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Domingo

Ministerio de Cultura y situación cultural


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Recientemente, el reconocido poeta guatemalteco Francisco Morales Santos, señaló la ausencia del nombramiento del entrante Ministro de Cultura, en el Gabinete del doctor Giammattei. Morales Santos recalca la falta de interés y baja prioridad que los gobiernos le han dado a la cultura.

La advertencia del poeta debe ser tomada en cuenta. Estamos atrapados en una forma perversa de cultura de la violencia. De materialismo avasallador y alienante. Un país sin cultura no progresa. Se ha perdido la memoria histórica y la autoestima; reina la seudocultura del consumo extremo y su contrapartida: la subcultura de la pobreza. 

El Ministerio de Cultura ha ocupado un lugar muy pequeño en el mapa del Estado. No por eso deja de ser una responsabilidad mayor, porque la cultura es primordial para el desarrollo del país. Ignorar la fuerza y dinamismo social que la cultura puede lograr, si se le da el apoyo y presupuesto necesario, ha sido la constante en Guatemala. Por ejemplo, el gobierno de Álvaro Colom hizo en la cartera de Cultura nombramientos solo para pagar facturas políticas. Fue el caso del floricultor Jerónimo Lancerio como ministro, al que se le llamó con ironía Ministro de Floricultura, pues carecía de experiencia en el campo. Su gestión fue menos que mediocre. El general Otto Pérez nombró a un futbolista que no tenía idea de administración cultural. No sabía, cuando fue entrevistado en televisión, quién había sido el creador del Teatro Nacional. Este funcionario fue acusado después de corrupción por el MP y la CICIG y según informaciones conocidas fue ligado a proceso. El otro ministro de Pérez Molina, Carlos Batzín, también resultó señalado y detenido por relación al caso llamado “Cooptación del Estado”.

La situación lamentable de la cultura es resultado de repetidas y falsas prioridades, que le han dado siempre un lugar secundario. El Ministerio de Cultura ha sido el patito feo de todos los gobiernos. Poco o nada se sabe de cómo se apoyará, financiará y desarrollará la cultura guatemalteca en los próximos cuatro años. Algo vergonzoso para un país con tan profundas raíces históricas y culturales, y con tanto potencial de turismo cultural.

Le corresponde a este Ministerio, manejar el régimen jurídico aplicable a la conservación y desarrollo de la cultura guatemalteca y también el cuidado de la autenticidad de sus diversas manifestaciones; así como la protección de los monumentos nacionales y áreas de interés histórico o cultural y el impulso de la recreación y del deporte no federado ni escolar. Cabe preguntarse, si resulta positivo que el Deporte y la Cultura estén bajo la responsabilidad de un mismo Ministerio. En todo caso un mal negocio para la cultura por razones presupuestarias.

 La cultura debe verse como factor de movilización social, formación y reforzamiento de la identidad nacional. Y como creación y recreación. La situación precaria de las instituciones culturales es resultado de repetidas y erróneas prelaciones, sin comprender el papel de la cultura en el desarrollo. Sin cultura y educación no podremos despegar en este mundo globalizado, de gran nivel competitivo.

La premisa fundamental es que la política cultural del Estado debe ser eficaz, siguiendo las necesidades internas y también las orientaciones generales de la UNESCO y, en especial, los documentos aprobados en la 30 Conferencia Intergubernamental de Políticas Culturales para el Desarrollo, celebrada en Estocolmo hace veinte años. Guatemala debe en este sentido, y sigue siendo muy actual, impulsar la cultura hasta el núcleo de decisión política en pro del desarrollo sostenible.

Cultura es todo lo que se hace y cómo se hace. La cultura se entiende también como formas mentales, sociales e incluso morales. Son las representaciones comunes, la memoria colectiva, los modos de expresión y hasta la idiosincrasia. De ahí que se haya afirmado bastante que el subdesarrollo es mental, por no decir cultural. No se trata solo de los niveles materiales de existencia, para distinguir a una sociedad como desarrollada y con altos índices de satisfacción existencial.

Debemos recalcar acá que no es solo cuestión de instituciones. La cultura de la ilegalidad, de la intolerancia, de la ausencia de valores democráticos impera en muchos ámbitos en el país. Esto conduce a la desvalorización de los artistas y deportistas.

Además, los artistas y deportistas no tienen grandes estímulos en el país. El joven gimnasta Jorge Vega explotó, literalmente, contra los directivos de la Federación de Gimnasia que “no le dieron ni un saludo de bienvenida”, a su regreso de los Juegos Panamericanos Lima 2019. Vega es un joven que no solo ha dado grandes triunfos internacionales a Guatemala, sino ha sido categórico y valiente en sus críticas al sistema.

Un caso desconsolador, y esto involucra no solo instituciones oficiales sino a la ciudadanía en general, fue el sepelio de Teodoro Palacios Flores, una de nuestras mayores glorias del deporte. Al gimnasio que lleva su nombre fue llevado para rendirle honras fúnebres el ataúd del atleta. Resulta un cuadro triste ver el recinto vacío, con poquísima asistencia. Nuevamente, no hay una cultura de la valoración y estima de los valores nacionales, sean deportistas o artistas.

Mencionaremos tres casos trágicos de artistas de gran trayectoria. El 16 de marzo de 2017 regresaba Concha Deras a su casa en la zona 2, cuando unos hombres sigilosamente la siguieron e ingresaron a su vivienda para golpearla brutalmente, falleciendo a causa de la golpiza. La historia del teatro guatemalteco estaría incompleta sin Concha Deras. Actriz de carácter que sabía combinar el manejo perfecto de sus personajes, imprimiéndoles su impronta personal de emoción y movimiento en la escena. Concha Deras pertenece a un linaje de mujeres extraordinarias. 

Más reciente, apenas hace unos días, fue asesinado de manera similar el actor Raymundo Coy, conocido por sus grandes actuaciones estelares, tanto en teatro como en cine. Fue asaltado y golpeado con brutalidad. Llevado al Hospital Roosevelt donde se le preguntó si era afiliado al IGSS. Al responder que sí, no fue atendido y tardó en ser enviado al Seguro Social donde ya llegó en coma y a las pocas horas falleció.

Por último, la lamentable y muy sentida muerte del poeta Humberto Ak’abal en febrero de este año. Fue Humberto Ak’abal una cima literaria de Guatemala. Su dramática muerte ilustra el sistema de ineficacia y corrupción que tenemos. Intervenido en el Hospital Nacional de Totonicapán, tuvo complicaciones y ahí no se cuenta con una unidad de cuidados intensivos, por lo que obligaron a transportarlo penosamente a la capital, donde falleció en la emergencia del Hospital Nacional San Juan de Dios. Se ha denunciado que hubo problemas logísticos, que la ambulancia no llegaba, que todo fue una cadena de infortunios y retrasos. También que la familia tuvo que pedir una colecta para el sepelio. Humberto murió no solo pobre, sino como los pobres. Gran diferencia con los políticos corruptos sentenciados o en proceso que por cualquier cosa son trasladados de inmediato a hospitales privados o al militar. Humberto Ak’abal nos deja su poesía, que es una obra de protesta contra la injusticia, la exclusión y el racismo.

El desarrollo cultural del país no puede ser ignorado por el doctor Giammattei. Máxime con su anuncio de que se promoverá sustancialmente el turismo. No concebimos turismo sin la conexión con la cultura guatemalteca. Vemos aquí una oportunidad enorme, ya que el doctor Giammattei recibe un Ministerio de Cultura maltratado por todos los gobiernos anteriores y los carriles para enderezarlo son amplios y esto debe aprovecharse.

Lo esencial es romper con la negativa tradición de nombramientos para pagar facturas políticas y para “meter” a “su gente”. Se espera nombramientos de competentes administradores culturales, que conozcan la legislación cultural nacional e internacional, que sepan y puedan actuar como tejedores de alianzas intersectoriales, y reforzamiento de los estratos artísticos, musicales y deportivos del país. Sobre todo vale para el Ministro a nombrar y sus vices. Como es permitido sugerir, el nombre más apropiado por su larga experiencia, carisma y capacidad, es el licenciado y escritor Max Araujo. Mejor Ministro no encontraría el doctor Giammattei.

 

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