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Domingo

La trascendencia del Rock


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Observaba, con algo de inquietud, porque era la primera experiencia –como organizador– llegar poco a poco, algunas decenas de automóviles viejos; les he llamado “jarrillas” desde siempre, aunque hay amigos y conocidos que prefieren denominarles “clásicos”. Me han apasionado estas máquinas tan distintas unas de otras, con las que crecí y tuve mi primer sueño realizado de conducir, a los trece años. Cuando los fabricaron, transcurría el tiempo en que personas se “atrevían” a ser distintas; la creatividad y genialidad, en el diseño de los autos era la norma… y estaba muy lejos la época, en las que nos uniformarían, desde el reloj de pulsera que ya no es tal cosa, hasta el criterio propio y el juicio crítico que prácticamente han dejado de existir; todo es demasiado “igual” ahora, de manera tal que actuamos como “manada”, para bien o para mal. 

Veía también pasear feliz, sobre una minimoto viejita Honda Monkey que yo le había arreglado y gozando la extensa grama, del sitio que un buen corazón nos prestó –para la exhibición– a un niño de apenas ocho años… mi hijo menor, quien disfrutaba la vista de aquellos autos antiguos tan bien conservados. Mi hijo mayor, padre de mis dos nietos, a la sazón tendría veintidós años y ayudaba a ratos, pero también paseaba, por el lugar, a pie y acompañado de dos amigas, explicándoles –me imagino– el conocimiento sobre estas antigüedades, en medio de las que él creció con su papá y aprendió a admirar. En ese primer evento, cuando no padecía de otra cosa, más que de hipertensión controlada, mis hijos, eran más visitantes que colaboradores. 

Pocos años después del –incierto– primer “Rock de los Carros” en 2006, agradecido he podido, ver a mis tres hijos, trabajando, cada vez más en el evento –para nosotros– “del año”, en su montaje y ese día, renunciando a su comodidad desde muy temprano, para servir a otros, procurando todos, lograr los mejores resultados, para beneficio de las personas que son la razón de ser de Casa de Misericordia www.casamisericorida.org.gt ; familias pobres, niños que sufren desnutrición crónica, viudas y adultos mayores declarados en abandono… una obra preciosa que Dios ha sostenido, a través de tres lustros, desde el ámbito ciento por ciento privado.

Este año, tan desesperanzador para tantos, con tantas crisis humanas, exacerbadas por el desempleo, la quiebra de empresas y el colapso de tantos negocios formales e informales… el panorama lucía sombrío. Intentamos ver qué hacer; hicimos más que nunca… y algunas puertas se fueron abriendo, de forma inesperada. Más portazos en la cara que ningún año previo, pero los recibimos con la solvencia de haberlo intentado; cada “no”, o cada desdén e ignorancia inexplicable, a nuestro pedido de ayuda, implicó un esfuerzo serio por lograr un “si” … y cada “si”, es un triunfo –dadas las circunstancias– imprevisto, en el que vemos corazones moverse a favor del prójimo; un prójimo que es este año más pobre, y como si los cierres prolongados y la zozobra no hubiesen sido suficientes, enfrenta ahora los embates duros de la naturaleza. 

Mientras pasan los años, mi organismo es menos fuerte… eso es lógico; en los tres años previos, temí no poder realizar mi trajín de ese día que implica caminar casi todo el día, ello, por una fea dolencia en mis rodillas, pero finalmente algo ocurre –esa fecha– y he podido afrontar el desafío con competencia… agradecido, porque el legado está construido y un equipo de gente de buen corazón, identificada, con las necesidades de personas que quizá nunca conozcan, ni les puedan agradecer… no dejará caer la estafeta. En ese grupo están mis hijos; adultos de bien, gente honrada, listos para seguir… hasta el final. Eso se llama trascendencia y agradezco mucho por disfrutarla en vida. 

El Rock de los Carros, es de esos eventos, como pocos, totalmente familiares, al aire libre, sin tumultos, ni expendio de licores, ni riesgo de contagio de ningún tipo. Este año, con las medidas de bioseguridad reforzadas y estamos seguros de que jóvenes, viejos y niños que lo visiten, pasarán un domingo memorable, sobre todo en la conciencia de que, el aporte por su entrada, por lo que consuman y compren, tiene como destino final… esperanza, solidaridad y alivio ¡Lo espero en el interior de la Finca en Zapote, después de la Mariano Gálvez! No lo piense ¡Véngase!

 

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