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Domingo

Los sustitutos


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Son las 6:07 AM, del 18 de diciembre, cuando empiezo esta columna, sintiéndome bastante mal. Los días previos, han estado marcados por variopintos malestares, y por una irritabilidad que no me explico. En unas horas, literalmente me escapo, con parte de mi familia, para no seguir afrontando –al menos unos días– lo que me oprime, desespera e irrita. Mientras enciendo mi computadora y el aparato, se toma los mismos minutos –de siempre–  para “abrir y cargar” todos sus programas y el correo electrónico… siento que han pasado horas y -por instantes- tengo un impulso que controlo, para no lanzarla al piso, recordando –con desazón– alguna rabieta que perpetré, cuando niño, motivado por esa frustración extrema que a veces no podemos ni explicarnos, ni canalizar saludablemente.

“Tienes motivos de sobra para estar agradecido y ser feliz”, me diría alguien que me quiere bien… además yo mismo me lo repito y agradezco a diario, porque Dios, me ha tratado con una benignidad y amor que no merezco; además soy normalmente “feliz”. Así que mi irritabilidad, tiene poco que ver con ser “ingrato”; es una especie de saturación de muchas cosas, con las que uno debe lidiar, pero a veces… la paciencia se agota y la razón no alcanza para hacerlo. ¿Por qué le cuento todo esto? Pues llanamente porque escribo -siempre- lo que tengo en mi corazón y no solamente en mis sesos y lo hago, por respetar y valorar este espacio; puede servir o no, puede ser valioso o despreciable, para quien lo lee… pero lo importante, es que sea lo que pienso y siento, porque en ello radica, la legitimad. Soy malísimo para buscar sustitutos a los términos, las descripciones, los sentimientos y los sinsabores… siempre he llamado a las cosas por su nombre. Cuento esto, porque a lo mejor a alguien le sirve aunque sea ínfimamente.

El estrés exacerbado, el resolver problemas, el cumplir metas y salir airoso, al colmo de colgarme medallas por ello… es algo que ya no disfruto. Hace mucho me importa muy poco quedar bien con alguien, motivado por los convencionalismos; en cambio, he aprendido que la autenticidad, la demostración explícita de sentimientos y el huir de los “sustitutos” es algo realmente saludable. Esto último “huir de los sustitutos”, es -pienso- el más grande desafío que nos presenta la vida, porque estamos expuestos a la cultura de los sustitutos.
Si a alguno -por ejemplo- le sienta mal la “cafeína”, en lugar de dejar de tomar café… toma café “descafeinado”. Si el azúcar le causa daño, toma azúcar “artificial” y lo mismo ocurre con la sal. Si alguien es intolerante a la lactosa, en lugar de evitar los lácteos… toma leche “de soya” o “deslactosada”. Y así vamos por la vida, buscando “sustitutos” para las cosas que nos hace daño. El “sustituto” de la paz, puede ser -por ejemplo- el alcohol o las drogas y cuando estas substancias revelan su malignidad, pues no existe alcohol “desalcoholizado” o drogas “des drogadas”… de modo que los problemas se pueden profundizar. Huir de vacaciones, para relajarnos, es realmente un sustituto de eliminar lo que, en la vida, nos causa perjuicio, como lo es el maldito estrés que nos lleva al límite, nos enferma y seguramente nos mata por cuotas, sin que haya -tampoco- para la vida… “sustituto”.

Racionalmente sé que es lo que me hace daño, Usted también sabrá lo que le mortifica… solo es de poner atención. Pienso ahora –habiendo transcurrido solo 35 minutos desde que empecé a escribir esto– sintiéndome mucho más liviano, con el simple hecho de compartirlo que la meta, para transitar exitosamente,  por la vida en el relativo poco tiempo que nos queda, es eliminar los “sustitutos” y dejarnos de engañar con la idea que todo tiene sustituto. Una de las cosas más tristes es notar como la gente, sustituye la verdadera amistad –tesoro escaso– por las relaciones fatuas basadas en el interés, o, a la familia, por gente irrelevante.

Si por ejemplo, el pan me engorda y enferma, debo dejarlo… no sustituirlo, lo mismo es aplicable para los azúcares, grasas, sedentarismo, etc., si existen relaciones tóxicas que me dañan, debo dejarlas no sustituirlas; si mi talante de afán y responsabilidad llevada al extremo de la manía,  me roba la paz y me exacerba… debo cambiar, no recurrir a los sustitutos, etcétera, ello –aun y cuando– signifique pérdidas económicas o merma en ingresos… porque nada es más caro que la cama de un hospital o un ataúd prematuro.
Lo pernicioso de la “cultura de los sustitutos” es que, lo que vale realmente, no tiene sustituto… pero nos hacen creer que sí; las relaciones verdaderas, fincadas en el amor, la familia, la virtud y la trascendencia, podemos lacerarlas, en la búsqueda –idiota– por los sustitutos. Como todo en la vida, es preciso ir a la causa del problema, no a atacar las consecuencias de la causa, dejando a esta intocable.

Pongo finalmente el triste ejemplo de nuestra política que aparentemente nació muerta; vea usted la patética oferta electoral que se aproxima. La cultura de los “sustitutos”, ha permeado –malamente– en la postulación de candidatos y lo peor, en o votar por ellos… basados en su  “discurso” demagogo y falsa “propuesta”. Aunque ninguna de las dos cosas tenga sustento y sepamos que todo es una farsa, pues los nominados carecen de credenciales de vida, son mentirosos de carrera y son apoyados por los legendarios transas… se convierten en “sustitutos” de la verdad, virtud,   entereza o rectitud y entonces… “compramos”. ¡Piénselo!

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