[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Domingo

Efemérides


foto-articulo-Domingo

Gusta el tiempo de recuperar fechas que a veces pasan casi inadvertidas, como sucedió esta semana cuando se cumplieron sesenta años de la insurrección de un ala de las fuerzas armadas contra el gobierno de Ydígoras Fuentes. En opinión de muchos, era solo el renacer de la Revolución del 44, o “la Incompleta”, como la llamaría un melómano, por haberse interrumpido con la caída de Árbenz. Su secuela, sin embargo, sería una espantosa guerra incivil que durante 36 años habría de sembrar el país de horror, de terror y de sangre. 

El trágico decurso del enfrentamiento se miraba en un espejo enterrado hacía siglos: el de la revolución de Iximché, ocurrida en 1493, la cual, por sus semejanzas con la de 1960, es justo que hoy también se recuerde. Entre 1493 y 1524, los pueblos del altiplano de Guatemala mantuvieron una tenaz guerra intestina que solo habría de concluir con la llegada de Pedro de Alvarado, “el pacificador”. Su duración fue casi la misma que la iniciada en los años sesenta del siglo pasado y su inutilidad, deplorada muchos años por las partes en conflicto. Lo prueba el insistente recordatorio de su estallido por el cronista indígena, quien, en los Anales de los kaqchikeles registra año con año, como un funesto mantra, la efeméride de aquella convulsión histórica que debilitó a los pueblos en pugna y concluyó con una paz impuesta desde fuera. 

Para que luego digan que la historia no se remeda a sí misma.

Años atrás, convencido de lo poco que las revoluciones violentas alcanzan, comparado con el sufrimiento humano que ocasionan, reuní un buen número de notas y fichas con objeto de escribir un librito sobre el tema. Una historia un tanto insólita, me apresuro a decir, pues pretendía estructurarla en torno a las más importantes convulsiones políticas sufridas por Guatemala a lo largo de mil años. Elegí de ellas ocho, las más decisivas, pero todas sospechosas de haberse desviado de su propósito inicial o conseguido lo opuesto a lo que pretendían. 

La hipótesis no carecía de antecedentes. Pocas han sido las revoluciones de esta índole que no han  terminado en las antípodas de sus metas, incluida la más emblemática de todas, la francesa, que siendo democrática en su raíz acabó convertida en un imperio. O la revolución liberal de Guatemala de 1871, nacida con principios semejantes, pero que concluyó en una sucesión de dictaduras que se habrían de prolongar casi tres cuartos de siglo. O la de la Independencia de España, otra revolución (la sangre vendría después) que prolongaría durante casi medio siglo el sistema que se había propuesto abatir. O la misma introducción del cristianismo, sacudida radical a la que no le fue posible impedir que el mundo indígena dejara de ser pagano. Y ahí están los berrinches de Pedro Cortés y Larraz, último obispo de Santiago de Guatemala, por la degradante situación en que halló la fe cristiana en su diócesis doscientos cincuenta años después de la Conquista. 

El epílogo del librito parecía inevitable. La historia de Guatemala era un relato de violencias físicas y morales de todo orden que no habían concluido en el éxito esperado y que confirmaba la frase de Manuel José Arce, según la cual, el pasado del país era “la historia de una frustración”, sentimiento todavía hoy palpable en historiadores e intelectuales guatemaltecos. Descubrí además que los pros y los contras sobre este tipo de perturbaciones políticas ocupaban toneladas de libros y que eso no me iba a permitir llegar a una conclusión convincente. Y fue esta última reflexión lo que me hizo abandonar el proyecto. Casi todas las revoluciones observadas venían a dar en el mismo resultado: una oligarquía despótica y corrupta era reemplazada por otra de rasgos parecidos. Véase si no una cercana, la nicaragüense, y su líder más conspicuo, Daniel Ortega. ¿Qué diferencia hay entre él y Somoza? Para bien o para mal, además, muchas revoluciones violentas habían tenido éxito. Por ejemplo, la de Estados Unidos, la inglesa, la japonesa de los Meiji, la rusa, la cubana. 

Había un hecho adicional que no dejaba de molestarme. Y era que también las revoluciones pacíficas fracasan. Por ejemplo, esta en la que nos hallamos inmersos, la revolución democrática, un episodio insólito en la historia del país. Y puesto que de efemérides hablamos, no es ocioso recordar que en diciembre se cumplirán 24 años de los Acuerdos de Paz de aquella guerra fratricida que se inició en el año sesenta y que tampoco habría de cumplir con los fines prometidos. Concebida en su día como un instrumento contrarrevolucionario, que ya es paradoja, el nuevo orden político derivaría en el pantano de aguas estancadas y malolientes en que estamos hoy metidos hasta la rodilla.

No quería tener razón, si es que acaso la tenía: ese fue el verdadero motivo de poner a un lado el proyecto. Pensé que si convulsiones históricas como las citadas no llegaron a alcanzar los propósitos que perseguían, eso no significaba que la revolución democrática debiera también frustrarse. Y que más allá de pesimismos y lamentos, como los que escuchamos a diario, siempre quedaría la decidida actitud de conducirla a buen fin. Hoy sé que no fueron más que buenos deseos y que haría falta, entre otras cosas, una nueva agenda política y mucha imaginación para superar la crisis y el impasse. Pero sé también que salvar y enderezar el orden democrático es algo que cada quien debería imponerse como un deber ciudadano, entre otros motivos porque a estas alturas de su historia, después de tanto horror y tanta sangre, el país no puede permitirse otra revolución fracasada.

 

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Rony Ríos
Gobierno estima en Q6 millardos las pérdidas por tormentas “Eta” y “Iota”

Las tormentas dejaron 61 personas fallecidas, 99 desaparecidas y 30 heridas; además, 311 mil 317 pobladores fueron evacuados de las zonas de riesgo.

noticia AFP
Pence, entre el deber institucional y la presión de Trump

La ley electoral de Estados Unidos determina que sea Mike Pence quien presida el miércoles la sesión conjunta del Congreso en la que los legisladores contarán y confirmarán los votos del Colegio Electoral enviados por los 50 estados.

noticia Claudia Ramírez / elPeriódico
Udefegua denuncia al Mingob y PNC por actos violentos contra manifestantes

La denuncia penal se debe a los hechos violentos ocurridos el pasado 21 de noviembre.



Más en esta sección

Aumenta seguridad en fronteras de Guatemala y México por el ingreso de migrantes

otras-noticias

Tasa de mortalidad por covid-19 en simios podría ser más alta que en humanos, dice experto

otras-noticias

La pandemia se aceleró en todo el mundo esta semana

otras-noticias

Publicidad