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Domingo

La mirada como símbolo


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Hace unos días visité la obra inacabada de Rodolfo Abularach. Una preciosa edificación de remembranzas nazaríes que este excepcional artista guatemalteco levantó en los cerros del Este, a las afueras de la capital. Un espacio que él construyó casi con sus propias manos y la ilusión de albergar allí su obra más querida, aquella que no quiso vender, así como extender el uso del mismo a actividades culturales de todo orden.

Cada artista tiene su vida y su mundo, pero en el caso de Rodolfo ambas dimensiones se reducían a algo muy sencillo. Hombre modesto, frugal, de vida austera y trato afable, Rodolfo era un artista/artesano que vivió siempre sin lujos, dedicado a trabajar cada día como si fuera el último de su vida. No le preocupaba demasiado vender sus obras. De ahí el inmenso inventario que encontré en el edificio donde las pensaba guardar. No sé, cientos de ellas. Tal vez un millar de óleos y grabados agrupados en estantes, anaqueles y archivadores de planos.

Entre la colección de su legado personal descubrí un asombroso lienzo que pintó cuando tenía catorce años y que me recordó el mural de Gálvez Suárez que orna el Palacio Nacional de la Cultura. Una interpretación juvenil de la legendaria batalla en los Llanos del Pinal, entre Tecún Umán y Alvarado. Quedé literalmente boquiabierto. Que un muchacho de esa edad hubiese alcanzado tal maestría en el uso de la composición, la línea, la figura y el color era poco menos que un milagro. 

 Como se sabe, Gálvez Suárez pintó El Choque, nombre que le dio a su mural, en 1944. El pintor cobanero tenía entonces 45 años y Rodolfo solo 13. Si el adolescente se inspiró en el mural de Gálvez para pintar su visión de la batalla es cosa que no sé, pero el parentesco en la composición de ambas pinturas es notorio. La inspiración de uno y otro, empero, procede de la misma fuente: una antigua crónica indígena donde se relata la batalla y de la cual emanó sin duda la idea de situar al quetzal sobrevolando la figura del caudillo quiché al momento de morir.

Todo artista suele sentir una especial atracción por el símbolo. Frente al racionalismo y la lógica formal, el lenguaje de la imaginación. El símbolo no solo representa una idea, sino sobre todo emociones y deseos por medio de imágenes que revelan nuestra vida interior. Y todo animal, en este caso un ave, es un símbolo de virtudes que a los humanos nos gustaría poseer o de defectos que quisiéramos evitar. No hemos “caído” del cielo, ha escrito Savater, sino “brotado” del suelo, afortunado aforismo que encaja a la perfección en el quetzal por tratarse de una serpiente emplumada que un día dejó de arrastrarse por el polvo y decidió echarse a volar.

Cuando los hombres acuerdan representar en una imagen alguno de sus más íntimos anhelos, como sería el caso de la libertad, y la enriquecen con un profundo significado, tenemos un símbolo eterno. Tal es el secreto de la comunicación más íntima, la que llega como flecha al corazón de los hombres. El símbolo, la metáfora visual, comunica emociones ante las que se queda corta la palabra. De ahí que se haya utilizado siempre como protoimagen y arquetipo con los que se identifican los pueblos. Pero también las personas. El cisne de Pessaro (Rossini), el zorro del desierto (general Rommel), Tiger Woods, la Pulga Messi, José Luis Rodríguez el Puma, el peje Manuel López Obrador, la yegua Cristina Fernández de Kirchner, Churchill el viejo león. Hay algo de ancestral y totémico en el propósito de asociar con un animal a una persona o un pueblo y utilizarlo como signo de identidad.

Pensando en estas cosas de regreso a casa, recordé una de las debilidades de Rodolfo, la música popular, en especial esa joya del folclore venezolano de lirismo conmovedor que lleva por título Polo margariteño el cual disfrutamos juntos más de una noche de fin de año. Su intérprete, Soledad Bravo, cantaba también Ojos malignos, una trova que comienza así: “Las miradas de tus ojos son tan sutiles/que penetran en el alma de quien las mire”. Y fue entonces que caí en la cuenta de algo que se me había escapado del simbolismo que encierra la obra de este genial pintor. 

Rodolfo no fue ajeno a la propensión alegórica de todo artista y tuvo sin duda la idea de crear para su obra un símbolo original. Muchos pensarán que ese símbolo es el ojo. A mí me parece que no. Sería simplificar el talento de una personalidad tan sensible como lo era la suya. Así que no, no era el ojo. El símbolo que él creó fue la mirada. Y me pareció que esa había sido su intención al utilizar el ojo como emblema de su obra: penetrar en el alma de quien lo mira. 

La vista es un sentido de doble vía que entrega y a la vez recibe. No solo obtiene información del mundo, sino que la transmite en forma de sentimientos. Y al utilizar el ojo como símbolo identitario de su obra, lo que Rodolfo pretendía era comunicar emociones a través de la mirada, fuesen ira, amor, indiferencia, sospecha, desconfianza o locura. Obsérvense “sus” ojos con cuidado. No hay uno solo entre ellos que no contenga un mensaje. Lo dijo él mismo en alguna ocasión, “el significado del ojo es extenso”, si bien nunca se explayaría, por astucia o timidez, en revelar su secreto.

Buen viaje, querido amigo. Tu legado, tu eternidad, han quedado entre nosotros, en tus pinturas, tus grabados y en esa bellísima casa de estilo nazarí que con tus manos construiste un día. Tus miradas nos seguirán inspirando y alentando tu recuerdo. En cuanto a mí, solo puedo decirte que, siempre que escuche el polo de la isla Margarita, me acordaré con profunda admiración y sumo afecto de ti.

 

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