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Domingo

Vas a estar bien Toyo


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Siendo los Cuestas, amigos cercanos a mi familia materna, y Toyo, compañero de juegos de niños, juventud y vida de uno de mis tíos, escuché mencionarlo, desde mis primeros años. Con el tiempo, hace más de treinta años, por cosas de trabajo, lo conocí y –creo– “nos caímos bien”, desde el principio. En adelante hemos tenido una relación de  afecto y respeto mutuos, y aunque no nos vemos asiduamente, hemos estado cerca, virtualmente, por el dichoso “WhatsApp” que extrañamente lo mantiene a uno, actualizado de sus contactos que interesan, pero también distante, pues ha servido como un estorbo, para aquella expresión, tan bien intencionada y otrora utilizada: ¡Nos tenemos que juntar a platicar!

Sin embargo, en el transcurso de los años, hemos compartido en varias ocasiones; a veces en entornos sociales –mis menos favoritos– otras, en grupo compacto de amigos que queríamos divagar y pasar un buen rato… y en momentos, compartiendo un desayuno, por el gusto de charlar, haciendo un poco de catarsis, con todo lo que ello implica. Sus constantes han sido, desde que le conozco: su trabajo, el arte, su devoción religiosa y el gusto por los carros; es al amigo que más veces y con mayor sentimiento he escuchado hablar, recordando a su padre, como ejemplo de incontables virtudes, lo cual siempre me ha parecido plausible.

Hace un tiempo enfermó seriamente, estuve pendiente de su salud, platicamos mucho (con él es inevitable), nos reunimos y hasta tuvimos discusiones –por chat– recias, por puntos de vista discrepantes… creo que ni con él, ni conmigo, es difícil pasar de la armonía a la aspereza, y eso –estoy seguro– lo hace un ser humano auténtico y como tal, se siente en la libertad de perder –de vez en cuando– la compostura, sin ser jamás irrespetuoso. Pero sin importar, cual fuese la molestia, finalmente la empatía, nos hizo regresar a la armonía, privilegiando –infaltablemente– los valores que tenemos en común y no los asuntos, en los que tenemos visiones irreconciliables… sin duda de eso se trata la amistad, de crecer mientras discrepamos, pues ello implica valoración mutua.

Con todo estoicismo, Toyo afrontó su enfermedad y aún lo hace; también con ánimo, con optimismo y entre profundas reflexiones que tuve el privilegio de escuchar. Su vida cambió radicalmente, su dieta, sus hábitos y hasta su talante por compartir socialmente… en lo que indudablemente ha sido más apto que yo. Sin duda se convirtió en un mejor ser humano, más valorador de lo que vale, más contemplador de lo que inspira, más consciente del precio –inestimable– del tiempo y la familia… a todos los de noble esencia, los reveses de la vida, solo los mejoran, pues es la adversidad –necesariamente– el ingrediente indispensable del crecimiento que nos hace más agradecidos, coherentes, serenos y sólidos… pues nunca somos tan fuertes, como cuando afrontamos nuestra debilidad.

Luego de algún tiempo de rehusarse al WhatsApp, pues él prefería charlar… y sabe hacerlo largo y tendido, finalmente sucumbió y se volvió un usuario asiduo, remitente de muchas reflexiones y bromas, casi a diario. A partir del 9 de diciembre, sus mensajes dejaron de llegar y un par que le mandé, los recibió mas no los vio. Me pareció rarísimo… intuí que estaba malito otra vez y por lo tanto ausente de lo menos importante, tal el caso de la comunicación virtual que en realidad es fantasía que nos aleja, mientras pensamos estar más cerca. Los abrazos, los saludos, parabienes y felicitaciones, son ahora virtuales. Toyo estará –en medio de su malestar– disfrutando del único homenaje genuino que nos presenta la vida y a veces –por distraídos u ocupados– no lo notamos; el amor de la familia, el cuidado en el único seno que es real… el hogar, rodeado por la gente que lo ha acompañado, ha construido con él y le ha sustentado… después de Dios, las mejores manos que pueden prodigar fuerza, en el dolor.

Mucha gente conoce a Toyo, ha sido desde abogado, hasta ministro, político, activista del centro histórico, conservador y propagador de cultura. Ha recibido muchos honores, entre ellos la Orden del Quetzal y en sus fotografías públicas, ha guardado siempre la misma postura erguida, variando solamente –como en todos nosotros– la evidencia del paso inexorable de los años. Ese aspecto público de Toyo, es lo que lo hace conocido, pero tengo el gusto de conocer al ser humano –sin ambages y libre de formalismos– que reside en él. Conozco al Toyo que se conmueve y despotrica –según las circunstancias–  con un florido o pintoresco lenguaje que jamás incomoda u ofende, pues revela su personalidad invariable que ha trascendido en el tiempo. Lo conozco, ajeno al negocio o al interés, de hecho nuestras conversaciones han sido desde banales, hasta profundas, sin que medie más motivación que el cariño y gusto por compartir un rato.

La vida nos presenta sorpresas, recovecos, callejuelas estrechas y senderos que a veces lucen interminables y temibles. Pero es menester ser justos y agradecer que también hemos transitado por amplias avenidas, llanuras luminosas y colmadas de bienestar, rutas que, por su plenitud y la vorágine de la vida, no logramos pararnos a apreciar.

Seguramente estos son momentos complicados Toyo, pero por escabroso que luzca el camino, sabrás transitarlo, con éxito, porque tu alma ha crecido, confías en lo trascendente y siempre has sabido avanzar y llegar. Indudablemente, la gente que ve más allá de la materia y edifica legado, ejemplo y fortaleza, jamás deja de crecer y su destino, será –invariablemente– la cosecha digna de su siembra… la paz, la luz y la esperanza; vas a estar bien Toyo. ¡Piénsalo!

 

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