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Domingo

Navidades 2020


En diciembre la ilusión de la Nochebuena viene siendo una catarsis social para paliar la violencia y la pobreza, para la gran mayoría. Por momentos se olvida la falta de certeza en el futuro que padecen muchos guatemaltecos. El alma desnutrida alimentándose del instante porque el futuro es un artículo de lujo en Guatemala.

Pero estas navidades serán distintas después de un año de pandemia, que aún continúa. El futuro puede ser ahora una vacuna contra el terrible virus. Han sido meses de retraimiento, de falta de ingresos, de riesgos de salir a la calle a buscar el pan de cada día.

¿Cómo compensar la nostalgia navideña con la fe en un futuro mejor? Navidad resulta una fiesta ambigua. Desde sus raíces más arcaicas, cuando era la celebración del dios Júpiter entre los romanos de la antigüedad. En Roma se intercambiaban regalos el 25 de diciembre, se comía y se tomaba aparatosamente. Una fiesta pagana que el emperador Constantino en el siglo IV recicló a cristiana. Se consolidó la idea que Jesús nació ese día, al mismo tiempo que se conservaron los regalos y las comilonas. Con el tiempo la Navidad derivó hacia el consumismo. Una fiesta para mostrar el cariño y el amor a los seres queridos con muestras materiales, es decir regalos. Para los que pueden comprarlos.

Y la Navidad se ha vuelto de todo menos una fiesta cristiana. Es trabajo ocasional para muchos y diversión para otros. Unos en la pena y otros en la pepena. Nadie sabe la cantidad de contrabando que se vende en las calles y las formas semiesclavas de trabajo impuestas a los vendedores ambulantes.

El aguinaldo ha permitido a la sociedad guatemalteca tener un consumo extra de fin de año. El ahorro resulta impensable. De esta manera se consume en diciembre lo que habitualmente no se tiene. Las deudas se pagarán en enero o no se pagan nunca, mas el aguinaldo es para gastarlo. O malgastarlo. ¿Cómo pedirle a una sociedad deficitaria que ahorre? Lo que falta en Guatemala es consumo, y no solo en diciembre sino todo el año.

La falta de educación se refleja en las acciones guatemaltecas. Y el consumo no puede ser la excepción sino confirmación de la regla. De ahí la manipulación dañina del consumismo de diciembre. El consumismo incluye una exacerbación de bebidas alcohólicas, con sus trágicas consecuencias. Beber “hasta ver a dios”.

Símbolos culturales extranjeros comienzan a sustituir a las tradiciones del país. Ya no decimos “Felices Pascuas” sino “Merry Christmas”. La nieve ocupa el imaginario navideño del guatemalteco. Seremos alguna vez, en el colmo de la alienación, nórdicos por decreto. Y la gente se ha divertido con las costumbres importadas a falta de otras alternativas. Al menos para estratos sociales que no han caído en la pobreza extrema y alejados de los tugurios hundidos en barrancos milagrosamente habitados.

Poco a poco las tradiciones locales en América Latina, que incluían misas de Gallo, nacimientos y comidas criollas, han sido opacadas por la epifanía cultural de los Estados Unidos: “¡América para los americanos!”. Se trata de la Navidad del buen gordo con su vestido rojo, su barba blanca y su trineo jalado por renos donde lleva los regalos a los niños del mundo. El pavo comenzó a desplazar a los tamales. Y dentro de la gama de regalos, un cambio total del inventario. Disminuyeron en importancia el trompo, los cincos, las matracas y tomaron lugar los juguetes importados de baterías ahora a su vez desplazados por los juegos electrónicos.

Una capa pegajosa de aculturación afecta las costumbres. Hay gente que ha comenzado seriamente a celebrar el día de acción de gracias (thanksgiving) a la pura usanza norteamericana y con pavo entero. Para no hablar del llamado Halloween a finales de octubre o las peregrinaciones a Miami para comprar regalos en noviembre. Hay mercado para todo, pero no para todos.

En una calle del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala un hombre disfrazado precariamente de Santa Clos, de facciones indígenas que su postiza barba blanca apenas esconden, trata de vender algo esquivando los carros. No muy lejos, en plena Plaza de la Constitución, se había llegado en años anteriores a instalar una pista para patinar sobre hielo con una dimensión de 600 metros cuadrados. Lo que ha sido copiado ahora por el bizarro alcalde de Mixco. 

Símbolos culturales extranjeros borran no solo el sentido cristiano de las fiestas navideñas, sino las tradiciones y costumbres locales. Nadie protesta por la desprestigiada soberanía. Se oye desde un almacén una marimba que interpreta Jingle Bells y yo imagino güipiles con trineos tejidos y hasta renos en lugar de quetzales. Lo que está patinando es el coco debido al lavado del mismo. En Guatemala se lava de todo. 

¿Existe conexión entre el sueño americano de miles de migrantes empobrecidos y las navidades agringadas en Guatemala? La Navidad remite a una especie de utopía, aunque sea dentro de parámetros paganos. El sueño americano se está inculcando desde la cuna a los guatemaltecos. Santa Clos es parte de ese sueño para la infancia chapina. Lo bueno procede del norte, de un país con nieve y trineos, con abundancia, con la magia de la Coca Cola como reza la publicidad. Y la gente pobre puede soñar, quiere imaginarse que es posible una vida mejor aun saliendo de su país en una aventura altamente riesgosa.

La identidad nacional guatemalteca es porosa, fragmentada, llena de Santa Closes y de cadejos, de supercherías coloniales, de racismo y de teléfonos celulares. Guatemala es contrastes, antagonismos, divisiones. Pero nuestro pasado siempre está presente, quiero decir las estructuras de la pobreza, la discriminación y exclusión, la corrupción gubernamental, la violencia en sus formas excesivas, el infanticidio, la desnutrición, el maltrato a las mujeres y las carencias sanitarias. Junto a un falso nacionalismo, la hipócrita perorata de la soberanía y el reclamo innoble de que los que criticamos las acciones criminales de los políticos y la inmensa codicia de la elite somos unos malos guatemaltecos y agentes del Foro de Sao Paulo, del castro-chavismo y alharacas tan mentecatas por el estilo. “Hay que hablar bien de Guatemala”, nos dicen, relamiéndose la boca con su larga lengua estigmatizadora y falaz. Sin olvidar a los pastores evangélicos que trasiegan con la fe, algunos lo hacen con drogas, así como los políticos que invocan a dios. No queremos sus hipócritas bendiciones. Ya dejen de manipular. La fe es una cuestión privada no una política de Estado.

El árbol del Obelisco será referente obligado para los adultos del futuro, más que los nacimientos, la estrella de David y las posadas. Incluso, el discutible chirivisco criollo ha comenzado a ser sustituido por los pinabetes de plástico importados y los renos de paja. Rudolph con su nariz roja le hace competencia a los múltiples beodos chapines. 

Pese a todo, diciembre nos hace buscar nuestras raíces y reciclar memorias, tras el sentido de un nacimiento único en la historia, que no necesita de barbas blancas en remojo. Tampoco de luces artificiales que compitan con el firmamento plagado de estrellas, donde sobresale la que hace dos mil años guiaría según la leyenda a unos sabios a postrarse ante un recién nacido, hijo de un carpintero, en el establo donde los pobres y los seres sencillos del mundo vivieron por primera vez la Navidad y compartieron el pan, el vino y la esperanza. Quiero creer ahora que esta Navidad irá más allá de las fronteras, de las comilonas y los regalos. Ojalá nos llevara por los caminos de la solidaridad.

Quiero saludar la Nochebuena de los auténticos servidores del país, que no son desde luego los políticos corruptos, sino aquellos que estarán de turno estos días. Este año con especial dedicación a los verdaderos héroes de la pandemia: el personal médico y paramédico. También a policías, bomberos y Ministerio Público que velarán por el resto de la población en estas fiestas. Han elegido trabajos riesgosos y muchas veces mal pagados, en comparación de los altos sueldos de los diputados y de los funcionarios del Ejecutivo en el Estado cooptado. 

Esta Navidad en pandemia puede acercarnos a la conciencia de la necesidad inaplazable de una sociedad democrática donde se combatan el racismo y la pobreza. ¡Y que termine la corrupción!

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