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Domingo

Meditación ante una flor de Pascua


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Cada 24 de diciembre, el Wall Street Journal (WJS) publica un editorial titulado In hoc anno Domini (En este año del Señor) donde se vincula el cristianismo con la libertad política y la economía de mercado  en dos frases del Evangelio. Una es “dad al César lo que es del César”. La otra, “aferraos a la libertad con que Cristo nos ha liberado”. Escrito con elegancia y altura, los meandros del texto discurren en torno al viaje de Pablo de Tarso a Damasco. Y desde su primera aparición, en 1949, el diario lo viene re–publicando en tan señalada fecha.

A mí me encantaba leerlo. Me confortaba y me hacía sentir bien, pese a sus ecos, no sé si metodistas o de alguna otra denominación protestante. Yo era entonces (principios de los años setenta) un joven emprendedor para quien todo argumento que afianzara mis convicciones económicas era bienvenido sin crítica ni reparos. Tenía un problema, eso sí. Y es que siendo católico por fe y por cultura, me molestaba que se impartiera en los púlpitos una doctrina que no coincidía con la del editorial del WSJ, pues, según los nuevos códigos venidos de Roma, la economía de mercado no era en absoluto compatible con el mensaje de Cristo. Creo que fue en esos días cuando se me abrieron las ventanas y empecé a ver con claridad los dos cristianismos encontrados que el místico inglés William Blake describió con estas palabras: “La visión de Jesucristo/ tal y como tú la ves/de la visión que yo tengo/mortal enemiga es…/Día y noche ambos pasamos/ en nuestra Biblia leyendo,/pero lo que tú negro entiendes/es lo que yo blanco entiendo”. 

Guatemala se hallaba inmersa en una guerra terrible. La jerarquía eclesiástica había tomado partido. Lo mismo sucedía en El Salvador, donde jesuitas vascos, incubados en seminarios pro-etarras, difundían una teología que exaltaba la violencia como recurso de liberación. No se diga en Nicaragua, cuyo gobierno revolucionario contaba con el apoyo del cardenal Obando, así como con decenas  de misioneros, jesuitas, corazonistas, capuchinos, mariknoles y diáconos en posiciones clave de la administración, según cuenta Sergio Ramírez. 

La Iglesia católica impartía, en suma, una homilía que sacralizaba lo profano y profanaba lo sagrado. Y para los creyentes que conocían a fondo su fe, este hecho resultaba inaceptable. Del otro lado, lejos de defender la libertad individual, como aseguraba el WSJ, Pablo de Tarso había defendido la esclavitud (Efesios 6,5). Por último, el cristianismo, antes de escindirse, jamás había dado al César lo que era del César, sino que se había convertido en el César, tras adquirir un descomunal poder político que recibiría con toda justicia el nombre de cesaropapismo. A consecuencia de todo lo cual, yo dejé de ir a la iglesia y de leer el editorial del WSJ. 

Mi conclusión medio siglo después es que Guatemala había perdido lo que Toynbee llamó el élan, vale decir, el impulso creador de las elites, fueran políticas, militares, económicas o religiosas. La única solución que habían encontrado para resolver los problemas del país era la guerra. Ni la sensatez ni la razón tenían nada que hacer frente al fanatismo o la barbarie. Y el resultado final del choque fue la derrota de las fuerzas en liza, ejército, guerrilla, Iglesia, así como el debilitamiento de un sector privado organizado que con los años iría reduciendo su influencia. Desde entonces, ninguna de estas fuerzas ha vuelto a tener el poder que tuvo entonces. Son grupos de presión importantes, pero en modo alguno decisivos. En su último análisis, los ganadores del pleito fueron los credos evangélicos, los invitados que llegaron a la fiesta sin llamar ni hacer ruido, así como las fuerzas oscuras que acechaban en las sombras, como les gusta decir a los prestes.

La sociología de la religión te da estas sorpresas. El ascenso del evangelismo en estos 50 años ha sido irresistible, al extremo de que Guatemala ha dejado de ser un país mayoritariamente católico. Ahora, esa mayoría la integran protestantes, no creyentes y otros credos, cuando, en 1910, el 99 por ciento de los guatemaltecos era católico y el uno por ciento presbiteriano. Y yo tengo por cosa cierta que la guerra tuvo mucho que ver en ello. Muchos abandonaron en aquellos años su espiritualidad tradicional y adoptaron otra nueva. Un cambio que sin duda obedecía a la necesidad de una vida interior diferente a la que les ofrecía aquella Iglesia mayoritaria, pero beligerante y politizada de los años sesenta y setenta. “Cisma en el alma”, habría llamado Toynbee a este síndrome, el cual, según el historiador británico, suelen padecer las personas inmersas en sociedades al borde del colapso, como era el caso de la Guatemala de aquellos días.

En los últimos 50 años, el proceso de aculturación ha sido enorme. Del cristianismo con monóculo hemos pasado a un cristianismo con binoculares. Hay dos maneras de ser, de vivir, de actuar, de sentir. Y por supuesto, dos escalas de valores. El cristiano tradicional tiene una jerarquía de izquierdas que promueve una teología centrada en la pobreza. El cristiano nuevo, por contra, recibe un mensaje vinculado a la teología de la prosperidad. Y esta evolución, este paulatino desplazamiento de un credo por el otro, que es también el de una cultura por otra, ha dado paso a una sociedad diferente sin que nos hayamos dado casi cuenta. 

El protestantismo será pronto el credo dominante del país, en tanto el catolicismo se resignará a ser una contracultura minoritaria y gruñona. Y esto es importante, pues una cultura es una ideología en sí misma, un sistema de creencias enriquecido con tradiciones, arte, ritos, leyendas, historia. Y esa cultura ha cambiado. Millones de personas con creencias distintas a las tradicionales influyen, deciden, votan y llevan gobernantes al poder. Tienen otro imaginario, otros principios, otra pauta de vida (ética protestante la llamó Max Weber, a la cual hizo, de paso, prima del capitalismo), y en general, una visión de la existencia menos expiatoria que la del cristiano viejo.

Tal es el paisaje que emergió tras aquella guerra terrible en la que se mezclaron ideologías y credos. Un paisaje que me viene a la memoria en este día, ornado con una bellísima y sonrojada flor de Pascua. ¿Quién hubiera podido pensar en 1970 que la Guatemala de aquellos días se convertiría en la Guatemala del presente? 

Ciertas figuras del paisaje, sin embargo, no han cambiado. Este 24 de diciembre, el WSJ volverá a publicar su In hoc anno Domini, invocando un cristianismo de derechas. Y el día siguiente, en la misa de Navidad, el papa pronunciará su tradicional homilía, convocando a un cristianismo de izquierdas. Pero entre ambas instituciones, continuará una constante de siglos. Y esa constante es el trasfondo pagano de la Navidad: el del buen comer, el buen beber, la fiesta, los regalos, la pólvora, los abrazos, el amor de la familia, la felicidad de estar juntos, las saturnales, en fin, que los romanos celebraban en las dos últimas semanas del año, junto con el “nacimiento” de un nuevo sol que simbolizaba la renovación de la vida. 

Con su omnímodo poder, la Iglesia de Roma desbancó aquellos rituales y los reemplazó por la Navidad. Y esa es su historia, su origen. Nadie sabe a ciencia cierta el año en que nació Jesucristo. Solo nos consta que los eclesiásticos se inventaron la fecha y la asociaron al rito pagano del sol naciente. Pero el sustrato quedó. Lo mundano superó a lo devoto. Y ese es el “espíritu” de estos días. El del ciclo Concepción/Reyes, el del agasajo, el tamal, la danza, el convivio y la cena en familia. Una fiesta para celebrar la vida, superar la muerte, siquiera de manera simbólica, y abolir un pasado ingrato, en especial el de este annus horribilis que tantos quisiéramos borrar de nuestra biografía y nuestra historia.

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