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Domingo

Acosadas


En la calle, en el bus, en la escuela, en el trabajo. Cada minuto, miles de mujeres sufren hostigamiento sexual, un acto común que provoca enojo, miedo y frustración.

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Alrededor de las 5 de la tarde, Ana Ortiz, de 31 años, procura estar en casa y que no le falte nada para la cena, como fósforos o tortillas. A veces se le olvida algo por estar ensimismada en la lectura, pero evita en lo posible salir. Incluso, si es necesario, aguanta hambre. Desde hace varios meses vive sola en la aldea La Unión Barrios, a unos minutos de Purulhá, Baja Verapaz. Enfrente de su casa, hay una cancha de básquet, donde varios patojos se mantienen allí. Y cada vez que le toca salir a hacer un mandado, tiene que aguantar el clásico: “Mamacita, que rica estás…” más los silbidos y ruidos característicos.

Ortiz se percató que los hombres de la aldea se ensañan contra las mujeres que viven solas. “Es duro, por eso me siento frustrada, deprimida”, dice ¿es que la sociedad espera que yo tenga que soportar un hombre que me pegue, manipule o machista, con tal de que me respeten?

Conociendo el ambiente donde vive, cuando sale a la calle Ana prefiere usar ropa que la haga pasar desapercibida. “Pants flojos y sudaderos con gorro”, dice. Al principio no les respondía nada, puesto que de alguna manera, soñaba con que algún día iba a encontrar una pareja que la acompañara y toda esa molesta situación quedaría en el pasado. Pero se dio cuenta que eso estaba muy lejos de suceder y empezó a confrontar a los hombres para pedir respeto.

Así lo hizo un día cuando pasaba frente a la tienda. Ya no soportó el piropo. Retrocedió y le increpó al hombre por sus palabras. El se quedó callado. Días después se dio cuenta que alguien había entrado a su casa y le había movido su ropa del lazo a otro lugar. Ahora siente miedo.

Para Ana, como para miles de mujeres en Guatemala, caminar en los espacios públicos o usar el transporte colectivo las hace sentirse inseguras, temerosas o indignadas. También están los espacios laborales o educativos en donde la mirada lasciva y la palabra soez de los hombres son la constante del día.

Diversas iniciativas y estudios como el Observatorio contra el Acoso Callejero en Guatemala evidencian la generalización de este problema, el cual todavía no está tipificado como agresión sexual. Sin embargo, cada vez se habla más y se protesta. Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, este colectivo busca visibilizar esta problemática recurrente y normalizada, donde se hilan historias que muestran esta expresión de violencia sexual para decir a una sola voz: “ya basta”.

En todas partes 

Desde el 2018 a la fecha, el Observatorio contra el Acoso Callejero ha registrado un total de 332 denuncias en su página web. Se hace a través de un formulario que permite mapear en qué parte se hizo la denuncia. En la mayoría de casos, estas fueron en la ciudad de Guatemala (275) seguido de Quetzaltenango (34). Los lugares donde es más frecuente el acoso es en avenidas y calles (250), seguido del transporte público (40 casos) y otros. Afecta un 96 por ciento a las mujeres y un cuatro por ciento a los hombres. Las edades con mayor prevalencia es entre los 21 y 30 años (60 por ciento), de 31 a 40 años (19 por ciento) y de 11 a 20 años (17 por ciento). El 95 por ciento de los acosadores son hombres, y el tipo de acoso más generalizado está clasificado como “otros” (61 por ciento) y como “piropos” (48.3 por ciento). Le siguen los silbidos, jadeos, bocinazos y besos, entre otros gestos.

Otras iniciativas que se han hecho al respecto son: el Estudio exploratorio sobre el acoso sexual en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) a cargo de la Asociación de Estudiantes Universitarios Oliverio Castañeda y ONU Mujeres (2019). Uno de los hallazgos encontrados fue el reporte de 787 casos en el campus central y el Centro Universitario Metropolitano (CUM).

También está el Estudio sobre acoso sexual y otras formas de violencia sexual contra las mujeres y niñas en espacios públicos de la ciudad de Guatemala, elaborado por la Dirección Municipal de la Mujer de la Municipalidad de Guatemala y ONU Mujeres (2017). Uno de los hallazgos fue que el cien por ciento de mujeres que participaron en el estudio, todas han sufrido alguna forma de acoso sexual en su vida. Sin embargo, algunas consideraron que era agradable escuchar los piropos.

Por último, la Iniciativa de Ley contra el Acoso Callejero y otras formas de violencia contra la mujer, presentada en noviembre de 2019 por la diputada Nineth Montenegro. Su propuesta se centró en reformas al Código Penal, y el Decreto 22-2008, la Ley contra el Femicidio, asi como medidas de carácter preventivo. En su exposición de motivos, la exdiputada cita que en 177 países en el mundo no cuentan con una legislación específica para atender el acoso callejero. Quienes han sido la excepción son Perú, Chile y Argentina; así como Bélgica, Francia, Holanda, Portugal, Reino Unido y Nueva Zelanda.

Está visto que el problema no distingue países, estatus social o económico. El pasado 25 de febrero, por ejemplo, el tenor español Plácido Domingo reconoció que cometió acoso contra varias mujeres y abusó de su posición de autoridad, según el medio Europa Press.

Testimonios 

En la calle

La politóloga Marielos Chang no olvida un incidente años atrás. Trabajaba en la zona 1 y debía pasar por la 8a. Calle. En eso se le apareció un hombre vestido con el disfraz promocional de una popular farmacia que empezó a hostigarla obstruyéndole el paso. Así que prefirió tomar una ruta más larga al trabajo, con tal de no pasar enfrente. No solo cambió su ruta, sino también su forma de vestirse, preferir los zapatos bajos a los tacones, o buscar los parqueos cerca del lugar donde va.

“Lo que más detesto del acoso callejero es tener que bajar la cabeza y seguir de largo, y darle por un segundo ese pequeño gusto de superioridad y poder sobre mí a alguien más. Acá en nuestro país es la opción más inteligente, la más segura, pero también la que más te carcome”, escribió en su cuenta de Twitter.

Para ella, después de venir de entornos seguros durante sus años de estudio, este episodio se convirtió en una confrontación con la realidad del país. “Empiezas a tomar conciencia de que el acoso no es normal ni agradable. Uno se siente violentado porque uno debe cambiar comportamientos porque la otra persona no puede respetar el espacio o la dignidad de una mujer”, expresa.

En la escuela

“Cuando estaba en la primaria, recuerdo que nos poníamos short abajo de la falda porque corríamos el riesgo de que los niños se pusieran abajo de las escaleras para ver nuestra ropa interior, o te podían levantar la falda. Tenía seis años y ya comprendía esta ‘ley’. Cuando estudiaba en la secundaria tenía que ponerme un pantalón extra abajo del pants los días de deporte. Era bien sabido que los niños te lo podían bajar” .

“Ahora en la universidad cargo un gas pimienta. A estas alturas, comprendí que corro peligro desde la primaria. Comprendí que puedo no regresar a casa, que no tienen respeto por mí. Entendí que mi vida, dignidad, integridad y mi cuerpo es tan frágil que he estado inconsciente o conscientemente creando técnicas de seguridad desde los seis años de edad”, comenta un testimonio común que se compartió en el muro de varias cuentas de mujeres guatemaltecas en las redes sociales.

En el bus

Un señor que sube en el bus #69 (65) en Santa Fe, que busca, a propósito, quedar frente a la espalda de alguna mujer con tal de rozar sus genitales en los glúteos de ella. “A mí me sucedió una vez. El tipo no se corría y tampoco me daba permiso para moverme. Fue una cuadra la que estuve así, logré quitarme y un chico me dio su lugar. No hice ni dije nada por vergüenza, pero me arrepiento de eso, ya que lo he vuelto a ver y siempre está buscando quedar parado detrás de las mujeres”, cuenta Miriam, en uno de los testimonios del Observatorio.

En el trabajo

En la municipalidad de Jalpatagua, Vanessa, una policía de Tránsito sufrió acoso laboral durante su embarazo. Era hostigada por el alcalde (del periodo anterior). Este la insultaba puesto que no lograba despedirla por su estado. La mujer fue degradada en su puesto, hasta terminar haciendo labores de limpieza.

Este caso se catalogó como hostigamiento psicológico. Fue atendido por la Delegación de Trabajo y el apoyo de la Asociación de Trabajadoras del Hogar a Domicilio y de Maquila (Atrahdom), cuenta su presidenta, Maritza Velásquez. “El jefe edil reconoció el error, le dio una equiparación salarial y la empleada regresó a su puesto”, dice.

Velásquez cuenta que conoce de muchos casos de acoso sexual en el trabajo, sin embargo, casi ningún empleado denuncia por temor a perder el empleo. “No logro convencer a las trabajadoras. Tienen miedo, por todo lo que implica en su vida, algunas de ellas son casadas”, explica. De manera que la mayoría de denuncias laborales se dan por violencia económica. Comenta que muchas veces las mujeres salen perdiendo, porque no encuentran apoyo del inspector laboral y terminan aceptando lo que les ofrece la parte empleadora.

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