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Domingo

La guerra del fútbol


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“El fútbol tiene mejor memoria para la polémica que para la belleza”.
Jorge Valdano

En su tiempo pudo ser llamada también la guerra del alcohol o la del formol. Los pueblos sin manipulaciones no son los que provocan las guerras aunque son los que las sufren. 

Tiempos simultáneos de dos hechos distintos. El Gobierno hondureño enfrentaba presiones sociales de un campesinado sin tierra para trabajarla en su propio beneficio, en tanto que, desde muchos años antes, habían ingresado campesinos salvadoreños para asentarse en áreas catrachas. De manera que, como en las épocas bíblicas, unas tribus pretendían desplazar a otras. La soberanía territorial era de Honduras, que por muchos años no había objetado la ocupación paulatina de sus vecinos. Así empezaron los despojos y los retornos forzados al país natal de los ocupantes de hecho, obligados a dejar sus ranchos, sus cultivos y sus ilusiones de tener algo suyo. Un drama migratorio dibujado a la inversa de los súbditos de Moisés, quienes en lugar de quedarse en tierras del Faraón, lo desafiaban con su partida.

Sin haber buscado un diálogo directo o un foro para analizar alternativas y soluciones, atizados por los ruidos, los gobiernos quedaron sujetos al clamor de la plebe. En ese sensitivo ambiente, cada bandera acudió al compromiso de definir, en la contienda deportiva, su participación en el Mundial que se disputaría en México: Primer encuentro en Tegucigalpa: Honduras 1 – El Salvador 0 / Segundo partido en San Salvador: El Salvador 3 – Honduras 0 / Desempate decisivo en México: El Salvador elimina a Honduras. 

Honduras rompió relaciones diplomáticas con El Salvador. El 16 de julio de 1969: El Salvador atacó en territorio hondureño con fuerzas de tierra y aire. A los cuatro días, la Organización de Estados Americanos (OEA) logra que las partes acuerden un alto al fuego. Once años después, el 30 de octubre de 1980, se firma el Tratado de Paz entre esos dos países centroamericanos: aquel en donde nació Morazán y el otro, en donde descansan sus restos.

La llamada guerra del fútbol hirió los vínculos de la decantada fraternidad centroamericana. Será cuestión de historiógrafos determinar los factores psicológicos que empujaron esa torpeza, pero no debe descartarse de ella la responsabilidad de los conductores mediáticos que, irresponsables, provocaron, como ocurre con los niños pendencieros, a sus gobiernos pétreos a responder con torpeza los supuestos desafíos a “su deber sagrado”. Si bien el derecho es superior a la paz, no por eso se justifica disparar el primer tiro para calmar el patriotismo artificial. Al fin de cuentas no son los ministros los que mueren en el campo de batalla. Lo cierto es que la secuela de rencor y coraje que quedó entre ambos pueblos parecía irreversible y bajo tal animosidad se celebraron en 1973 los Primeros Juegos Deportivos Centroamericanos, convocados por Guatemala, debidamente validados por el Comité Olímpico Internacional.

Estos juegos, creados por iniciativa del Comité Olímpico y del ministro de Educación de Guatemala, obtuvieron el nada fácil reconocimiento del COI, con sede en Ginebra, gracias a la gestión y gastos de su bolsillo de Ingrid Keller, conocida y medallista de esa Sancta Sanctorum que presidía Lord Michael Morris Killanin. 

Esa semana estuvo llena de emociones propias de las competencias deportivas, hasta llegar a la tarde de la clausura: desfile, bandas, despliegue de banderas, himnos, luz que se apaga lentamente en el estadio para destacar el rótulo iluminado con el nombre de la próxima sede, antorcha olímpica que va extinguiéndose, y luego espontáneo desborde de todas las delegaciones que se confunden en una masa que corre desordenada por las pistas. Salvadoreños y hondureños se apartan del abigarrado grupo, se dirigen al centro de la gramilla, se tantean y miran de frente y, de pronto, se funden en un abrazo remojado por lágrimas y besos. ¡Increíble!, aquel estúpido conflicto, que principió por un partido de fútbol, quedaba cancelado en otro evento deportivo, por sus pueblos, no por sus azuzadores de profesión.

Así que es cosa de discrepar, en esto, del aforismo de Juan Villoro: “La pasión que genera el fútbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte”, pues fueron las espontáneas señales de los y las jóvenes atletas rivales las encargadas en saludar la vida. 

Otro suceso simpático vale recordar: debido al escaso presupuesto, hubo necesidad de pedir en préstamo un cargamento de ropa nueva de cama y baño destinado al instituto Adolfo Hall, para equipar los catres de las delegaciones visitantes. Terminado el evento, no pocos atletas pensaron que las toallas eran piezas del recuerdo y se las llevaron consigo. La Contraloría de Cuentas no entiende de esos vaivenes y nos cargó a los organizadores (dirigentes del deporte y titular de Educación) el costo de reposición, que pagamos de nuestra cuenta sin mucho reclamo y más bien resignados a ese penalti de la fraternidad.

 

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