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Domingo

Hablando en serio


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Testigos silentes del fracaso, del abuso, la manipulación y el caos. Guiados como ovinos, miopes e indefensos, por el peor de los pastores; aquel infame que se ha vestido de bueno, para endilgar la responsabilidad de sus desvaríos, agravios, descarríos y apetitos escabrosos. El infausto que, desde posición de fuerza usa el cayado para callar, poniendo a sus chacales y hienas, a hacer ruidos, para ahogar los débiles balidos de quienes se percatan, no son animales ni deben comportarse como tales, sino ejercer sus convicciones y esgrimir argumentos… en un intento –quizás iluso– de alumbrar, a quien se siente a gusto, con sus ojos vendados por el engaño. 

Así va el pueblo; primero mitificando al “héroe” que se haría cargo de la desgracia, luego atormentado por sus augurios de caos y muerte, para los cuales se hizo acompañar de un mequetrefe repatriado, a quien se le tendió alfombra roja, se hicieron odas y se le confió “la paz y salud del pueblo”. Este estaría en las “mejores manos”, el “experto” se haría cargo… y en un ejercicio de malinchismo extremo, de ese que los chapines suelen exhibir con vergonzosa frecuencia, se despreció el talento y la integridad de expertos médicos locales, para conferirle autoridad total, al charlatán; este calificaba para ser alfombra humana y obedecer las directrices caprichosas del oprobioso. 

Manos siniestras se pusieron a trabajar, bajo las directrices de cerebros lúgubres y codiciosos… el engaño debía ser total y aplastante. Todo era posible, bajo el influjo del terror global que replicaban –como en su día lo hicieron los tambores de los sacerdotes del dios Moloch (Moloc)– usados para ahogar el llanto y los gritos desesperados de las inocentes víctimas. Las percusiones de inmoralidad, vergüenza, hurto agravado, depredación de erario, cohecho, farsa, endeudamiento y pena, pregonaron, una y otra vez: ‘¡ya viene el pico, tendremos miles de muertos, no salgan de sus casas, no trabajen, no vean a sus familias, distánciense, vuélvanse islas humanas, desconfíen, y no se preocupen el gobierno les llevará su comida a su casa!’. El tétrico circo, con telones podridos de miseria y manchados de hambre e ignorancia, tendría como tablado la Constitución… sería desde entonces pisoteada por los tres poderes del Estado; la harían inoperante y finalmente estaría proscrita, eliminando, así y paulatinamente los derechos inalienables de los ciudadanos; las decisiones serían tomadas –exclusivamente– por una versión tropical,  horrorosa y parlante,  de aquel desaparecido –por falso– dios cananeo. 

El pueblo medroso, tristemente, compró el pánico. Surgió una nueva división entre guatemaltecos y de pronto hubo, de nueva cuenta dos bandos confrontados… casi a muerte. El primero querría vivir por siembre –vana ilusión– y a pesar de que, morir de aquella espantosa enfermedad, nunca tuvo más probabilidades que un dos por ciento, este grupo llegó a pensar que era la única causa de muerte probable; los farsantes habían logrado convencer al rebaño, sobre su inmortalidad nunca existente y más que eso, habían permeado en sus cerebros, la idea de que el pastor –ahora “deidad”– de la depredación, era su guía y deberían confiarle sus decisiones, sus destinos, sus empleos y a su familias; entonces acudieron –en fila y con sus niños en brazos– para que fueran consumidos por las llamas que ardían en el vientre de aquel ídolo, cuya maldad era inocua, comparada con la que ostentan, quienes lo fabricaron y respaldan. Este grupo timado –la mayoría– empezó a ver con recelo y hasta con odio, a quienes no creían en el timo, a los que no mordieron el anzuelo y sabían que vendría la debacle. Estos fueron tildados de ignorantes, suicidas y asesinos; la presión mediática decantó la balanza hacia el terror y de pronto el país… paró. Quebraron negocios a granel, se disparó el desempleo y la desesperanza hizo presa de millones. Los cerebros del millón de niños desnutridos crónicos perdieron toda esperanza de rescate, no tuvieron siquiera acceso a vacunas, la miseria de sus padres se profundizó y el ídolo humeante… disfrutó –cada domingo– de la inmerecida pleitesía de sus ovejas. Regañó, amenazó, lloró, manipuló, ofreció la gloria y siempre estuvo listo para propiciar el infierno. 

¿Cuánta gente se deprimió?, ¿cuántos viven en la ansiedad desde entonces?, ¿cuántos sistemas inmunes quedaron menguados y provocaron miles de muertes?, ¿cuántos fueron enterrados sin deudos y declarados fallecidos por COVID-19, cuando en realidad sucumbieron ante el horror?, ¿cuántos planes quedaron frustrados? Sin duda muchos, pero los planes de la vergüenza siguieron adelante… y el pueblo empezó a sospechar. Algo apestaba en todo ese circo. El héroe era en realidad un villano, su corte de adulones, cómplices y consortes, poco a poco quedaron descubiertos. Entonces el truhán se vistió de víctima y su discurso de dictador se tornó en el de un moribundo; sufrido, incomprendido, languideciendo “por la causa de la patria” … un ser cruel de incansables mentiras que bendice con su boca, mientras pone cadenas de miseria, con sus propias manos, comprometiendo el futuro de tres generaciones. 

Hoy los ovinos están entrenados; pese a sus penas y frustración, se sienten agradecidos porque la falsa deidad les prodiga la libertad a gotas y siempre limitada… derechos que ya tenían a los que nunca debieron renunciar. En medio de su autovictimización, amenaza socarronamente con tener el control, promete todo sin ser capaz de nada y ahora anuncia –como si estuviese en eterna parafernalia electorera– que, el año entrante será el de “recuperación y despegue”. Este insensato, no tiene idea de lo que para millones de guatemaltecos implica llegar a cada fin de mes… pero se ha tomado ya, el próximo trimestre de vacaciones, aunque hablará pausado, tratará de extender sus poderes –según él ilimitados– lo más posible, y “sufrirá” por la patria a la que “sirve” y no le comprende ni valora su “enorme sacrificio”. 

Le escuché decir que bendice a quien le desea el mal, pero poca gente –creo– es capaz de hacer tanto mal, “deseando el bien”. Al final del día, el mal y el bien, están reservados, como cosecha correspondiente a cada sembrador y eso debiera preocuparle; de tal manera que el deseo de terceros es irrelevante, siendo lo toral ejercer la verdad y el decoro y de esto, no tiene nada este triste gobierno de fatuidad y engaño. Las masas siempre serán manejables, constituyéndose, el discernimiento personal, de cada uno de nosotros, la única esperanza, para mitigar esta debacle. Nadie más que usted –mucho menos el gobierno– puede salvar a su familia, o al menos intentarlo, en serio. ¡Piénselo!  

 

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