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Domingo

Saltaperico


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Forrados en papel de China, siempre rojos y achatados, compramos, cuando niños… los “Saltapericos”. Se arrastraban, con fuerza, idealmente con los antiguos zapatos de “suela” (así eran casi todos) y entonces su arrugado empaque ardía, lanzando pequeñas explosiones… todas inocentes y por ende, ninguna peligrosa. Su extinción, derivó del “heroísmo” de algún gobierno inútil que dispuso –después de que algunos niños los confundieron con “dulces” e ingirieron– prohibirlos terminantemente. 

Les sobrevivieron las “bombitas”, también envueltas en papel de china de todos colores… hasta el sol de hoy en el mercado y nunca se desveló el misterio de por qué los niños “comían saltapericos” y no “bombitas”; los más aguerridos, tenían suficiente fuerza para tirarlas al suelo y que estallaran… los débiles, debían aplastarlas, con los pies, escuchando una explosión insignificante. El ir “a comprar cohetes”, era una ceremonia para niños “expertos”. El paquete de diez “len” convenía mucho más que el de a cinco… traía fácilmente cuatro veces más cohetes y al “despenicar” unos tres paquetes, se tenía “munición” suficiente, para fastidiar a las “viejas” de la cuadra –por horas– quemándolos uno por uno. Era común ver grupos de cinco niños o menos, en las esquinas, siguiendo la ceremonia de “quemar cohetes”, mientras se esperaban, con ansiedad las doce, para abrir –normalmente– “el estreno”, o quizá destapar y poner cara de sorpresa, al ver el juguete que ya se había encontrado, en el escondite de nuestros padres que, con esfuerzo e ilusión, habían ido a La Juguetería, a adquirirlo, como una sorpresa para sus amados pequeños. 

También, se podía comprar “un manojo” de silbadores, en los que, algunos mañosos comerciantes incluían nueve y no diez, como ofrecían, agarrados con un hule. La caja de silbadores era un sueño casi imposible… eran caros. Guardando la distancia, en cuanto a diversión, aparecían los “canchinflines”, tiempo después confundidos por los más jóvenes con los silbadores, siendo su diseño y funcionalidad, totalmente distintos, pero usándose –errónea y recurrentemente– el vocablo “canchinflín”, como sinónimo. El esbelto silbador podía dirigirse, con un viejo tubo galvanizado, encontrado en un rincón del garaje… casi a cualquier dirección, también podía dejarse silbar un segundo, tomado con dos dedos, antes de soltarlo hacia arriba; era capaz de volar y ser lanzado a voluntad, siendo los últimos metros de su trayectoria, a veces erráticos. El canchinflín, por el contrario –de bambú forrado con papel de china– se arrastraba por el suelo sin control, pudiendo regresar y hacer bailar “el jarabe tapatío”, a quien le había dado vida. Era una ilusión infausta de “propulsión a chorro”, con resultados siempre decepcionantes y mucho humo.

La gama seguía y conforme se avanzaba en años, las travesuras con la pólvora , subía de tono. Las bombas triangulares de todos tamaños… era la forma más expedita de tirar el dinero, con la satisfacción inexplicable de escuchar su grave sonoridad o de ponerlas bajo un bote de lata… simulando un lanzamiento “espacial” que con suerte se alzaba unos cuantos metros. Hacer estallar morteros, capaces –los más grandes– de romper una banqueta de concreto, levantar una tapadera de tragante y aniquilar a muchas alimañas cuyo hogar eran las cloacas… eran travesuras de niños, quizás muy peligrosas algunas, pero al final inocentes. No se agredía nadie, no se pretendía lastimar, se trataba nada más de un juego, sin duda mucho más sano que estar adherido a un celular, compartiendo tontamente –en las redes sociales– la intimidad, con gente a la que no le importa nuestra existencia, o viendo una maratón de Netflix.

Hoy no pensaba publicar nada, me sentí mal en la semana y mi mis malestares –indudablemente– se acentúan, por estar pendiente del circo que “desgobierna”, “desinforma”, divide, confunde y avasalla. Pero todo cambió, cuando me encontré a mi paso, con una amable señora cuyo nombre ignoro y nunca creo haber visto antes. Viéndome con calidez, me dijo: “lo primero que hago los domingos es buscar su columna”; esto fue un regalo que en otras ocasiones he recibido… son de esas gratificaciones que llenan, motivan y consuelan. Pensé que si para ella, así como para otras personas es importante este espacio, tenía la obligación de escribir… aunque me faltara ánimo y literalmente fuerzas.

Llegando a la oficina y encontrándome con amigos de la infancia, nos pusimos a recordar –justamente– lo que escribí al principio. Empecé a construir –en mi cabeza– una analogía que les comparto: En una nación ignara y reiteradamente timada, como nuestra sufrida, pobre y desnutrida Guatemala… las reacciones y acciones, de sus ciudadanos, pueden emular a los viejos artefactos que encendíamos con un cigarro, una mecha o una carterita. Hay quienes son solamente “saltapericos” y sus explosiones –ante su aplastamiento por el sistema corrupto y pérfido– es tirar chispas inofensivas… casi ridículas; normalmente lo hacen en funerales, sobremesas familiares, en derredor de una mesa de tragos y hasta en las piñatas. 

Algunos son como las bombitas de colores, con sus amaneradas explosiones populistas, sean éstas de género, libertinaje o agenda política financiada desde afuera… son lanzados a “tronar”, por quienes sirven de forma indigna, sean titiriteros locales o extranjeros. Hay otros –de esos muchos– que son vistosos canchinflines, forrados también de chillantes y falsas ideologías; forman parte del elenco en mesas de “periodistas” con agenda financiada por ominosos y lanzan muchos argumentos vacíos, repetitivos y fogosos… éstos siempre se arrastran, mientras siguen su doble agenda y son capaces de regresar a chamuscar a quien incendió su cola y les hizo notarse. 

Se me ocurre que, así como se prohibieron los silbadores, en otro falso “acto heroico” … de otro gobierno inútil, así se pretende prohibir que emprendamos vuelo y busquemos nuestras propias fronteras de pensamiento y acción… fuera del patrón preestablecido. Debemos preparar a nuestros hijos y nietos, para el vuelo digno, dirigiéndolos con principios, valores y ruta cierta… aunque ellos –en el camino– ajusten los derroteros a mejores planes de los que para nosotros eran “ideales”; debemos arrebatárselos a este sistema degradante, fatuo y repugnante. Quienes aplastan, arrastran, tiran, destruyen y dirigen… están felices de que el pueblo sea un barato “saltaperico” … y en eso se mantiene la patria; como sus gobernantes… “mucho ruido y pocas nueces”. ¡Piénselo!

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