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Domingo

Soliloquio de la ingratitud


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La gente no es agradecida, doctor. No lo es. Se lo digo yo, que me fajé ocho años en el Congreso, afanándome, sufriendo desvelos y dando de mí cuanto tenía, para terminar olvidado, despreciado y con esta migraña que me trae por la calle de la amargura. Pero así es la gente, doctor. Nadie ve lo que hacemos por ellos. Solo ve lo que no hacemos. Y después de que les entregas todo, te quieren quemar vivo en la curul. ¿Sabe que me dijo un sabihondo en un acto público donde yo expresaba mi profundo patriotismo? Me dijo: “A mí no me engaña, señor. En personas como usted, amar a la Patria es un incesto; otra cosa es que ame el presupuesto”. Qué grosería, ¿no? Como decía mi abuela: cien favorecidos, cien desagradecidos. Cuanto mayor es el bien que les haces, mayor es la ingratitud que recibes. Hay quienes dan las gracias, sí, pero por puro formulismo. Le voy a poner un ejemplo. ¿Usted celebra el thanksgiving? ¿No? Pues hay muchos que lo hacen. Y al paso que vamos, puede que un día llegue a ser tan popular como el Halloween, el Black Friday o el Cyber Monday. Cosas de la globalización, supongo. Bueno, pues la historia va de que las familias se reúnen en casa cada año el cuarto jueves de noviembre y dan las gracias frente a un pavo al horno. Pero como le decía yo a un amigo que vivió algún tiempo en Nueva York y a quien quiero mucho, pero que es algo pendejo, ¿de qué vas a dar las gracias este año, vos? Porque bien está darlas por haber tenido una buena cosecha. O porque el negocio te dejó una buena plata. O porque tuviste otro hijo. Pero, ¿qué gracias puede uno dar por haber sido condenado a ocho meses de arresto domiciliario? ¿Cómo quieres que bendigan el año quienes perdieron padres, hijos o esposos a causa de la pandemia y han tenido que enterrarlos casi en forma clandestina? ¿Y qué decir de los miles de empresas quebradas y de los empleos destruidos? ¿Vas a dar las gracias también, le dije, porque de ribete nos hayan caído dos temporales en fila? ¿O porque este gobierno haya triplicado la deuda pública que con tanto mimo cuidó el nuestro? ¿Darás las gracias por todo eso, le dije al cuate, cuando bendigas el chompipe? Es para echarse a llorar, doctor. Pero lo cierto es que se veía venir: año bisiesto, año funesto. Y este ha sido las dos cosas. Eso sin contar la ingratitud y la malquerencia de la gente. Y ¿qué me dice usted de la prensa? Otra que no tiene nunca una buena palabra para nosotros, los servidores públicos. A todos nos gusta que digan cosas bonitas por lo que hacemos en bien del país. Pues no señor, no nos las dicen. Son igual de ingratos que los otros. Y eso no es justo, doctor. Es nuestra obligación hacer nuestro trabajo, de acuerdo. Pero uno tiene también derecho a una prestación como Dios manda. Usted, pongo por caso, tiene el deber de curarme la migraña y no por eso me lo va a hacer gratis. Yo le pago y, además, le doy las gracias. En cambio ellos no agradecen ni rosca. Y lo que es peor, no nos lo van a agradecer nunca, aunque uno esté más limpio que el manto de la Inmaculada. Lo decía el director de cierto medio uno de estos días por la tele. ¿Saben por qué no les echamos piropos?, preguntó el muy descarado. Porque esto es una democracia, y la zalema, la coba y la lisonja son flores que solo brotan en las dictaduras. Así dijo y se quedó tan ancho. Y para aclarar el asunto, contó que en algunas aldeas de Botsuana, existe la tradición de ritualizar el desdén como arma contra la jactancia. Y así, cuando los cazadores de la tribu regresan cargando la pieza del día, no son recibidos por los aldeanos con cánticos ni loas, sino con desapego y frialdad. Piensan que los cazadores han cumplido su deber y que ningún homenaje se les debe, actitud que obliga a aquellos a realizar un ejercicio de humildad ante los habitantes de la aldea. En nuestro caso, agregó el chupatintas ese, el rito es el mismo, solo que con la gente que gobierna. Los políticos creen que los medios deberíamos decirles cada día lo que el espejo a la madrastra. Pero, al igual que los aldeanos de Botsuana, los medios somos parcos en elogios. No estamos aquí para eso, sino para criticar y vigilar la administración pública. De ahí que los políticos se irriten con nosotros y amenacen con coartar la libertad de expresión o de censurar la información oficial, como pretende el gobierno estos días. Para la gente en el poder, la prensa  es una amenaza a la “estabilidad democrática”, prosiguió el tinterillo. Y esa “estabilidad”, que no es la del sistema, sino la de los políticos que lo mangonean, está por encima de la corrupción, los negocios turbios, las ocultaciones, los enriquecimientos ilícitos, la aprobación de presupuestos a oscuras y otras cochinadas de las cuales los medios les sindican. La adulación produce efectos narcóticos, agregó el plumífero muy orondo, y lo mismo que cualquier otra droga, estupidiza al hombre público. O como dice el refrán: adula al bobo y le harás bailar, y si no es bobo, bobo le harás. ¿Qué clase de argumento es ese, doctor? ¿No le digo que aquí todo es agravio e ingratitud? ¿Cómo pretenden que luego hagamos bien las cosas? 

Bueno, pues como le iba diciendo. Le pregunté al cuate que vivió en Nueva York si de verdad iba a celebrar este año el thanksgiving  y si daría las gracias al chompipe por el virus, el encierro, el desempleo, los muertos, las quiebras, la escalada de la deuda pública, los temporales, la bendita mascarilla y todas las demás chuladas que nos ha traído este año bisiesto y funesto. ¿Y sabe que me contestó? Que sí, que pensaba dar las gracias porque, alabado sea el Santísimo, no nos habían sucedido cosas peores. Lo que le digo, doctor, la gente es ingrata y pendeja. No da las gracias a quienes nos sacrificamos por su bienestar, en cambio dice y agradece babosadas enfrente de un pavo al horno.

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