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Domingo

Narcocultivos en Colombia, el insospechado destino de migrantes venezolanos


Huyeron de la crisis económica de su país. Sobreviven con lo mínimo y envían la mayor parte de su sueldo a Venezuela. Muchos se emplean en terrenos cocaleros para recolectar la hoja que sirve para fabricar cocaína.

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Hector Velasco • AFP – Con los primeros arbustos las manos se ampollan y parecen latir de la hinchazón, pero lo peor –ahora lo saben– es cuando la piel revienta en sangre. Y entonces los venezolanos maldicen, porque ninguno imaginó que huiría de la crisis para recolectar hoja de coca en Colombia.

Cientos de ellos sobreviven gracias a los narcocultivos y bajo las estrictas normas de comportamiento que rigen en los territorios cocaleros de la frontera.

Dejaron de ser obreros, taxistas, pescadores o vendedores en su país para recolectar la hoja que sirve para fabricar cocaína, una actividad ilegal de la que apenas habían oído hablar y que los desgarra física y moralmente.

Pero el problema comienza con las manos, dice Eduar a la AFP.

Hace dos años que este joven de 23 años, padre de dos bebés, migró de Guárico, en los llanos venezolanos, donde trabajó como mototaxista hasta que la hiperinflación devoró los últimos billetes que “guardaba en un pote”.

Del centro de Venezuela viajó por tierra hasta la región limítrofe de Catatumbo, donde en principio se ganó la vida como albañil.

Un trabajo que resultó menos agotador y doloroso que las diez horas que pasa a diario entre plantaciones de coca, siempre bajo el sol o la lluvia.

Naikelly Delgado, venezolana de 36, en un terreno cocalero, en Catatumbo.

Pero el “problema son las manos”, repite Eduar. Y se quita las tiras de tela roja que hacen las veces de guantes y exhibe las palmas y dedos encallecidos. “Cuando empiezas a agarrar la mata es que te sangran (las ampollas). A eso tú le tienes miedo y no quieres volver”, dice.

Eduar, quien pide ser llamado así para evitarse problemas cuando vuelva a Venezuela, se descalza y se mete a raspar coca en calcetines raídos. No soporta el calor en los pies. Suda a mares y lleva un sombrero alón de fique que le da un aire de espantapájaros en medio de los plantíos verdes.

Como raspachín gana por semana hasta el equivalente a 144 dólares, tres veces más que lo que recibía en la construcción. Como la mayoría de los inmigrantes, deja una mínima parte para sobrevivir y el resto lo envía a Venezuela.

Culpa y más dolor

Por décadas solo los colombianos migraban internamente hacia el Catatumbo, pero desde 2016 están llegando venezolanos de la diáspora.

Pese a que es una zona prácticamente militarizada, grupos armados ejercen influencia y se disputan el control de los narcocultivos. Hasta 2017 Catatumbo concentraba el 16.5 por ciento del total de las siembras ilegales en Colombia, el mayor proveedor mundial de cocaína.

También por esta región petrolera y con grandes yacimientos de carbón han corrido ríos de sangre por el conflicto armado.

Ni Eduar ni los demás lo sabían antes de venir.

Naikelly Delgado, de 36 años y exobrera de una petroquímica, también huyó de una Venezuela en picada, gobernada por el chavismo hace 20 años y donde también escasean la comida y las medicinas.

Ella y su hermana llegaron un viernes de 2016 a Pacelli, un corregimiento o poblado del Catatumbo.

Dos días después Naikelly iba camino hacia una finca donde se emplearía como cocinera, pero terminó yéndose a los plantíos para ganar más dinero. Cuando terminó la primera jornada no podía ni lavar su ropa.

Las manos “se le llenan a uno de hongos; a uno la piel se le destiñe, se le brota” y no sabe si es por la hoja o por el veneno, dice. Además, pensaba que “estaba contribuyendo con hacer el mal” y pedía perdón a Dios.

Odio

A comienzos de 2017 el turno fue para Endy Fernández, de 36 años. Vendió lácteos y trabajó como albañil en el estado Zulia antes de tomar carretera, cruzar la frontera y caminar 16 horas hasta Pacelli.

“No sabía ni cómo era una mata (de coca), ni de qué color era, ni qué tamaño tenía”, sostiene. Trepó hasta lo alto de una montaña y allí, con “la lengua fuera” por el cansancio, recibió la dotación: un saco abierto con un aro para que metiera las hojas y jirones multicolores para los dedos.

Y entonces vino el mismo suplicio de las ampollas que sangran al día siguiente.

Con los dolores físicos y el que les causa la separación familiar aumenta entre los raspachines venezolanos el desprecio por el gobierno de Nicolás Maduro, quien se aferra a los militares ante la fuerte presión internacional que busca su salida del poder.

Y aunque los cocaleros escuchados por la AFP dijeron haber apoyado alguna vez al chavismo, ahora solo quieren que Maduro “salga como sea”.

Incluso en Fernández asoma el odio cuando pasa hasta tres semanas sin hablar con sus allegados por culpa de la lluvia que afecta las comunicaciones.

“Uno no tenía necesidad de salir del país, del lado de la familia, si no es por que ellos que nos llevaron a la quiebra. (…) Uno está en desespero (quiere) que se escuche algo, que ya el país se está componiendo o hay un golpe de Estado”, enfatiza.

Exilio o muerte

Con 3 mil 200 pobladores, Pacelli ha recibido a casi 1,000 venezolanos desde 2016.

La mayoría terminó trabajando en narcocultivos y desplazando la mano de obra colombiana, según Gerson Villamizar, máxima autoridad comunitaria.

“Los venezolanos por lo general trabajan y envían el dinero (…) entonces el dinero no circula (acá) y hay un impacto negativo, sobre todo para los comerciantes”, señala a la AFP.

Apenas llegan deben someterse a reglas de convivencia locales que prohíben la prostitución, el consumo de drogas y el porte de armas. Incluso están obligados a portar una carta de recomendación de lugareños para trabajar en los narcocultivos.

Unos cien venezolanos han sido expulsados por hurtos, intentos de homicidio y consumo de alucinógenos.

Villamizar dice que el destierro es la forma de “salvaguardarles la vida” a los infractores, porque si se quedan podrían ser ajusticiados por las organizaciones armadas.

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