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Domingo

Al indiferente


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La indiferencia de los pensantes ha sido, es y será… la ruina de este país. Gente con valores, con familias construidas con mucho esfuerzo y decoro; personas de bien, cuya única ilusión ha sido legar: honradez, amor por la patria, decencia y buen nombre a los suyos… esa gente, las buenas personas, trágicamente –en su mayoría– se encogen de hombros, ante la desgracia, la inoperancia de las instituciones del Estado y la burla sempiterna a la Constitución Política de la República de Guatemala. 

Quisiera –de tiempo en tiempo– ser como ellos. Me mantendría mucho más saludable, sería más feliz y podría ver a mis hijos y nietos, sin la preocupación que me provoca, la desgracia de país que les estamos heredando. Porque –muy a mi pesar– me queda claro el rumbo que lleva Guatemala y ni mi esfuerzo o mi afán, por coadyuvar a ser de mi descendencia, buenas personas, será suficiente, para que ellos, con la conciencia que tienen de la realidad del país y la necedad persistente de su padre, al vivir enojado con el robo rampante, la desvergüenza y el engaño… sean plenamente felices. 

El Rey y sabio Salomón, sabía –a la perfección– que el conocer la realidad, causaba tristeza y ello lo dejó plasmado en el libro de Eclesiastés, capítulo uno versículos 17 y 18: Me he dedicado de lleno a la comprensión de la sabiduría, y hasta conozco la necedad y la insensatez. ¡Pero aun esto es querer alcanzar el viento! Francamente, mientras más sabiduría, más problemas; mientras más se sabe, más se sufre. Esta verdad, tan sólida como inescrutable, se demuestra fácilmente, en la comprensión del futuro que casi siempre ignoramos y si pudiésemos conocer y este presentara: enfermedad, caos o problemas, nos haría vivir sin paz, ni dicha. 

El evento de control mundial o “PlanDemia”, ha dejado claro que el tan solo temor a la muerte, hecho insoslayable y único evento seguro que deberemos afrontar todos… fue capaz de: aislarnos, enfermarnos, deprimirnos y fraccionarnos. Es decir, un plan siniestro que consistió en repetir una mentira –vistiéndola de verdad– miles de veces, de acuerdo con la recomendación del siniestro jefe de propaganda nazi –Joseph Goebbels– aterrorizó al mundo y lo hizo estar triste masivamente. ¿Por qué ocurrió esto, siendo que no hay sabiduría en generar más pobreza, caos y violencia, por una enfermedad que no ha tenido gran incidencia relativa de muertes en el planeta, en lo que va del año? La razón es simple… la gente creyó que era verdad, la “mortal amenaza” y en consecuencia, su futuro languideció y fue tormentoso; la solución recomendada: taparse la boca y no cuestionar nada, ante la “realidad” espantosa que supera por mucho, los daños ulteriores que dejará a su paso –en forma directa– la enfermedad viral. 

Al 30 de septiembre, se registraron –en todo el mundo– un total de 44 millones de fallecidos, de los cuales poco más de un millón fueron reportados como muertes por el “paralizante” COVID-19 que dará al traste con el sistema económico y social, como lo conocemos… ello nos da un 2.3 por ciento de incidencia de muerte. De hecho, el número de decesos del 2020, será, con pocas dudas, similar al observado el año pasado, es decir el nuevo Coronavirus, no generó mortandad masiva, como nos lo hicieron creer. Con esta afirmación, no desestimo el valor del fin de la existencia de las personas víctimas de COVID-19, cuya vida no vale, ni más ni menos que el 98 por ciento de las restantes. Según BBC News, el 70 por ciento de las personas muere por enfermedades crónicas no transmisibles que progresan, con lentitud, en el transcurso de la vida. El ser humano, según el mismo artículo, pasó de una expectativa promedio de vida de 46 años –en 1950– a 71 años –desde 2015– y ello parece ser el centro de la preocupación de los cerebros más influyentes en la PlanDemia; la humanidad está “viviendo mucho”. Note usted el curioso y tétrico detalle de que un informático personifica al “mayor referente” de la salud mundial y sugiere destino “cierto y seguro” para la humanidad. Al análisis es menester agregar que –según Woldometer– el crecimiento neto de la población mundial, este año es de más de 60 millones. 

Mientras todo el mundo parece estar enfocado en la “amenaza mortal” del COVID-19 y prefiere no hacer otra cosa que repetir lo que le dicen, está en marcha un plan siniestro que diezma al mundo y no por un virus, sino por la inhumanidad que es visible, solo para los que –quizá ejerciendo el masoquismo– podemos fijarnos, en los cinco puntos de agenda –real– citados a continuación: 1- Se decretó proscripción de los viejos… y los viejos callan y agachan la cabeza; varios amigos y conocidos míos se han resignado al confinamiento y algunos han ido muriendo “del corazón”, entre otras causas. 2- Se impulsó –mediante el asedio mediático global del terror– la depresión y ansiedad que finalmente mata de variopintas formas, incluidas infecciones oportunistas, al debilitarse el sistema inmunológico, 3- Se suspendieron los programas de vacunación infantil, por lo que, la poliomielitis y tuberculosis, entre otras enfermedades ya erradicadas en el mundo civilizado, cobrarán muchas víctimas; “la tuberculosis crece a la sombra del COVID”, publicó EuroNews, en mayo. 4- La miseria exacerbada por el desempleo inducido, aumentará su número de víctimas mortales infantiles que a la fecha ya suman casi seis millones; precariedad, desnutrición, ausencia de medicina preventiva y carencia de alimentos y agua potable, asesinan a miles de niños… todos los días, mientras el COVID-19 no lo hace. 5- Se resolvió disociar a la sociedad y por primera vez en la historia, en todo el mundo, los niños no disfrutan la simpleza de aprender en las aulas, tener amigos o jugar en las calles a la pelota o montar una bicicleta; nada bueno saldrá de una niñez abstraída y que está aprendiendo a desconfiar de sus congéneres, mientras cree ciegamente a lo que ve en el teléfono y lúgubres redes sociales. 

En síntesis, la verdad que causa una tristeza devastadora está en el hecho de que la humanidad –y especialmente las buenas personas que podrían alumbrar y ser agentes de cambio– deciden, no solamente comprar la mentira y convertirse en caja de resonancia de esta, sino además cerrar sus ojos al drama que avasalla y enluta. En el ámbito nacional, las buenas personas, también se conforman a la desgracia; insisten en prestigiar a los falsos servidores públicos, se cuidan de no criticarles, les entrevistan validándoles y entonces se convierten en parte del complot que se nutre del silencio, de la falta de reflexión y la ausencia de juicio crítico… allanan –siendo buena gente– el camino de los perversos. 

La peor cara y la mayor secuela de esta PlanDemia, no se ha visto. El caos aumentará en naciones pobres como la nuestra y debilitará seriamente a las –tradicionalmente– ricas. El discurso de lucha de clases, el resentimiento y el odio, seguirán siendo la norma… hasta que el sistema explote y resurja en una férrea dictadura global, cuyos sirvientes en los países menesterosos, seguirán siendo “elegidos” en las urnas; la calidad de los tales irá –como hasta ahora– de mal en peor. 

El sistema de corrupción y continuismo que es la norma, no es sostenible en el mediano plazo… usted pensante, tómese unos minutos, para ver la perspectiva que no le quieren enseñar; su apatía es cómplice y destructiva; el monstruo está allí y lo devorará, junto a los suyos, aunque no lo quiera ver y para ello se coloque otra mascarilla sobre sus ojos… sería mejor al menos, intentar pincharle los ojos ¿No cree? ¡Piénselo!

 

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