensatez. 

Simplemente hay dos grupos en la Tierra, a partir de 2021. Los que se adapten y acepten, como dogma de fe, las verdades promulgadas por organismos internacionales y gobiernos dominantes y quienes las rechacen… estos serán purgados del sistema, vedándoles inicialmente el derecho de expresarse con libertad; es decir, se precisa ser imbécil, o al menos irreflexivo, para sobrevivir, en un mundo que llevó a los seres humanos a temores que jamás fueron temibles y a creer en realidades que nunca lo fueron. 

La virtud, el respeto al criterio  ajeno, los linderos de la propiedad, la libertad y hasta el derecho de equivocarse… todo está en tela de duda, en entredicho, en riesgo de desaparecer. Debemos temer porque así se ha dispuesto, renunciamos a nuestras libertades, porque quienes han dirigido la cosa pública en el mundo –haciendo gala de incompetencia y corrupción– así lo quieren… son ellos en los que debemos confiar nuestros destinos, delegar nuestros derechos y encima, mantenerles, siendo ellos incapaces de procrear un ápice de decoro. 

Sometidos a los protervos, ilusionados con los timadores, entusiasmados con el control, alucinados por “verdades” que promueven mentirosos y realidades que construyen hechiceros. Así está el mundo y cito un ejemplo claro… las famosas vacunas contra el COVID-19 que son exigidas como la panacea para el pueblo, como la salvación de la humanidad, como lo mandatorio y como la solución o tabla de salvación. Un énfasis de importancia, realmente inusitado, para una enfermedad que atrajo la atención de todos y se convirtió en la única causa de muerte probable que curiosamente no es la que más muerte causa y que oculta males tan vetustos, como el hambre y la desnutrición. Con tristeza veo, la aspereza de otrora afables amigos –incluyendo médicos– construir apologías del desastre, sentenciar, insultar y burlarse, de quienes no suscribimos la manipulación de masas y el engaño.  

Según la MP y MPH, Jill Jin, en su artículo publicado en US Food and Drug Administration, en 2014, existen tres fases –de ensayo– para que un medicamento sea aprobado por la FDA. La primera inicia, después del éxito demostrado en pruebas con animales e implica comprobar la seguridad del fármaco nuevo, con cien voluntarios. La segunda fase aplica a cientos de participantes, con la afección o enfermedad que el fármaco dice curar (en el caso de las vacunas prevenir). La tercera fase involucra a cientos de miles de participantes, a los cuales se les administra parcialmente un placebo y a otra parte el medicamento que está en escrutinio… arribando a conclusiones preliminares de efectividad. 

Posteriormente se solicita la aprobación del fármaco a la FDA y de ser aprobado, queda expuesto,  para ser evaluado en el tiempo, monitoreando sus efectos adversos, para irlos incorporando, explícitamente, en el material informativo que debe contener todo producto médico. Es decir, la gente debe saber a qué atenerse, a las consecuencias probables de suministrarse cualquier medicamento. Según el referido artículo, el tiempo de aprobación ha oscilado entre ocho y 10 años; en caso el medicamento sea rechazado por la FDA, este puede volver a reevaluarse, habiéndose demostrado, la solución a sus efectos adversos. Pocos de nosotros, creo, ante un nuevo medicamento, ha dejado de leer el inserto que le acompaña y nos extrañamos, en más de una ocasión, de todo el daño que podría –eventualmente– causarnos pero decidimos ingerirlo, porque nos regulará un mal o  enfermedad mayor que padecemos y podría llevarnos a la muerte, de forma abreviada, al no consumirlo. 

Con las vacunas COVID-19, esto no ha ocurrido. Están en una fase de prueba atípica y bastante siniestra, la FDA, se saltó los procedimientos ¿y la ética? y ha aprobado alguna, en carácter de “emergencia”, sin enunciar efecto adverso alguno. Los gobiernos, incluido el nuestro –si es que se puede llamar así– no piensan dos veces en endeudarnos y comprar las “vacunas”, sin que estas cumplan con las tres fases de ensayos… pues el experimento se hace, ahora, usando a millones de seres humanos que cándidamente creen escapar a la muerte, cuando esta cita es insoslayable. 

Temer morir es tan absurdo como temer respirar… en ambos casos, se renuncia a vivir la vida. Delegar, en estas condiciones, nuestra existencia a poderes “proféticos” (Gates), económicos (las grandes farmacéuticas) o religioso/político (contubernio entre gobiernos dominantes, corporaciones globales y líderes eclesiales), es mucho menos seguro que afrontar cualquier virus ¡Piénselo! 

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