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Domingo

Asesinos de almas


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Mi alma, soy yo; no mi fisonomía, ni mi corporalidad, sino mi esencia. Tampoco es la parte inmortal –en la que creo con absoluta convicción– sino quien dice, quien decide, quien siente, ama, sufre, llora y disfruta; mi alma es lo que mis hijos tienen mío, está contenida en la admiración o el desprecio que pueda despertar en la gente que me conoce. Mi alma es mi corazón, mis ilusiones y anhelos, mi presencia absoluta cuando amo y mi ausencia inquieta cuando falto, desprecio, ignoro o decepciono. Mi alma es la descripción de lo que anhelan, de mí… quienes me aman; lo que temen, quizá, quienes no me conocen y lo que hablan a mis espaldas, los que no me quieren, pero a la vez pueden abrazarme –e incluso regalarme una sonrisa– cuando me los encuentro, casualmente.

No era mi niño, sino el niño que creció conmigo y no mutó. No es el viejo que se asoma, dibujando una pálida sonrisa que demuestra total satisfacción por lo alcanzado o una mueca, casi imperceptible de desencanto, tal vez por lo perdido o añorado. Mi alma es lo que vive –sin necesariamente desnudarse– y lo que morirá, en el acto mismo de mi muerte… desaparecerá, como una imperceptible niebla que simplemente se disipa, dejando tras de sí, solo recuerdos, de haber dicho, abrazado y haber hecho. No deambulará mi alma por la tierra, ni sufrirá el castigo del recuerdo triste; no se preocupará por quienes dejo, ni podrá cuidar más, a quien la necesita. El alma muere y se extingue… con la última exhalación de nuestro ser. No asiste al funeral, ni se entristece, ni se asombra al ver a gente que comiéndose un sándwich de mala calidad y a nuestra costa hablando mal de nosotros, criticando; riéndose a ratos y abrazando a nuestros hijos, en medio de un velorio, triste rito, ajeno a nuestra alma… de un ratito.

Todos tenemos alma y es quien somos: nuestras luchas de ayer, las añoranzas, las ganas de crecer, paces y ansias… por alcanzar aquello y dar lo otro, por escuchar con angustia, la ausencia del resuello tras el grito, del niño corregido; la necesidad de aquel, cuyo consuelo, puede ser nuestra atención, nuestra empatía que, con un solo gesto dadivoso, es capaz de convertir su llanto, en un rostro de dicha y alegría. Es el alma de nuestros hijos, sus propios planes; sus ganas de ser ellos, realizarse; su profesión ansiada, sus anhelos, el cuidar a sus hijos, sus ganas de vivir y sus desvelos.

Matando el alma, se destruyen vidas; se coartan los planes e ilusiones, se cercenan de tajo los antojos, las ganas de alcanzar, de construir, de realizar y amar… quedan despojos. Se termina el “soy yo” y me vuelvo otro, entre una masa amorfa de lamentos que no tiene conciencia del manejo… del siniestro del cruel, del malviviente que tan solo procura su sustento; pero a costa del mal, del sinsentido… de la manipulación del resentido. Entre reglas funestas de un imbécil que decide por ellos, lo que “es propio” que limita su ser, sus sentimientos, sus ganas de vivir y hasta sus gozos.

Se mata el alma, cuando se limita el sueño, cuando el derecho individual sucumbe, ante el capricho inmoral de otros, cuando se despoja, a través de los impuestos, del robo vil y la existencia espuria… las ganas de vivir y la alegría, por lograr objetivos y alegrarnos, por los frutos de la lucha tesonera, por ayudar a otros, por salir adelante, con esfuerzo; sin pedir nada a nadie, sin ser carga de otros, ni su lastre, sin mendigar limosnas, ni subsidios, sino ordenando el caos, erigiendo de la nada el todo, a riesgo de triunfar o del desastre.

El engaño global, el miedo intenso, por desesperanzar y amenazar: el emprendimiento honrado, luchas legítimas, las ganas de vivir y trascender… es un crimen tan espantoso –y más aún– que asesinar un cuerpo y su existencia. En el justo momento que muere alguien… siendo víctima cruel de la ignominia, porque trabajaba duro y prosperó, porque va a su trabajo edificante o porque creyó en las plantas y curó; cuando esa muerte se viste –mañosamente– de “racismo” y demagogia, cuando malditos se aprovechan de esa sangre, puede sentirse el hedor de la inconsciencia, del objetivo mezquino y la impaciencia… por asirse de lo que no se construyó y pretender despojar a quien sí lo hizo… quien en el ánimo ingenuo del temor, solo baja la testa y es sumiso. Permite del apátrida el imperio, del activista el arrebato y del funesto gobernante insípido, la verborrea ingrata y despilfarro.

Se mata la sociabilidad, la coherencia, se acaba con el plan tan añorado, con las ganas –tan simples y asombrosas– de crecer, de tener y compartir… de ejecutar, lo ya planificado. Allá si usted, si se queda calladito, víctima del despojo ¡Qué inaudito!, si se queda viendo el homicidio, la agonía de los sueños de los suyos, el funeral social y colectivo… por estar asustado y ser cautivo; el sueño que causó todo su esfuerzo y cada día se acerca a lo fallido; el ocaso de todas sus libertades, la sustracción odiosa de su empeño que parará –indefectiblemente– en las manos aviesas del ladrón, del asesor del mal y lambiscón. Luchar cada uno en su trinchera, defender el pudor y la existencia… o esperar la funesta y vil “presea” que llegará indefectiblemente –un día– del brazo odioso de la cobardía. ¡Piénselo!

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