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Domingo

Se vende


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Once meses con un rótulo de “Se vende” y un número telefónico en el vidrio trasero de carro… justo debajo de una calcomanía en donde se lee “Turbo”; un bromista de la oficina, le ha mutilado el cuatro, para que parezca un uno. Cándido Custodio, ni siquiera se percata de la broma; parece que ni antes ni después de ésta, alguien se interesó en comprar aquel carrito despeltrado del año mil novecientos noventa y dos que él adquirió, en su día –“traído de los Estados”– ya con ochenta mil millas recorridas, para llevar a sus hijos a un muy modesto colegito camino a su trabajo; ahora tiene doscientas once mil millas y Cándido presume “solo le ha cambiado una vez, el clutch”.

El carrito tiene la concha, capó y baúl, quemados por la intemperie; nunca estuvo bajo techo, dejando constancia –sus daños– de las decenas de inviernos, sereno y sol candente… el tablero está “reventado” y Cándido le colocó, hará una década, un peluche que fue azul, con ribetes rojos; en el retrovisor cuelga un percudido llavero de “Bancafé” … que “siempre quiso quitar”, pero nunca lo hizo. Sus hijos crecieron; el mayor consiguió –al graduarse de contador– trabajo como policía privado, en una garita, eso sí, es jefe de grupo y bajo sus órdenes operan dos “efectivos” más. Su hija se casó –por razones “inflacionarias”– estando en cuarto magisterio y ahora tiene dos pequeños, a quienes Cándido ha dado cobijo en su casa, junto a su yerno, porque las cosas están difíciles y el muchacho trabaja por su cuenta, vendiendo cargadores y cables para celulares, en un semáforo relativamente cerca de la casa; su sueño es –asegura el joven y huesudo Esvin– irse para Chicago, en donde “tiene familia”, de modo que ha logrado ahorrar ochocientos quetzales, restándole mucho, para satisfacer la tarifa del coyote. “Trump me hace los mandados”, se lee en una pulsera de cuero claro, mugrienta y pirograbada que le mandó otro pariente desde Los Ángeles, en la “encomienda” de ropita usada y juguetes que reciben todos los diciembres, para los nenes.

Cándido llegó –sin advertirlo– a esa edad, donde el cansancio predomina, está pronto a jubilarse con treinta y cinco años de servicio y harto de conducir a su trabajo… además, con nietos en casa que alimentar, apenas le alcanza para la gasolina, cuyos oscuros vaivenes de precio, ni comprende ni le interesa entender; la “solución” –cree– es vender el carro. Está realmente consumido y su válvula de escape llega cada domingo, cuando acude a los Campos del Roosevelt y se siente contento… y “joven”, compartiendo un par de cervezas, en una tienda cercana, con muchachos a los que les dobla la edad y a quienes les sirve de “chompipe de la fiesta”… desde que se pinta el pelo de negro azabache; no puede tomarse más de dos cervezas, porque “le suben el ácido úrico”. Ya ligeramente “entonado”, pues ha perdido “aguante” –como él dice– habla de política y se confiesa “de derecha”. Recuerda los tiempos del democristiano y “temido socialista” Vinicio, cuando –paradójicamente– consiguió su primera plaza en el Estado, a instancias de un amigo sindicalista, a quien Cerezo había corrompido rápidamente. Admira a Portillo y asegura que votará por quien ofrezca la pena de muerte, porque “solo así cambiará Guatemala”  …exclama con vehemencia. Los muchachos entretenidos entre tanta levadura, tortillas con chicharrón, Tortrix con cucaracha y mollejas, escuchan al “maestro” que, aunque “sin canas”, es –para ellos– referente de madurez y sapiencia.

Cándido Custodio, pertenece a una minoría “privilegiada” de guatemaltecos. Logró comprar su casita en Ciudad Quetzal, donde lo llaman “don Candi”, no derivado de su nombre, como uno pensaría, sino porque cuando estrenó su vivienda –“bien bolo”– comentó estar enfermo de candidiasis y la noticia se regó como pólvora en la Colonia. En todo caso, le saludan sonrientes chicos y grandes, cuando se asoma en su cacharrito, dejando una secuela de humo, proveniente de un motor más cansado que él mismo, y que consume, al menos dos litros semanales de aceite; “el dos litros yo dos cervezas” repite y repite siempre, a manera de chistorete, del que nadie se ríe… menos su mujer, a quien le ha dado, por verlo con desdén, recriminándole: “no hizo nada en la vida”.

Cinco de cada diez guatemaltecos, no tienen los “lujos” de Cándido, tampoco sus magros conocimientos, ni la capacidad de estructurar una idea… aunque sea obtusa y trillada, como él lo hace. Pero él tiene en común –con la mayoría– ser parte del sostén de un sistema político corrupto que ha parido tragedia, miseria, ignorancia e impunidad. La familia de Cándido, como la mayoría de las familias chapinas, ejemplifica la trágica falta de oportunidades que presenta el país, para las nuevas generaciones.

Este hombre, es “Cándido” –como todos los votantes– y “Custodio” –sin siquiera percatarse– del statu quo. Él con sus miserias, entre su ignorancia y corta visión que apenas le alcanza para ver desde su nariz, a su mano izquierda que sostiene su cerveza dominguera, representa al guatemalteco perdido y frustrado, víctima de una democracia rancia y apartada para la participación –exclusiva– del ladrón, mequetrefe o traficante de influencias, manejada por siniestros que hoy ponen cara de buenos, pero que siempre han estado allí… “titiriteando”. ¡Piénselo!

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