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Domingo

Guatemala, una república frijolera


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Más de quinientos (500) años de historia nos contemplan desde el descubrimiento de América, y después de más de medio milenio, en este año del Señor 2020 (año de los gemelos) y de Dios Bendiga Guatemala, desde lejanos Capitanes Generales, dictaduras más, dictaduras menos, breves revoluciones, gobiernos militares, veladas intervenciones extranjeras y multiplicidad de ensayos y “experimentos” democráticos, hemos de reconocer que cada vez estamos más lejos de una Guatemala libre, próspera, igualitaria y moderna.

Los problemas políticos permanentes de viabilidad, estabilidad, institucionalidad y desarrollo económico en nuestro país continúan sin ser resueltos; es más, no solo no hemos avanzado, sino hemos retrocedido; de humillada y servil República Bananera al servicio de intereses foráneos, hemos pasado a ser una prepotente, ignorante y vergonzosa República Frijolera, con ínfulas soberanas, sometida a los intereses locales de narcotraficantes y del Pacto de Corruptos, sin mencionar los insufribles caprichos y públicos devaneos de “excomelones de frijoles”, desafinados cantantes de narcocorridos, etílicas barraganas sin escrúpulos, edecanes, reinas de belleza, lloronas, plañideras, tuctuqueros y abominables especímenes pícnico ciclotímicos. 

Esta enorme frustración e insatisfacción nos ha llevado, inexorablemente, a buscar y a señalar a los culpables de nuestro fracaso colectivo como sociedad, como República y como País. En este orden de ideas hemos construido un sólido andamiaje intelectual de mitologías compensatorias de nuestro fracaso, atribuyendo el mismo, en su momento, en el plano externo, al imperialismo yanqui a través de La “Doctrina Monroe”, El “Corolario Roosevelt”, La CIA y la Contrarrevolución, la Doctrina de la Seguridad Nacional y Contrainsurgencia del “Americano Feo” y como resultado de los “dilemas morales” del imperialismo blando, planteados a través de la política del “Buen Vecino”, la Alianza para el Progreso y más recientemente, La Alianza para la Prosperidad y el experimento CICIG. 

En el plano interno, a principios del siglo XX, las clases dirigentes comenzaron a buscar explicaciones del porqué del fracaso y subdesarrollo de nuestra sociedad en comparación con el éxito de los gringos y no encontraron mejor respuesta que echarle la culpa al indio y a la mezcla de razas. Si todos fuéramos blancos otro gallo cantaría. Eran los tiempos cuando los gobiernos y dictaduras republicanas pasan a ser representantes de los hacendados criollos y peninsulares, con el propósito de mantener intactas las estructuras sociales basadas en el latifundio y la explotación; ni revoluciones ni cambios de gobierno podían mover el agua estancada. La culpa ya no era solo de los indios, sino de los comunistas y los guerrilleros.

De parte de la izquierda marxista surge, a principios de los años setenta, una interpretación diferente. En una obra considerada seminal, La Patria del Criollo: Ensayo de la Realidad Colonial guatemalteca, el historiador y docente quetzalteco Severo Martínez Peláez atribuye a la herencia colonial, las causas que dieron origen a nuestra terrible herencia social. Es decir, la culpa de nuestro subdesarrollo no era de los indios, sino de las estructuras coloniales, explicando desde la perspectiva de la lucha de clases, la realidad de la estructura social guatemalteca. 

Sin embargo, ya antes de la fecha de la publicación de su libro, los criollos guatemaltecos habían sufrido una metamorfosis, transformándose en oligarquías locales. Fueron estas oligarquías locales las que crearon las condiciones para el surgimiento de una “nueva” clase social que Severo Martínez disminuyó, la “clase mestiza” que hoy por hoy, constituye el corazón del Pacto de Corruptos. También el pueblo oprime al pueblo. Algunos de los buenos e idílicos indígenas y mestizos del interior del país, convertidos en una nueva clase social corrupta y depredadora, carente de toda educación, moral y principios. La misma conclusión de Severo Martínez decía que la Patria era de unos pocos, pero esta vez, los pocos son la escoria del país, las heces residuales de la Patria Frijolera. 

El término peyorativo “República Bananera” es utilizado para describir un pequeño país, inestable, pobre, subdesarrollado, tercermundista y corrupto, cuya economía depende de unos pocos productos de valor agregado (simbolizado por las bananas) gobernado por un dictador o junta militar, sometido a la hegemonía de una empresa extranjera, bien sea mediante sobornos o mediante el ejercicio del poder financiero. Para los corruptos, “Banana Republic” es la tienda preferida de sus hijos en los Shopping Malls de Miami. De los que todavía tiene visa.

 En su libro Bananas, cómo la United Fruit Company moldeo al mundo, el periodista Peter Chapman comenta que un alto ejecutivo de la United Fruit Company le confió que “Guatemala fue elegida como sede las primeras actividades de desarrollo de la compañía porque, para cuando entramos a América Central, el Gobierno de Guatemala era el más débil, corrupto y flexible de la región”, cita el diario The New York Times. Desde entonces, desde siempre.

El degradante término de “República Frijolera” describe un gobierno políticamente inestable, saqueado, atrasado, desnutrido y corrupto, cuya economía básicamente depende de las remesas de los migrantes, gobernado por un Presidente legitimado de manera fraudulenta y una horda de antiguos “come frijoles”, que ahora, bajo los auspicios del narcotráfico, y con el apoyo de ciertas elites económicas locales, comen pollo pero siguen eructando frijol. 

No son lo gringos, no son los desaparecidos criollos, son las viejas y nuevas oligarquías ladino/mestizas e indígenas emergentes, los conspicuos representantes y materia prima, de esa nueva “clase” que manda y hace y deshace a su sabor y antojo en esta “República Frijolera”.

En 1830 un pesimista Bolívar escribía: “He mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos, entre ellos: la América (Latina) es ingobernable. El que sirve a una revolución ara en el mar y la única cosa que se puede hacer en América (Latina) es emigrar”.

Los migrantes ya se fueron; se quedaron los impresentables y desagradables corruptos y narcogorgojos que carcomen, a su sabor y antojo, los recursos de nuestra patética República Frijolera devenida por razones de Realpolitik, en un fétido paisaje frijolero.

 

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