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Domingo

Nana


La periodista y documentalista guatemalteca Ana Cosenza ha  realizado largos recorridos por el continente americano, Europa y Asia, a pie, en moto, en bicicleta, en tuc tuc, en velero, en cayuco… Su última aventura, sin embargo, ha sido cuidar una isla desierta cerca de Belice, desde donde ha vivido la pandemia acompañada de dos perros, un cerdo y algunas gallinas. De ahí tuvo que ser rescatada el pasado miércoles por la amenaza del huracán “Nana”. Vivió la tormenta a bordo de un barco centenario y aquí nos cuenta la experiencia.  

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Se nos olvida que la vida es tan volátil como el aire que nos rodea, y a su vez se nos olvida que ese mismo aire que nos brinda la posibilidad de existir con cada respiro puede acumularse mediante cambios globales de temperatura, presión, humedad y demás factores para formar una entidad enfurecida que devora todo a su paso y el cual nos reduce a insignificantes hormigas pegando gritos desde el hormiguero.

Tuve 45 minutos para dejar la isla. Cerrar las ventanas con bloques de madera, amarrar todo lo amarrable y mover todo lo que pudiera aprender a volar.

Tardé 15 minutos solo en guardar a las gallinas, que cacarearon tristemente, lamentando su pérdida de libertad al ingresar al gallinero. Al cerdo le di el equivalente de tres comidas y quedó distraído, ignorando que era demasiado grande para viajar en barco y demasiado salvaje para hacerlo despierto. No sería su primer huracán.

Busqué refugios para huracanes, solo para toparme con la noticia de que el más cercano se había desplomado en un río y que por el COVID la capacidad de los albergues fue recortada a la mitad. Corría el rumor de que la mayoría ya estaban rechazando personas. Tomé entonces la decisión de mantenerme en el velero, y hacer el intento de sobrevivir a un huracán sobre un barco que tiene 100 años.

Cuando anclamos tomamos en cuenta las predicciones del viento, para asegurarnos tener suficiente espacio de rotación y suficiente profundidad. Luego, esperamos.

Hay muchos tipos de silencio, pero el silencio que precede una tormenta es inigualable. Los árboles se elevan inmóviles y el agua no se atreve a chapotear. Se escuchan los aleteos de aves lejanas o un pez rebelde saltando del mar. El corazón que late y el aire que se escurre a los pulmones pareciera convertirse en lo único esencial.

Cada segundo se vuelve importante, cada momento cotidiano inolvidable. La espera se alarga, se cuentan las horas, los minutos. Sin advertencia, el silencio es reemplazado por una sinfonía terrorífica que envuelve al aire en gritos agudos de millones de brujas que giran desenfrenadas a través del aire.

El aire crece llevándose al mar consigo, de pronto no hay olas ni lluvia, sino una sólida pared de agua que envuelve al barco y desaparece el horizonte. El barco gira y se retuerce de un lado al otro. No sabemos dónde estamos, pero aceleramos en la dirección opuesta al viento.

Se caen cosas, otras salen volando. Los perros lloran. Una nube de cucarachas voladoras entra al barco, seguidas de más de 50 insectos aterrorizados buscando refugio. No esperaban encontrarse conmigo ni con el matamoscas. Empieza el granizo, pero este no cae, sino que es propulsado por el aire como diminutos proyectiles que revientan como canchinflines lanzados por un psicópata de mal gusto.

El barco comienza a inclinarse, 20… 30 grados. El agua entra por el techo, por las ventanas, por el grifo. Los perros se esconden entre mis piernas. No tengo miedo pero mantengo una pequeña bolsa con esenciales al lado: dinero, pasaporte, ropa seca, celular. Estoy vestida con un traje de neopreno, lista para saltar al agua si es necesario. Lista pero no preparada. Para eso nadie nunca está preparado; ese momento de abandonar la certeza y la seguridad y considerarse un refugiado dentro del agua

Confío en el capitán. Él ha trabajado en medio de huracanes rescatando navíos inoperables, cuyos años de convivencia en el mar le han enseñado el lenguaje tan particular de los océanos, el que interpreta y acomoda según su bienestar. Pero más que todo confío en su amor por este barco de 100 años, que él mismo reconstruyó hace ya más de 30 y en el que carga su vida entera.

Volteo a ver al capitán quien lidera una lucha en contra del viento. Más que una lucha es un baile. Dejarse llevar por momentos y presionar cuando es necesario. Pero detrás de él, es el dingy el que baila con el aire. El barco inflable de 300 libras se ha elevado a dos metros de la superficie y se tambalea de un lado para el otro, como si fuera un barrilete de feria. Cae al agua solamente para retomar el vuelo segundos después.

Uno de los perros trata de subir a cubierta y al agarrarlo le coloco un cojín encima y trato de calmarlo. Cuando volteo a ver al capitán, el mando está vacío. Tengo que correr al timón, tengo que acelerar el barco, tengo que luchar contra el huracán y buscar al capitán caído en el agua, pero cada uno de mis músculos se han tensado al punto de la inmovilización y por más voluntad pasan siete segundos donde solamente puedo observar el mando vacío y escuchar mi respiración antes de salir a cubierta.

La pared de agua gira en torno al barco y pareciera caer con más fuerza sobre los ojos, forzando una ceguera insistente. Agarro el timón y acelero, busco al capitán y no lo encuentro. Empiezo a pensar en el mundo entero y ese mundo se reduce a la dirección del viento y la batalla de este corcel marino saltando sobre el agua. Un espectro cruza la cortina de agua y se transforma en el capitán, quien se encontraba en la proa, asegurándose de que el ancla mantuviera sus dientes en el fondo marino.

Habían pasado 15 minutos y todos los pronósticos anunciaban que la tormenta solamente se pondría peor. Me aferré a todas las ideas y todos los recuerdos, a la responsabilidad de estar en ese barco y la dicha de haber elegido esta vida. Me aferré a esos 15 minutos con la fuerza que ellos me brindaban. Pero el viento comenzó a disminuir y la pared de agua se difuminó para mostrarnos el horizonte y dividir la lluvia del mar.

Llegaban ráfagas de viento que cambiaban la dirección del barco de manera violenta e inmediata. No me enteraría hasta el día siguiente que el ojo de la tormenta acababa de pasar justo encima nuestro y había hecho naufragar a dos barcos anclados cerca del nuestro.

Abracé a los perros y sin quererlo me quedé dormida cerca de las 4:00 am. Un despanpanante rayo de sol me despertó dos horas más tarde.

De primero noté la calma y el silencio, luego noté el cielo azul, con una solitaria nube despidiéndose en la distancia.

*Seguir a Ana Cosenza en Instagram: euforiaestaviva 

 

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