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Domingo

La Capital de los Ángeles


“Para un pueblo hambriento e inactivo, la única forma en la que Dios puede aparecer es en la de comida y trabajo”.
Miguel Ángel Asturias

De nuevo hay que tocar la urgentísima problemática de la infancia guatemalteca, que lejos de ser resuelta ha empeorado. Los niños son las mayores víctimas de la pobreza en todas sus formas, desde la desnutrición hasta el maltrato que llega al asesinato en muchos casos. Por ejemplo 5 mil 635 niños fueron víctimas de maltrato o violencia sexual durante 2017, según el Informe Anual Circunstanciado de la Procuraduría de Derechos Humanos. Este tipo de informe se publica al principiar un año y la cuestión ha empeorado y es de lamentablemente suponer que la cifra para 2018 será aún mayor. Como va en crescendo la desnutrición infantil según los informes anuales de Unicef. También los azotes del matrimonio infantil y el trabajo infantil en Guatemala, tan criticados por organismos nacionales e internacionales.

Está clarísimo que la corrupción estructural del Estado no solo hace ricas a las mafias políticas, sino debido a la mala calidad el gasto público empobrece más a los pobres.  Con Jimmy Morales corrupción e ineficacia se volvieron dos caras de la misma moneda. El gobierno de Morales será recordado, entre otros desastres, por la muerte terrible entre fuego y asfixia de las 43 niñas del Hogar Seguro, a las cuales el presidente cínica e irresponsablemente en un momento estigmatizó como criminales e insinuó que la responsabilidad no era del Estado que formalmente las “protegía” sino de los padres, aunque muchos de ellos, y esto lo obvió torpemente Jimmy, eran padres ausentes o inexistentes. Y será recordado como el mandatario que combatió por motivo de sus intereses privados a la lucha contra la corrupción. Desde luego que no le endilgamos toda la responsabilidad al gobierno de Jimmy, los sufrimientos de la infancia guatemalteca son de décadas. Lo que criticamos es la falta de compromiso de este gobierno con la problemática y las prioridades equivocadas que lo han caracterizado.

Los niños de un país deben ser el mayor tesoro a cuidar. Los niños no son el futuro de Guatemala son Guatemala con sus problemas y carencias. Los niños pobres del mundo son lo principal del mundo. ¿Quién no recuerda con emoción esa imagen del Quincho Barrilete, en la canción de Carlos Mejía Godoy, deslizándose con la potencia abrazadora de su auténtica alegría? La época en que creíamos que el mundo debía transformarse en beneficio de lo más valioso de la humanidad: la infancia. ¿No fuimos acaso entonces también como niños de nuevo, soñando con un mundo más justo, más equilibrado y solidario, donde todos serían considerados como personas?

Esta humanidad adulta, más allá de sus ideologías, siguió sin embargo abandonando la causa de la infancia con inquina inexplicable, si nos atenemos a las estadísticas mortales. Decepcionando a los millones de adultos del futuro, si es que los niños pobres de hoy llegan a ser adultos y si hay futuro para ellos. Por un continuo frenético de guerras, de imperios narcotraficantes; la insana realidad de 13 millones de niños que mueren en este planeta al año por enfermedades curables, violencia o por inanición. Hemos vuelto a la barbarie a pesar de la revolución electrónica. ¿No serían más humanos los humanos de otros siglos?

En una pintura medieval un artista anónimo europeo pintó la Capital de los Ángeles. Son las almas de los niños muertos sin pecado, que van ascendiendo como en un río blanco hacia el cielo. ¿Qué había visto aquel artista anónimo? ¿Qué quiso decir con ese lenguaje simbólico reflejado en su lienzo?

Visualizo también el maravilloso cuadro de un pintor español. El título de la obra es Muchachos comiendo uvas y melon. Los niños pobres pero alegres de Murillo. Los que vio seguramente en el sueño, o era quizás lo que recordaba de su infancia idealizada (toda infancia pasada fue mejor, diría el poeta Manrique). Bartolomé Esteban Murillo nos habla desde un rincón de su siglo de pestes, guerras y miseria, para repetirnos con colores y formas, lo que dijo el maestro de todos los artistas: “Dejad que los niños vengan a mi…”.

Pero continuamos viendo procesiones de almas blancas que ascienden trágicamente a esa simbólica Capital de los Ángeles. Los niños sin infancia  (sin pecados ni culpa alguna) en una época de acciones violentas y brutales y con la indiferencia en las bolsas de las grandes capitales, en las bolsas infladas y cerradas que no saben que el camello no pasará por el ojo de la aguja. Los niños muertos que no serán adultos en la fruta podrida, porque la piedra se nutre de la piedra. La impiedad y la inconciencia se dan la mano en el banquete de los asesinos.

Y pobres entre los pobres de la tierra son los quinchos sin barrilete de gran parte de esta pequeña región de la humanidad llamada Guatemala. Bastaría con volver a esas páginas del Señor Presidente donde Asturias narra con convicción desesperada la historia de la humilde sirvienta Fedina Rodas. Intercalando capítulos nos cuenta de la brutal detención, el interrogatorio sin sentido y la creciente ansiedad de la madre que quiere dar el pecho a su bebé, también preso él, al cual oye llorar demasiado cerca para sus oídos de madre, pero muy lejos para su eterna tristeza.

En un breve relato de otro escritor, se le secan los senos a la india Cayetana que se ve obligada a darle a su hijo atol con el dedo. “Es lo que nos han dado siempre…” escribe José Barnoya en el relato El Tránsito.

Augusto Monterroso ha sido categórico con el aforismo de considerar a la organización social de un país donde los niños trabajan y los adultos son desempleados, como verdadero excremento. Sin eufemismos Tito afirma llanamente que tal organización: “Es una mierda”.

Porque la infancia es el tiempo de los tiempos. Pasa pronto y según los sicoanalistas no termina nunca. Innegociable resulta entonces robarles a los niños su infancia. Irreparable lesión del futuro, abominable condición del pasado. En la infancia todo sueño y representación es posible. ¿Pero qué es posible para los niños de la calle? ¿Qué dirán dentro de cincuenta años sobre esta época brutal, donde ser niño es el delito más castigado, pues se paga con la pena de muerte por inanición o por enfermedad o el castigo del trabajo forzado en lugar de la escuela, el juego y la seguridad de un hogar?

Para volar un barrilete no sirven de nada todas las teorías sobre el viento si no hay viento. Un verdadero Viento Fuerte que borrara para siempre las estructuras del odio y el egoísmo. Que hiciera crecer de nuevo los árboles del optimismo, la solidaridad y sobre todo la capacidad de soñar. Es peligroso soñar mucho, dicen algunos, pero resultará siempre más peligroso el de dejar de soñar. “Yo tengo un sueño”. (I have a dream) dijo un mártir y  puso un movimiento a caminar.

Resulta urgente despertar y destruir la pesadilla del artista medieval expresada en su Capital de los Ángeles. Entonces volverá el verdadero sueño de las frutas como lo expresa líricamente Federico García Lorca. Imperativo hoy actuar por la infancia del mundo y por la guatemalteca en particular. Se desea también que cese la violencia. Que no se compren más tanques ni fusiles y se adquieran en su lugar más lápices y libros. Que no se quemen los recursos en bonos militares sino en sueldos para los maestros. Necesitamos un ejército de educadores más que uno de maleducados chafarotes. Que se entienda también que no existe ninguna “mano invisible” que pueda asignar recursos por la magia misma de mercado, si la población está de hecho excluida del mercado. Y recordar de nuevo que la corrupción es un delito imperdonable en un país pobre, donde a diario no solo mueren niños de hambre sino muchos nacen a morir en los deficientes hospitales del Estado.

Por todas estas razones, que considero suficientemente humanitarias, se puede creer que cuando la “Capital de los Ángeles” sea solamente un cuadro medieval que alguien pintó en una época oscura, para dejar testimonio de su tiempo, no habrá más necesidad de despertar a nadie de sus sueños, pues la pesadilla de la pobreza y el abandono serán parte de un archivo prehistórico de la memoria. El que no ha sido plenamente niño difícilmente podrá ser humano.

 

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