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Domingo

La vida como heredad


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Me lo contaba un viejo amigo días atrás. Heredé poca cosa de mis padres, me dijo. A decir verdad, solo alguna foto. No conservo ningún objeto, ningún bien material, ninguna carta que me recuerde su letra. Y sin embargo, el peso de los dos en mi memoria es imponente. Todavía puedo oír sus voces, escuchar sus palabras, recordar sus mandatos, sus castigos. ¿Cuánto de lo que soy es de ellos? ¿Cuánto de su yo no forma parte del mío? Y sobre todo, ¿es inevitable que esto suceda? Difícil responder a estas preguntas. Pero, si hay una explicación racional a la metafísica de quienes creen en la transmigración de las almas, es esta. Algo inmaterial de nuestro ser migra y rebrota como un tallo trasplantado en nuestros hijos.

Su confesión me hizo pensar. Vivir es estar sujeto a una buena o mala heredad que a veces consiste en una educación traumática, como fue el caso de Kafka, quien arrastró toda su vida el trato brutal de su padre, un tosco tendero de Praga. No es una aseveración absoluta, por supuesto. La heredad suele ser también una inspiración permanente. Somos transmisores del ayer y de la historia, correas de transmisión de una cultura que nos utiliza como medio para transitar de un ser a otro. Algo se pierde en el camino, pero algo se gana o se renueva en el proceso.

A medida que pasan los años, no obstante, y se deja de cambiar, uno se percata de lo poco que ha cambiado. Siendo jóvenes creímos que seríamos diferentes a nuestros padres, y sin embargo, acabamos teniendo gustos similares, parecidas costumbres, hasta los mismos gestos. Lo que explica la fuerza de la cultura que heredamos, de su gastronomía, sus ritos sociales, sus creencias. Somos una estación de paso donde se apea la heredad, se toma un café y se marcha. Y nosotros con ella. Apenas la hemos catado y ya se ha ido con su memoria, o lo que quede de ella, a otras personas. Y a uno le preocupa la idea de si parte de lo que dejamos por herencia a nuestros hijos no será la sumatoria de nuestros temores, nuestros pesares o nuestras desdichas.

Mi generación, por ejemplo, ha sido trasteada y apaleada lo suficiente como para ser encerrada en un hospital psiquiátrico. Hágase cuenta. La guerra de los Treinta Años (de acuerdo, fueron treinta y seis, pero así suena más cosmopolita), un terremoto, huracanes, inflaciones, recesiones, apagones, golpes de Estado de variada coloratura, la llamada Guerra Fría y, por si eso no fuera bastante, ahora una pandemia planetaria. Menuda herencia emocional. Díganme si no es para tener los ojos turnios, vestirse como Napoleón y esgrimir una espada de palo.

En su entretenida obra El retorno de los Brujos, Louis Pauwels contaba que la modista de María Antonieta comentó en cierta ocasión: “No hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado”. Inteligente la señora, pues la frase implicaba el eterno retorno nietzscheano de aquello que alguien vivió antes que nosotros. Van pasando los años y resulta que la vida parece que se repite. Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, las mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas, que decía León Felipe. Pero no, no se repite. Es la heredad la que vuelve, los viejos hábitos, las viejas músicas, la moda de anteayer, el remake de una antigua película. Lo que les gustó a los abuelos, vaya, y ahora les gusta a los nietos.

Toda cultura se ha desarrollado así, como una heredad inmarcesible que gira sobre su propio eje. La lengua, los clichés, los credos, los prejuicios, las tradiciones. Sobre todo las tradiciones. Cada país tiene un modo peculiar de hacer las cosas. Hay unos que marchan bien, otros no tanto y algunos que les va como la pena negra. Y el motivo de esto último se debe a que continúan gobernándose conforme a tradiciones dañinas que se resisten a apartar de su andadura.

No es una observación baladí. Muchos países no logran alzar el vuelo porque buen número de sus valores y creencias no congenian con la modernidad. La cultura digiere con parsimonia los cambios políticos, económicos y científicos, y entra en conflicto con ellos sin que nadie, y menos el hombre público, se atreva a decir que hay tradiciones que lastran el progreso y que sería bueno tirarlas por la borda. Lo que no sería nada terrible, por cierto. Culturas milenarias como las de Japón, China o Israel se han sabido modernizar sin tener que renunciar a sus esencias.

A mi amigo, el que me contó su historia, le ha ido bien en la vida. Tiene una familia preciosa y es un profesional reconocido. Mas cuando le pregunté cuál pensaba que había sido la razón de su éxito, dudó en contestar. Algo doloroso se lo impedía. Finalmente me contó que no había tenido una infancia feliz. Tampoco lo fue su adolescencia. Sus padres peleaban constantemente, no se respetaban, se herían. Un desastre familiar. Y él se dijo que no sería como ellos. No fue fácil, me explicó. Tuve que desprenderme de todo lo que había visto en casa. Mis padres no habían sido un ejemplo para mí, de ahí que renunciara a su legado, por más que aún les recuerde con cariño. Y esta es la mejor explicación, y la más triste, que te podría dar sobre por qué me ha ido mejor que a ellos. Pero hubo una razón más importante para haber obrado como lo hice. Y fue que no quería dejar a mis hijos una heredad parecida a la que mis padres me habían dejado a mí.

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