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Domingo

Canciones de amor y de batalla


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A todos nos han cantado

en una noche de juerga

coplas que nos han matado.

Manuel Machado

Hay una música sencilla que aprendimos cuando aún no sabíamos distinguir a José Alfredo Jiménez de Vivaldi y el crítico que llevamos dentro dormía sin inquietud el sueño de los justos. Una música que penetró en nosotros como una nube en otra y se quedó en la memoria, lista para destrozarnos de añoranza cualquier noche calavera. Arte menor, pero entrañable, lírica de lo cotidiano, la música popular es la gramática que nos ayuda a leer hoy aquel tramo de la vida implume en que todo era cautivador.

De ese tiempo guardo en mi nostalgia sonora docenas de canciones con las que a menudo evoco el rostro afable de mi educación sentimental. Y por eso, porque las aprendí de adolescente, cuando las emociones entraban sin llamar y por sorpresa, conservo un afecto especial por las canciones mexicanas, las cuales siento tan mías como los cuplés de Sara Montiel o las coplas de Lola Flores.

Mi primer recuerdo de esta música va asociado a Irma Vila, quien me enseñó a gritar “¡Guadalajara, Guadalajaraaaa!” hasta donde daba el pulmón. Y luego a Jorge Negrete, quizá porque, como él, yo era muy atravesao y fumaba en hojita tabaco picao. Canciones de amor las suyas, de lágrimas y despechos, de adioses y de esperanzas, que raptaban mis sentidos y me dejaban a veces con la mirada difusa y esperando ver caer el fruto de algún manzano. Pero también canciones de batalla, de rebeldías y duelos, y de esos pequeños combates que uno libra cada día.

Historias como la del Siete Leguas, el caballo que Villa más estimaba y que cuando oía los trenes, se paraba y relinchaba. O lamentos carceleros, como el del preso que se quejaba en la cárcel de Cananea, donde lo habían encerrado a causa de su torpeza. Y también solterías a ultranza (“no señor, yo no me casaré, así le digo al cura y así le digo al juez”), arrogancias un tanto clasistas (“yo no nací pa pobre, me gusta todo lo bueno”), engreimientos de macho moruno (“ya verás lo que vas a aprender, cuando vivas conmigo”) y hasta piropos mordaces (“qué bonitos ojos tienes, lástima que tengas sueño”).

Siempre admiré a estos poetas, albaceas del antiguo Romancero, el cual no era más que eso, una colección de canciones de amor y de batalla, las dos pasiones primarias del hombre, canciones que satisfacen necesidades cotidianas, infunden ánimo en tiempos terribles cual el que vivimos hoy y que, como decía el verso, viejas son, pero no cansan.

La música popular tiene la fuerza de lo telúrico y encierra en su sencillez las claves del inconsciente colectivo. Pero es preciso tener una sensibilidad especial para gestar tanto acorde feliz y tanto verso afortunado. Y México sin duda la tiene. Cuando menos para mí, cantar una ranchera con amigos es siempre una suerte de catarsis. Pues si no trae al espíritu una emboscada nostalgia (como la de esa lacerante estrofa en la que el cantor le dice a una golondrina “oiré tu canto, recordaré mi patria y lloraré”), levanta el ánimo al invocar frases exultantes y redondas como: “¡Háblenme montes y valles! ¡Grítenme piedras del campo!”.

A menudo, las letras de algunos corridos me recuerdan la épica de los cantares de gesta. Sus protagonistas son peleones y atrevidos, y tienen novias que en la pila del bautismo las guardaron para ellos. Faltaba más. Otras, en cambio, se asemejan a las canciones de los goliardos, aquellos frailes medio bribones, medio paganos, que tras colgar los hábitos, iban de pueblo en pueblo exaltando el vino y el amor carnal. Sustitúyase el vino por un buen aguardiente y se tendrán letras de ebriedad, zureadoras y pichonas, como “dicen que por las noches no más se le iba en puro tomar”, o absolutamente desvergonzadas, como “dichoso aquel que se casa y sigue en la vacilada”.

Tal vez por eso, porque estas canciones exaltan con franqueza el buen beber, el buen amar y el buen batallar, algunos exquisitos las califican de elementales y etílicas, si no propias del chusmaje. Yo creo en cambio que, lo mismo que otras variantes del folclore, son mucho más que eso. Solo hay que escuchar, por ejemplo, un huapango, ese bellísimo son de la región huasteca, al norte de Veracruz, como podría ser La Cigarra, canto de hondos pesares y final estremecedor. O Rogaciano, leyenda de un cantor popular del que Miguel Aceves Mejía haría una creación inolvidable. O el Huapango de Pablo Moncayo, son huasteco por antonomasia y una maravilla sinfónica acompasada de emotivos contrapuntos y crescendos.

Desdeñar la música popular, por tanto, me parece un gesto más bien cursi, un ademán de pañuelito en la mano, dedo meñique subido, polvo en la nariz y colorete. Y pienso que quienes lo hacen no han aprendido a distinguir lo sustantivo de lo adjetivo. O bien no aman, no luchan o les sobran jugos gástricos. Porque esta es la música de nuestra alegría elemental, de nuestra felicidad más sencilla, de nuestros primeros amores y nuestras primeras batallas. Canciones para la multitud -y todos llevamos dentro una- y para unirnos a los demás cuando escuchamos cerca una voz y una guitarra. Canciones que, curiosamente, no siempre nacen del pueblo, sino que es el pueblo el que las sanciona. En ellas el autor ha pulsado una cuerda del común. Y el común vibra con ellas, las refrenda y las adopta, algo que sabía muy bien Manuel Machado, bardo de voz popular e inspirados versos como este: “Hasta que el pueblo las canta/las coplas, coplas no son/y cuando las canta el pueblo/ya nadie sabe su autor”.

 

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