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Domingo

Conmigo


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Ayer platiqué conmigo y pensé que, a lo mejor, le serviría a cualquiera… asistir como testigo. Una cita diferida que eludí con mucha astucia; con mil justificaciones, con trampas contra mí mismo y esgrimiendo mil argucias. 

Raro comportarme así, pues siempre he sido directo, franco –a riesgo de caer mal– y constantemente honesto; raro porque me he engañado, imponiéndome el castigo, claramente inmerecido, de aceptar el desencanto. De buscar la perfección, como amigo y confidente, como arduo trabajador, como el mejor de los padres y devoción por mis clientes. Porque no me perdoné, lo natural, lo normal que, es fallar e indultarse… levantarse y continuar. 

Mi cuerpo al fin protestó, con cien manifestaciones: dolores, mucho cansancio, fatigas inesperadas, insomnios recios, frecuentes; sin encontrar en mi cama: ni el merecido descanso, ni la paz o la ilusión de dormir como era antes, como premio a mi tesón. De pronto viví cansado, con días de pocas fuerzas, de ilusiones apagadas y dando rancias respuestas. 

He tenido el privilegio de aconsejar muchas veces: sobre vivir sin temores, sin heridas y rencores; he creído siempre en Dios y en Él encuentro consuelo, lo profeso sin recelo, recomendando su aliento, su fortaleza perpetua, pero –sobre todo eso– su divino entendimiento: en nuestras debilidades, nuestros sueños inconclusos, nuestras tantas frustraciones… razonamientos ilusos. 

También escuché paciente el consejo de los “viejos”, al fin llegué a su lugar, tan rápido y sin parar… que me he quedado perplejo. Y me ha gustado ser viejo… a pesar de los achaques; me he sentido realizado, me caigo mejor ahora, pero sigo perturbado. Por querer “cambiar el mundo”, por alumbrar con razones, por hacer valer mi punto y despertar corazones. 

Una lucha, concluí… vana, fatal, agobiante; sola, insulsa, desgastante. Pelea para un idiota que quiere partir el piso, usando por herramienta, la punta de su nariz, demostrando claramente que tiene dura cerviz. Un insensato rabioso que se enoja porque el mundo exalta la decadencia, se aliena por la indecencia y unge como paladín, al payaso y arlequín que, entre mañas y patrañas, sustrae el entendimiento, propiciando sufrimiento. 

El mundo va de picada; murió el individualismo, ha surgido el borreguismo, como trágica charada. Corruptos son “importantes”, la virtud es relegada, como los viejos valores, al cajón de la ignominia, donde viven la mentira, hipocresía y desidia. La gente quiere tener, “amigos” y “seguidores”, a cambio de conseguirlo, “no importa” ser marioneta, ni exhibir el populismo. 

En conclusión, sin más dudas, me acusé y hallé culpable, de luchar por utopías que resultan ser –pues eso– añoranza inalcanzable. Nuestro país está hundido y se encuentra sumergido, entre pesares y quejas, en una pila de caca que, le llega a las orejas. Los malos “tienen razón”, los buenos son abusados, los “influencers” –casi todos– francamente enajenados. La “realidad” no es tal cosa, la corrupción es la ley y todo luce podrido, por la funesta codicia y desmedida ambición. Hay una agenda global que obedece –sin chistar– el que no tiene moral. Engaños de todo tipo, niños siendo deformados, la libertad pisoteada, la sociedad disgregada y el honrado castigado.

He sido todo este tiempo, un insensato idealista, defensor de convicciones, defendiendo con pasión, mis ideas y razones ¿Y a quién le importa tal cosa, quién valora la razón, quién repudia la ambivalencia y añora la convicción? Mucha gente buena y clara, pero que muy sabiamente, actúa con corrección, protegiendo a los suyos y evitando desazón. 

Tiempo perdido y fatal, estos años “invertido”, protestando por el daño que nos causa el pervertido. Tiempo digno de mi mejor causa, de no enfermarse por gusto, de no vivir frustraciones, ni afrontar tantos disgustos. Tienen razón el pasivo, el que cree en el obtuso, el que vive distraído sin fijarse en los abusos. Tiene razón quien no ve… más allá de su nariz, sin duda duerme tranquilo y vivirá más feliz. 

Hasta enero –si Dios lo permite– felices fiestas. ¡Piénselo!

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