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Domingo

“Allegro ma non troppo”


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Días atrás, la señora Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela, declaraba ante las cámaras de televisión que su gobierno había firmado un acuerdo con el coronavirus para que durante una semana dejara de incordiar. A lo cual agregó: “De acuerdo con este convenio, ratificado por un decreto del presidente Maduro, habrá una semana libre. El virus será pausado (sic) a partir de mañana, hasta el domingo. Pueden salir a la calle. No van a tener problemas de contagio ni nada, porque se ha firmado un convenio con ese… ese virus”. 

Era, al parecer, una broma. La señora llevaba mascarilla, lo que permitió a una venezolana radicada en Suiza doblarle la voz, manipular el video y hacer un chiste que se volvió viral en las redes. Y como el año ha sido pródigo en declaraciones así por parte de buen número de líderes mundiales, muchos se tragaron la aceituna con todo y hueso. Así somos, señora baronesa. Pudimos haber nacido suspicaces, desconfiados, recelosos, pero no, nacimos crédulos, flaqueza que pregona aquí y allá la infinita bobería de los hombres, como diría el Eclesiastés.

Numerosos autores clásicos y modernos han investigado este último rasgo, inseparable de la especie, del cual en mayor o menor medida todos somos depositarios. Pero mi favorito entre ellos, por su brevedad y perspicacia, sigue siendo Allegro ma non troppo, de Carlo Maria Cipolla, título de connotaciones musicales que hoy forma parte de la literatura clásica sobre la estupidez humana. Cipolla dice en su obra que si la humanidad se encuentra hoy en estado deplorable, no es novedad alguna, pues, cuando se mira hacia atrás, el estado de la humanidad ha sido siempre deplorable. Y el motivo se debe a la presencia en todo tiempo y lugar de un cuantioso número de personas que impide la felicidad del resto y cuya tasa de natalidad ha de ser por fuerza más alta que la de las personas normales. 

Dicho grupo lo conforman los estúpidos, individuos que, si bien lo que dicen o hacen puede ser objeto de chirigota, los efectos de sus actos pueden llegar a ser desastrosos. Sobre todo si están en lo más alto, ya que que el mayor peligro de la estupidez reside en que su capacidad de hacer daño es directamente proporcional la posición de poder o autoridad que ocupa el estúpido. Quizás por eso, esta vez, muchos crédulos serían dignos de perdón al haber supuesto que una persona como Delcy Rodríguez podría haber dicho lo que en realidad no dijo, aunque bien pudo decirlo, dada la sarta de bobadas a que nos tiene acostumbrados el gobierno de Maduro (recuérdese, por ejemplo, el episodio del pajarito). 

Napoleón escribió en sus Máximas que la imbecilidad no es obstáculo para ocupar posiciones de poder. Es una respuesta plausible. De acuerdo con la segunda ley de la estupidez, delineada por el propio Cipolla, el hecho de que una persona diga o haga estupideces es independiente de cualquier otro rasgo personal, sea raza, género, educación, inteligencia, nivel económico o social. Aun en minorías conformadas por personas inteligentes, aseguraba André Malraux, se puede dar una mayoría de imbéciles. Nada que pueda sorprendernos, si se piensa que es así como se conforman a menudo directivas, comisiones, gobiernos y jerarquías.

La estupidez es una deficiencia de la especie, fruto de nuestros peludos orígenes. Para la ciencia cuando menos es un hecho que, en este renglón, la evolución natural quedó incompleta. El estúpido, también llamado pájaro bobo, pendejo, gilipollas o boludo, entre otras lindezas, y según la posición geográfica del interfecto, es un personaje que actúa en contra de su interés y del de los demás, aun sin proponérselo. El problema radica en cómo detectarlo a tiempo o cómo verlo venir, pues con frecuencia se trata de una persona normal, de buenos modales, hablar bonito y con alguna licenciatura. Estos personajes dicen y proponen estupideces de manera tan expresiva y convincente que no parecieran venir de un estúpido. Y eso despista bastante. De ahí que votemos por ellos y les profesemos respeto hasta el día que vienen y nos cuentan que han firmado un pacto con el virus. 

Compré el libro de Cipolla hace años pensando que sería un texto de humor. Mucha gente se toma así la estupidez. Hay cientos de bromas al respecto. “La diferencia entre un genio y un estúpido es que el genio tiene sus limitaciones”,  pongo por caso. O la del sabio chino que en el siglo XI escribió: “Desearía que mi hijo fuese un estúpido, pues llegaría a ministro y tendría una vida mejor que la mía”. Tras leer el libro, sin embargo, caí en la cuenta de que Cipolla había utilizado el humor para tratar un asunto sobre el que dan ganas de llorar. 

El teatro clásico simbolizaría estas dos facetas de la vida humana con dos máscaras: una, la de la risa, y otra, la del llanto. Y por definición, la estupidez debería ser portadora de ambas, pues hace reír, pero también verter lágrimas si uno siente un mínimo de compasión e indulgencia hacia el estúpido (quien por lo común no sabe que lo es). De ahí que Cipolla, con sensible criterio, titulara su libro Allegro ma non troppo, el cual, traducido libremente vendría a decir algo así como “divertido, pero no tanto”. 

Pese a ser profesor de Economía, la ciencia de la decepción y el pesimismo, Cipolla era hombre de talante optimista. El humorismo, escribió, es esa sutil y feliz disposición del ánimo que equilibra nuestro espíritu y lo rocía de bienestar. Pero no sé si habría cambiado de opinión de haber escuchado las innúmeras tonterías que los líderes del mundo han expresado este año sobre el coronavirus, entre ellas la que no dijo, pero bien pudo haber dicho, la señora Rodríguez.

 

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