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Domingo

El discurso del silencio


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Y mientras yo manejaba la minivan alquilada, llena de familia y niños, maletas y mil “charadas”, mi viejito iba a mi lado… como siempre dispusimos; pero esa vez muy callado, absorto, presente, ausente… visiblemente cansado; con su mirada perdida, sus brazos aún musculosos, sumido en sus pensamientos, conversando –no lo dudo– con sus nobles sentimientos. Sin decirme casi nada, y las veces que le hablé, simplemente no escuchaba; no porque estuviese sordo o me estuviera ignorando… oía perfectamente, pero para él –ese día– todo le daba lo mismo y todo le era indiferente. Yo respeté su silencio, luego de verle diez veces, en la interminable ruta, entendí que era probable, musitaran a su oído, sus recuerdos, su destino, aquel ya largo camino que él había transitado, ciertamente complicado, por épocas escabroso, con una infancia tan dura, de pocos tintes alegres, pero muchos dolorosos.

Estaba sano y entero, era robusto, “buen diente”, era genial anfitrión, era genuino y decente, paciente oidor de penas, discreto como ninguno, consejero mesurado, creo –nunca– prejuiciado; pero además era “joven”, tenía “apenas” setenta años, caminaba siempre erguido, a diario… leía, estudiaba mucho, escribía cosas bellas –para él mismo, en secreto– y amaba tanto a su chucho. Pero sus últimos años, aunque con pocos achaques, fueron para él –se notaba– como llevar en su espalda, voluminoso equipaje. A veces no lo entendía, pero siempre comprendí, su corazón era bueno, era un “niño” con tristezas, era un “niño” solitario, con carencias legendarias, con necesidad de amor y amante de la entereza. Hombre de pocos amigos, silenciosas reflexiones, coleccionista de todo, entre eso… cien desazones. Hombre de pocas sonrisas, de enormes lágrimas claras, solidario como pocos, siempre buscador de gangas, siempre tratero genial, con sus creencias intactas y grandeza espiritual.

El martes que manejaba, lo pensaba tanto y tanto, comprendía plenamente, su talante, su abstracción, actitudes recurrentes y su cadenciosa mente. Nos enseñó a ser tan fuertes, su receta era sencilla, nos trasladó –sin decirnos– debíamos, desde jóvenes, ser lo más independientes, pero también ser muy dignos, ser decentes, ser solventes y –mientras más pronto mejor– a ser autosuficientes.

Me tomé hoy el permiso, de escribir de mi viejito, hace mucho que no está, pero yo sigo aprendiendo, las causas de sus tristezas y aquella su lejanía de las cosas y la gente que era su fortaleza y lo hacían diferente. Todo lo que al fin dejó: sus consejos siempre escuetos, su serenidad y paz, sus molestias no expresadas y sus gestos de cariño… de su corazón de niño. Se fueron todas sus cargas, las cuales nunca estimé… como debí valorarlas. Le quedé a deber abrazos, comprensiones y apapachos; debí besarlo más veces, dedicarle tantos ratos que ocupé en gentes insulsas, que dediqué a mi trabajo, los afanes, los quehaceres y fútiles arrebatos.

Que curioso son los años que nos quitan la energía y nos restan lozanía… pero nos dan la templanza, madurez y poesía. Que curioso el ser humano, nunca aprende lo correcto, hasta que necio ha errado; nunca aprecia lo importante hasta que ello ha terminado. Recordando hoy a papá, pienso en él –en cada etapa– siendo un joven inseguro, un adulto recio y serio, un –casi– anciano insurrecto que desafiaba el estándar e hizo su voluntad… hasta el último momento. Aprendo lo que antes no… a valorar sus razones, su discreto y modesto ejemplo, su discurso que hoy escucho… desde su eterno silencio. ¡Piénselo!

 

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