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Domingo

Sin principios comunes, no saldremos adelante


Sociedad de Plumas

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Las naciones de occidente no estaban listas para el caos generado por el coronavirus. Con esto no me refiero a cantidad de camas en hospitales por habitante, ni tampoco a la existencia de herramientas económicas para la reactivación económica. Me refiero a dos elementos fundamentales: 1) un conjunto de principios filosóficos para tiempo de crisis, y 2) un compromiso lo suficientemente amplio con respecto a ellos. En efecto, la pandemia está ocurriendo en un contexto de alta polarización, debilitamiento de la idea del estado nación, y un olvido de los principios que el liberalismo clásico provee para momentos como el actual. En consecuencia, las naciones de occidente no han sido capaces de mitigar el pánico y el caos a pesar de su gran

prosperidad.

En primer lugar, la crisis llega en un contexto de alta polarización política. Las sociedades occidentales se han dividido en las últimas décadas en dos grandes bloques. Por un lado, los grupos progresistas quienes favorecen el liberalismo en el ámbito social y una mayor intervención estatal en lo económico. Por otro, los grupos conservadores, quienes aceptan la intervención del Estado en temas sociales como el aborto y el matrimonio, pero favorecen la libertad económica. En momentos de crisis esta división es evidente. Por ejemplo, en Estados Unidos, el Congreso se vio paralizado por las demandas del Partido Demócrata, el cual deseaba incluir en el paquete contra la crisis, un financiamiento para proyectos “verdes” así como para la controversial organización Planned Parenthood.

Segundo, la crisis ocurre en medio del debilitamiento de la idea de estado nación. Aunque la globalización económica ha permitido la reducción de la pobreza durante las últimas décadas, también nos vuelve susceptibles a las pandemias. En el ámbito político, la globalización ha abierto la puerta para el fortalecimiento de instituciones supranacionales como la Unión Europea, las Naciones Unidas e instituciones financieras globales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario internacional. Como resultado, los estados nacionales se han visto reducidos en su autoridad y soberanía. En efecto, el coronavirus ha puesto en evidencia la dependencia estadounidense en insumos chinos para su industria farmacéutica. Asimismo, el cierre de fronteras ha repercutido en un colapso de industrias alrededor del mundo.

Tercero, la crisis evidencia el olvido de los principios que el liberalismo clásico ofrece para estas circunstancias. Esta corriente filosófica permite cierto grado de asistencia del Estado en un contexto de emergencia. Esta debe ir acompañada de la rendición de cuentas durante y después de la catástrofe, y ser de carácter temporal. Además, el Estado debe promover la cooperación con los privados en la gestión de la crisis. Desafortunadamente, el olvido de estos principios filosóficos nos ha llevado a extremos. Por un lado se encuentran aquellos que ven en la crisis una oportunidad para justificar un proyecto socialista, el cual busca incrementar la intervención estatal en la vida de las personas. Por otro lado, se encuentran aquellos con un enfoque puramente económico, el cual cae en una especie de utilitarismo. Como consecuencia, la mayoría de países no han adoptado medidas que concilien tanto la necesidad de la producción como la de proteger la salud pública.

En conclusión, la falta de un conjunto de principios, así como de un acuerdo amplio con respecto a ellos, podría explicar porqué, a pesar de la prosperidad de occidente, las naciones no han sido capaces de manejar el pánico colectivo. Lamentablemente, al observar las discusiones en redes sociales y medios de comunicación, se percibe que la crisis ha incrementado aún más la polarización política y la presencia de recetas radicales. De ser así, la salida podría tomar más tiempo del deseable. Sin duda alguna, aunque la contención del virus requiere distanciamiento social, es una buena oportunidad para buscar principios en común, pues sin ellos no saldremos adelante.

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