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Domingo

El impacto global del COVID-19


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El enorme daño y la dislocación que está causando la pandemia del COVID-19 tendrán un impacto en el sistema internacional que aún es difícil medir y evaluar en toda su dimensión. Por ahora hay muchas interrogantes y habrá que ver en los próximos meses cómo quedará el orden internacional que se construyó a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, el que incluye una enorme red de procesos e instituciones en las que participan todos los países que son miembros de las Naciones Unidas y de otros organismos globales y regionales. No se anticipa que el mismo se desintegre, aunque la impresión es que se está debilitando y que tendría que haber una discusión amplia en el terreno multilateral sobre si es necesario reconfigurarlo para lograr que su apoyo en las actuales circunstancias sea más efectivo. Ese será uno de los grandes retos en el periodo pospandemia. Posiblemente cambien algunos paradigmas en las relaciones internacionales; ya se observan las primeras manifestaciones que el COVID-19 no solo es una amenaza epidemiológica, es algo que además está dando lugar a una crisis sistémica que afectará profundamente las estructuras políticas, económicas y sociales en todas partes, y podría afectar también las relaciones entre Estados y las de estos con las instituciones internacionales.

El sistema internacional (con sus deficiencias e imperfecciones) fue concebido para resolver de forma conjunta problemas comunes y para facilitar la cooperación internacional, sobre todo en situaciones de guerras, crímenes de lesa humanidad, migraciones masivas por conflictos internos, desastres naturales, hambrunas y epidemias. Ese sistema está basado en normas del derecho internacional y en reglas que deben observar todos los Estados, y no va a
desaparecer ni va a ser reemplazado por otro, al menos en el futuro cercano. Esta podría ser una oportunidad para reformarlo, para revisar los mandatos y los propósitos de muchas de sus instituciones, actualizarlo y darle mayor coherencia y sentido a la luz de la nueva realidad que ha impuesto esta pandemia en el mundo entero. Ese sistema ha generado en las últimas décadas una interdependencia que tiene su propia sinergia y que seguirá impulsando la acción colectiva para enfrentar los retos que la humanidad tiene frente a sí. A partir de mediados del siglo pasado la cooperación entre países y la de estos con los organismos internacionales ha facilitado avances notables que han propiciado el desarrollo humano, la convivencia pacífica entre naciones (desde la creación de las Naciones Unidas ha habido menos guerras entre Estados que en cualquier otra época de la historia), y en identificar los desafíos que requieren el concurso de todos alrededor del mundo (tales como el cambio climático, la extrema pobreza, las migraciones masivas y las pandemias).

No obstante, hasta ahora no se ha visto una convocatoria para enfrentar la pandemia del COVID-19 a través de un esfuerzo colectivo de todos los Estados que forman parte de las Naciones Unidas (salvo los pronunciamientos de la Unión Europea). Ante una situación tan crítica se habría esperado que una iniciativa para tomar medidas en forma coordinada proviniera de las grandes potencias y de otros bloques regionales. El que no se haya producido no es una manifestación del ocaso del multilateralismo, sino de la falta de visión y de liderazgo global, algo que habría sido necesario en este momento. En cambio, los desacuerdos entre China y Estados Unidos impidieron que el Consejo de Seguridad emitiera una declaración apoyando el llamado del Secretario General de la ONU para aceptar treguas en países en conflicto. Esto habría contribuido a aunar esfuerzos ante una adversidad global de esta magnitud.

En lugar de eso, en años recientes se ha visto un auge del nacionalismo y el surgimiento de gobiernos autoritarios en diferentes países, lo que podría dar lugar a su retraimiento del sistema internacional, debilitándolo aún más o provocando su fragmentación. Ante esta realidad, muchos países alrededor del mundo tendrán que desarrollar sus propias capacidades para resistir periodos de aislamiento económico prolongado. A pesar de las grandes dificultades por las que estarán pasando, se puede esperar que la mayoría reconozca la importancia y la necesidad de fortalecer la cooperación, entendida esta como las acciones colectivas acordadas en contextos multilaterales o entre países.

Siendo el COVID-19 la mayor amenaza para la salud en el último siglo, es urgente articular una estrategia internacional que permita abordar sus consecuencias: esta requerirá de inmediato un nivel mayor de cooperación, que incluya brindar apoyo a países en desarrollo en el control y mitigación del COVID-19, compartir información y buenas prácticas, así como coadyuvar las políticas en materia de salud a nivel global y regional. La Organización Mundial de la Salud es la institución más indicada para coordinar ese esfuerzo, de la misma manera que lo ha hecho en el pasado (a través de la OMS se han fortalecido los sistemas de salud en los países en desarrollo, se logró erradicar la viruela y se han podido controlar otras enfermedades). También se requerirá una definición clara de acciones y objetivos fundamentales que serán necesarios para enfrentar las repercusiones de la pandemia del COVID-19 en otros ámbitos, entre ellos el económico, que será el más inmediato y representará un desafío colosal.

La globalización económica fue posible por el desarrollo de las comunicaciones y de innovaciones tecnológicas, las que a su vez generaron mayor interdependencia y le dieron un renovado impulso al comercio entre países y regiones. Ese proceso de globalización económica ha comenzado a detenerse, y la arquitectura institucional del comercio y la economía internacional estaban siendo cuestionadas aún antes de la pandemia. El marco normativo que la sustenta ha sido objeto de evaluación y discusión desde hace algunos años en la Organización Mundial del Comercio; hasta ahora la OMC ha sido vista por muchos países como necesaria para asegurar la estabilidad y el crecimiento de la economía global. Sin embargo, las diferencias y las tensiones en la OMC se manifestaron en la última década con el impasse de la Ronda Doha, y han dado lugar a serias interrogantes sobre el futuro de esa organización.

En las condiciones actuales de contracción de las economías alrededor del mundo, el retroceso más visible del multilateralismo podría darse en el ámbito del comercio, y eso sin duda tendría consecuencias adversas para el sistema internacional. La pandemia del COVID-19 ha llegado en un momento político de por sí complicado por las tensiones entre Estados Unidos y China, debido a cuestiones que trascienden el terreno económico y forman parte de un conflicto mayor entre ambos países por esferas de influencia política a nivel global. Al mismo tiempo existen grandes diferencias entre Estados Unidos y la Unión Europea por problemas de seguridad, comercio, y otros temas de la agenda internacional, entre ellos lo relativo al nivel de colaboración internacional que se requiere para hacer frente a la pandemia del COVID-19, y al cambio climático. Estas son las condiciones, precarias por cierto, en las que se deberá emprender el camino de la recuperación económica tras la devastación que dejará la pandemia.

Además de lo anterior, una de las consecuencias de la contracción de las economías será su incidencia en la cooperación internacional que abarca la asistencia técnica y financiera para países en desarrollo. Esta se verá reducida, en la medida en la que los países desarrollados estarán destinando mayores recursos a la recuperación de sus propias economías y de sus sectores productivos; esto a su vez afectará los programas de cooperación de las instituciones internacionales. En ese sentido los países en desarrollo deben prepararse para un periodo incierto en el que dejarán de recibir el apoyo externo que anticipaban, por lo que tendrán que hacer ajustes significativos en diferentes sectores. Es muy posible que muchos países deban revisar lo relativo a la realización de los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, algunos de los cuales tendrían que ser postergados. Debido al COVID-19 la pobreza a nivel global podría crecer de nuevo y borrar varias décadas de progreso en la que se logró reducirla.

Por otra parte, la cooperación internacional en un sentido amplio y las acciones que acuerden los países en el espacio multilateral serán necesarias para contener los efectos adversos de la pandemia en diferentes ámbitos y para evitar un debilitamiento mayor del sistema internacional a nivel global, regional y subregional, así como para contener el deterioro de las condiciones económicas, sociales y políticas en muchos países. Ambas, las condiciones del sistema internacional y las de orden interno, se podrán abordar con acciones y con políticas coherentes, algunas de las cuales deberán ser acordadas en el marco del multilateralismo. Además de los grandes desafíos en el campo económico y social persistirán otros, tales como el cambio climático, las migraciones, los problemas de salud y las epidemias distintas al COVID-19, el crimen organizado transnacional, la corrupción, el terrorismo y otros más que requerirán de la colaboración entre países y organizaciones internacionales.

Todos estos problemas representan oportunidades para continuar o promover acciones de forma coordinada en el plano internacional. El sistema internacional abarca muchas instituciones y procesos de cooperación que podrían ser objeto de evaluación de su efectividad, relevancia, utilidad, dispersión de recursos, costo-beneficio y duplicación de funciones de muchos programas y de las instituciones que los ejecutan. Un proceso de evaluación de este tipo se viene llevando a cabo en el Consejo Económico y Social de la ONU, la misma abarca al PNUD y a otras agencias de cooperación del sistema. Algo similar está ocurriendo en la propia Secretaría General de la ONU (y debería darse también en otros organismos de las Naciones Unidas y en los regionales). La arquitectura institucional de los órganos de la Carta de la ONU también debería ser revisada, y esto incluye las operaciones de mantenimiento de la paz. Todo esto representa un reto –en un mundo que ahora es multipolar y más complejo– pero al mismo tiempo una oportunidad para revisar y fortalecer el sistema internacional.

El reto para todos los países que forman parte de ese sistema es el de participar en este esfuerzo, el que se podría ver limitado de diferentes maneras por la ausencia de liderazgo global (algo que podría cambiar a partir de 2021 en función de los resultados de las elecciones en Estados Unidos) y por las tensiones políticas, económicas y militares entre China y Estados Unidos. Ese y otros conflictos no deberían ser un impedimento permanente para restablecer un orden internacional que permita retomar el camino de la colaboración y la acción colectiva a nivel internacional. Este es un momento crítico en el que debería emprenderse un esfuerzo colectivo de la misma magnitud que el que se llevó a cabo en 1945 cuando se suscribió en San Francisco la Carta de las Naciones Unidas.

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