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Domingo

Encierro en casa


El #QuédateEnCasa para evitar la propagación del COVID-19 significó para algunas personas más tiempo para compartir en familia, aunque otros debieron enfrentar la soledad. Algunos guatemaltecos que viven en distintas partes del mundo compartieron sus experiencias en el acontecer diario, en tanto hoy se arriba al día 14 de la #Cuarentena.

La frontera soy yo

Tania Hernández es ingeniera en Sistemas, con estudios en literatura latinoamericana y apreciación cinematográfica. Vive en Fráncfort, Alemania por una beca de estudios. “Para mí, el cierre de las fronteras significa que Guatemala, mi familia y mi amor se encuentran físicamente más lejanos debido a la incertidumbre de no saber cuándo volverá a ser posible el reencuentro”.

Refiere que el entorno permitido se ha ido haciendo cada vez más pequeño. “De cien personas juntas, se pasó a permitir pequeñas reuniones, luego a imponer distancia mínima entre personas, a saludarse de lejos, a no tocar nada, otros hubiesen tocado sin lavarnos después las manos veinte veces. De pronto nos hemos convertido todos en sospechosos. La otra vez leí que la nueva definición de saludable es una persona que no presenta síntomas”.

Para Tania, nos ganó el miedo al estigma. Considera que los que no viven en familia, carecen en la actualidad de la posibilidad de recibir siquiera una pizca de cercanía. Ni siquiera en los tiempos libres. “El sábado pasado fui con una amiga de paseo. Caminamos por la acera a una distancia de metro y medio entre una y la otra. Al parque, al que llegamos, le faltaban los niños, los ancianos y los enamorados. La gente se esquiva en la calle. Sin embargo, aun a la distancia, mis vecinos me han ofrecido ayudarme si lo necesito”.

De momento, sigue en contacto con su familia, con su amor y con sus amigos, por teléfono, por videoconferencia y por redes sociales. “Las fronteras emocionales siguen abiertas y eso nos preserva la esperanza. Menos mal”, concluye.

Se extraña el contacto

Maritza Hyde vive en Nueva Orleans, Luisiana desde hace más de 20 años. Junto con su esposo, decidieron cerrar el restaurante desde hace algunos días, porque se les dificultaba entregar comida a pedido.

Dice que el encierro no la ha afectado demasiado, pues le gusta estar en casa y en familia. “Ha sido una oportunidad para hacer muchas cosas que antes no hacía”, dice, mientras trata de ocuparse y seguir una rutina diaria para ser más productiva.

Y es que Luisiana ha sido un Estado muy golpeado por el coronavirus. Hasta el pasado 25 de marzo tenía registrados 1,388 casos y 46 fallecidos. Muchos de los residentes atribuyen la propagación del virus a partir de la celebración del carnaval, el pasado 25 de febrero, pues fue en esas fechas cuando arribaron cientos de europeos.

El ajetreo diario en la ciudad cuna del jazz ahora encuentra silencio y calles vacías. Las personas se hablan por videollamadas. “Se extraña el contacto”, afirma Hyde con tristeza, “no sabemos a qué nos estamos enfrentando, es algo sin precedentes, pero tenemos agua, luz, Internet, esto se agradece en comparación a los días vividos por el huracán Katrina (2005) cuando lo perdimos todo”, recuerda.

Trabajo de noche

Karen Susko vive en Ohio desde hace 14 años. Desde casa trabaja para Pathstone, una organización no lucrativa que apoya a trabajadores agrícolas a estudiar, o encontrar otras fuentes de empleo no agrícolas. Cuenta que las actividades en muchas fábricas de manufactura están detenidas, por lo que están aplicando para obtener beneficios de desempleo.

Con 567 casos detectados hasta el pasado 25 de marzo y ocho fallecidos, las granjas de Ohio que producen vegetales, huevos y lácteos siguen activas, pero con menos horas laborales, mientras otras industrias pararon labores. Además, el cierre de fronteras con México y demás países ha afectado por la falta de empleados con visas de trabajo temporales.

Aunque con la cuarentena ha tenido más tiempo de compartir en familia, dice: “trabajar en casa es difícil, pues tienes que compartir tu espacio de trabajo con el hecho de ser madre, esposa, maestra, cocinera, la de la limpieza, además de hacer las compras… por lo que estoy tratando de acomodar mis horas de trabajo en la madrugada o en la noche”, refiere Susko.

Las pruebas son para quien las necesita

Frank DeMarino es un médico anestesiólogo que reside en Atlanta, Estados Unidos, desde hace 38 años. Trabaja en el WellStar Atlanta Medical Center, donde dice que los casos de personas infectadas han estado bajo control. Hasta el pasado 25 de marzo estos eran de 1,097, y un total de 38 fallecidos.

Por su especialidad, afirma que no ha tenido contacto directo con ningún paciente con coronavirus. Sin embargo, comparte que el hospital prepara un plan de emergencia que requiere adaptar, en el corto plazo, las salas de operaciones (su lugar de trabajo) para atender pacientes en cuidados intensivos. Esto por la necesidad de contar con respiradores en cada ambiente.

“En Atlanta, no hay manera de dar respuesta a tanto diagnóstico. Vamos despacio y se guardan las pruebas para quienes realmente las necesitan”, afirma.

De acuerdo con DeMarino, resulta difícil criticar lo que está haciendo el gobierno del presidente Trump, más bien es un tiempo en el que se debe estar unidos. Solo espera que en Guatemala, las decisiones del presidente Alejandro Giammattei (quien fuera su compañero en la escuela de Medicina) ayuden al país, puesto que el sistema de salud es más vulnerable, sumado a que la población tome medidas de precaución para evitar más contagios.

No serán dos semanas

Mónica Luengas Restrepo es una periodista dedicada a la academia, la investigación y a las consultorías. Vive en México desde el 2008 con su pareja y sus dos hijas, de seis y un año. Refiere que en México la crisis del COVID-19 se vive desde muchas aristas. “Si bien existe el miedo y muchos estamos manteniendo la sana distancia y la permanencia en casa, pareciera que las medidas oficiales han sido permisivas y laxas, en comparación con otros países de América Latina”, opina.

El anuncio oficial de la fase 2 de la epidemia se hizo el 23 de marzo. Es decir, el contagio local, lo que ha hecho que se tomen medidas más rigurosas. “No hay toques de queda o bloqueos fronterizos especialmente por temas económicos, no de salud: México es un país con más de 120 millones de habitantes, donde casi el 60 por ciento pertenece al sector informal. Este contexto se resume en una idea simple: si no salgo a trabajar, no tengo para comer, en buena parte de los casos”. Hasta el pasado 25 de marzo, las cifras registran 475 contagiados y 6 muertos.

“Estamos en casa desde el 16 de marzo. Aunque estoy acostumbrada al home office, esta cuarentena se ha convertido en un malabar de tiempos y logísticas para poder cumplir con las responsabilidades laborales, supervisar las tareas escolares, atender reuniones, dar clases a distancia, hacer labores domésticas y cuidar la salud mental de los cuatro miembros de la familia”.

“El cansancio, para todos, ha sido la constante, pero poco a poco vamos encontrando el balance. La crisis no durará dos semanas, en México se habla como mínimo de 12 semanas para poder bajar la curva de contagios. Así que más vale ir encontrando algo de normalidad”.

El ambiente no está para baladas

Francia. “La epidemia ha ido prácticamente multiplicándose sin que pueda detenerse. Los hospitales están a punto de colapsar, y por primera vez en la historia el Ejército fue solicitado para aplicar un plan de evacuación utilizado durante las guerras, esta vez para evacuar enfermos por avión y helicópteros entre distintas ciudades hacia hospitales menos saturados. Al momento de escribir esto, 25 de marzo, la región de l’Île de France que reúne a París y a las zonas aledañas es la que cuenta con el mayor número de personas contaminadas. 7 mil 666 personas, aunque esto no significa que todas las personas fueron contagiadas en la zona, sino que es el área en donde más personas se encuentran hospitalizadas”.

Estas son parte de las impresiones del músico, escritor y fotógrafo franco-guatemalteco, Marlon Meza Teni, quien vive en París desde hace 35 años. Compara el confinamiento como algo muy parecido a una dictadura. Un encarcelamiento en donde la libertad individual se ve confiscada por decreto para salvaguardar el interés general de la población, en este caso por una pandemia.

“El estrés que se vive es enorme”, afirma. “En el noveno día de estar incomunicados, nadie puede ni debe acercarse a otra persona a menos de 1.5 metros. El silencio es impresionante, en mi edificio ha llegado a tal punto que al tercer día los vecinos me enviaron mensajes pidiéndome que no dejara de tocar el piano durante el día. La música abre otras posibilidades y procura mucha serenidad, y aunque no sea un remedio, en este caso a los vecinos les procura cierto alivio. Fue muy conmovedor que me lo pidieran por mensajes de SMS, y yo no les dije tampoco que el repertorio que tengo costumbre de practicar cuando ellos no están, ahora no sería el mismo”.

“El ambiente no está para baladas, ni piezas melancólicas ni románticas”, dice. “Ahora procuro llenarles las tardes con mucha música de Bach, y algunos temas de Jazz. Abro las ventanas para que el piano llegue muy lejos, porque el nivel de ruido bajó de 4 decibeles en toda la ciudad. Es mi pequeña contribución para mantener una forma de ánimo en los demás, aunque a veces a mí también me falte. A las 20:00 horas todos salimos a aplaudir a los médicos y enfermeras que están luchando en condiciones muy difíciles. Eso ha creado un vínculo muy fuerte”.

“Siempre pensé que vivir en una isla desierta con mi biblioteca era algo que quería, pero desde que empezó el confinamiento me cuesta mucho abrir los libros, o leo sin mucha concentración. Extraño mucho a una chica que a su vez quedó encerrada en la otra punta de París. Nunca había vivido un ambiente tan apocalíptico y tenso, ni siquiera cuando fueron los atentados terroristas en Francia”.

Nuestra fortaleza es el vínculo social

El miedo, la ansiedad, tristeza o depresión son cuadros normales dentro de una situación anormal, afirma Marco Antonio Garavito.

Quedarse en casa para evitar contagios por el coronavirus, ha significado para muchas personas en el mundo y en Guatemala cambiar sus patrones de vida y de convivencia en familia. Para algunos el encierro ha sido un saldo positivo, pero a otros, por diversas circunstancias, les ha costado más.

Desde hace más de 20 años, Garavito es el director de la Liga de Higiene Mental. Refiere que la crisis del coronavirus efectivamente les ha alterado la vida a las personas. Sin embargo, parte de las causas se debe a la desinformación.

“La falta de información objetiva especialmente, de las instituciones del Estado hacia la población ha generado elementos neuróticos de miedo, ansiedad, tristeza, depresión que son cuadros normales dentro de una situación anormal”, asevera.

En su opinión, una forma efectiva de reducir los niveles de ansiedad en esta situación es cuando observan que el Estado se enfoca en acciones de respuesta y prevención que los benefician.

Una de estas acciones, por ejemplo, es aprovechar el toque de queda para que las corporaciones municipales del país salgan a desinfectar calles, áreas públicas y mercados. “Solo meternos en las casas después de las 4:00 p. m. no tiene sentido”, afirma.

En la intimidad de los hogares, sugiere que el virus no se convierta en una especie de sepulcro. “El silencio no aleja el coronavirus, ponga música, cante, baile”.

Admite, eso sí, que el encierro permanente en un ambiente pequeño puede generar tensiones, y hasta violencia en algunos casos. Sin embargo, hace la salvedad que en sociedades como Europa se vive en espacios más reducidos y el relacionamiento es más distante. En contraste, la cultura del guatemalteco se basa en relaciones sociales, lo cual es una fortaleza para esta crisis, si bien es una práctica que se conserva más en las comunidades rurales.

“En general, siento que la crisis se ha manejado bien, la gente ha respondido de manera positiva, tenemos la fuerza del vínculo social que nos ayuda a salir adelante en situaciones adversas”.

Este psicólogo social es positivo en su balance de la situación en el país. En los primeros días observó una zona de miedo, pero poco a poco se ha ido saliendo y ello está dando un conjunto de aprendizajes y crecimiento que vale pena reflexionar. “Se superó el temor irracional, ahora la gente es consciente de la necesidad de administrar los recursos, de no aglomerarnos, puesto que es importante pensar en los otros”, afirma.

Por último, demanda que el Gobierno sea más veraz en el manejo de la información y los recursos; y si algunas personas enfrentan dificultades más complejas de salud mental, les ofrece apoyarlos con terapias por teléfono.

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