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Domingo

Guatemala, un semáforo en rojo


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En un país lejano, casi tan lejano como una galaxia, donde todos son canches, un niño va a la escuela más cercana a su domicilio en bicicleta, esperando que el semáforo se ponga en verde, para poder cruzar la calle. En Guatemala, un país cuyo mapa geográfico es un mapa racial, una niña indígena mendiga junto al semáforo que le asignaron sus explotadores, para cumplir con su cuota cotidiana. Jamás irá a la escuela, mucho menos en bicicleta.

En Guatemala, detrás de cada semáforo en rojo, esperando que nunca se ponga en verde, se esconde una tragedia, una vergüenza, una historia, una obscenidad, otra realidad, un inframundo. Pastores sin feligreses, futbolistas sin estadio, malabaristas sin circo, mancos con brazos, cojos con piernas, lanzallamas sin pulmones, delincuentes sin oficio, merolicos sin farmacia, vendedores con necesidad, ancianas con horario, prostitutas sin burdel, travestis en trapos de cucaracha. Desesperados sin esperanza. Los desheredados de nuestra Guatemala. Los desechables del sistema.

Según el PNUD, Guatemala ocupó en el 2018 la posición 126 de 196 países, en el índice de desarrollo humano (IDH) por detrás de El Salvador, Costa Rica, Panamá, y Nicaragua. Hace una década estábamos en el puesto 116. Descendimos diez puntos en los últimos diez años. En este semáforo, nunca pasamos de rojo. El IDH es un indicador que mide el progreso de un país en base a tres parámetros que, para justificar sus elevados salarios, se inventaron los burócratas internacionales para medir el “progreso” de un país, estos son, la renta per cápita, la salud y la educación.

En el enredado, ambiguo y políticamente correcto lenguaje de los expertos y burócratas internacionales, se destaca que es necesario redefinir la desigualdad, tomando en cuenta no solo la cantidad de desarrollo sino la calidad del mismo (brujo) y que en el análisis de la problemática guatemalteca, en necesario actuar con celeridad sobre los tres ejes fundamentales que impiden nuestro desarrollo como país (¿en serio?) El primero, el segundo, y el tercero.

Sin embargo, no es necesario acudir a esa “Catedral” de la historia de las ideas, muchas veces fallidas, que son los organismos internacionales, para elaborar rápidamente y sin tanto alboroto un somero análisis del grado de desarrollo de nuestro país. En nuestro caso, no hay mejor índice de desarrollo humano que nuestros semáforos en rojo, los cuales cotidianamente, de día o de noche, nos permiten constatar la trágica y fugaz existencia de niños, jóvenes y ancianos a los cuales el sistema, en esta ignara sociedad del espectáculo, los ha condenado a ser, por poco tiempo, artistas, deportistas y funambulistas de ocasión, interpretando, por unas cuantas monedas, la impostura de los miserables.

En la 6a. avenida y 7a. calle de la zona 4, cerca del mercado de La Terminal, un indígena quiere cruzar la 6a. avenida para pasar de la zona 4 a la zona 9. Parado frente al semáforo amarillo, al borde de la hedionda acera, aturdido por el tráfico incesante de buses y automóviles, el atolondrado paisano espera más de una hora sin poder cruzar la avenida, porque el semáforo nunca se pone en verde. Desesperado, el indígena vuelve la cabeza y le pregunta a un indigente que se encuentra recostado en la pared, inhalando pegamento, ¿disculpe, cómo hago para cruzar la calle? El indigente, con voz pausada y resignada, le responde “la verdad maestro es que no sé, yo nací en este lado”. 

En Guatemala el semáforo del desarrollo sigue en rojo. Es el país que somos, así es nuestra materia prima, nacimos con el ombligo en la espalda y el trasero en la cabeza. Soñamos con ser Quetzales, pero nunca pasamos de lombriz a spaghetti.

 

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