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Domingo

Periodismo o ficción


A Tomas Eloy Martínez

In memoriam

El periodismo verdadero, aquel que no se vende sino que profesionalmente trabaja en busca de la verdad, está siendo acosado de forma global. Por ejemplo, el señor Trump dio una nueva muestra de despotismo e impudor institucionalizado, humillando a un reportero de la CNN en una conferencia de prensa. No soy un cultor de esta cadena informativa pero deseo recalcar las actitudes autoritarias y antiprensa que han caracterizado al estrafalario presidente de los Estados Unidos.

La verdad es la primera víctima de la guerra afirmaba un periodista norteamericano llamado Hiram Johnson en 1917. Lo primero que un régimen autoritario elimina es la libertad de expresión. Se corta el acceso público a la verdad y se suprime el derecho a la fiscalización. En situaciones extremas se elimina físicamente a los periodistas. El poder ejercido autoritariamente se resiente al contrapoder que puede tener el periodismo independiente y profesional.

Aunque le duela a Míster Trump, la misión periodística no reside en agradar a los políticos, así sean presidentes o fueran reyes. El verdadero periodismo no basa su existencia en la propaganda y defensa acrítica de un régimen, sino en la fiscalización democrática como función principalísima de la prensa. Y en buscar y decir la verdad y nada más que la verdad. De tal manera que es permisible afirmar que hay una correlación entre la misma democracia y el periodismo, como dos caras de la misma moneda. Sin democracia no hay libre expresión y medios libres. Sin prensa responsable y libertad de expresión no hay democracia. Si el periodismo se deteriora la democracia sufre un efecto negativo. El periodismo debe construir ciudadanía. Y la prensa busca siempre la verdad de la manera más objetiva posible. Los regímenes autoritarios detestan al periodismo fiscalizador. Resulta ingrato recordar aquí el dañino legado del fallecido Mono de Oro en nuestro país, cuando recetaba cómo tratar a la prensa: “se le paga o se le pega.” Discípulos a ultranza no le han faltado.

América Latina, es sabido, no está libre de las ostentaciones autoritarias. Es más, en muchos países se ejerce censura. Como la que realiza Daniel Ortega en Nicaragua. En bastantes países se persigue a los medios, se les acosa y se les combate con métodos sin ética a través de chantajes, estigmatización y el uso criminal de las redes sociales, especialmente los llamados “falsos perfiles” o net centers. Los poderes fácticos de oligarquías y mafias, muchas veces entremezclados, quieren imponer su “verdad”, es decir sus intereses a la VERDAD, la que el auténtico periodismo persigue y defiende. Es decir, una ficción impuesta como “la realidad” a la opinión pública.

Sin embargo, podemos tomar la palabra ficción en otro sentido. En América Latina tenemos ejemplos sobresalientes de escritores o narradores de ficción que han ejercido también el periodismo logrando resultados valiosos, tanto en sus artículos y columnas como en sus narrativas. Interesante resaltar algunos nombres.

Antes de ser novelista Miguel Ángel Asturias fue periodista de tiempo completo. Participó en la fundación de la Asociación de Periodistas de Guatemala, recibiendo con gran alegría la distinción de Quetzal de Jade Maya en 1968. La relación entre periodismo y narrativa caracteriza también a los otros dos novelistas latinoamericanos que han sido galardonados con el premio Nobel, Gabriel García Márquez en 1983 y Mario Vargas Llosa en 2010. Otros narradores que han cultivado sistemáticamente el periodismo son Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Tomas Eloy Martínez y Sergio Ramírez.

Un ejemplo paradigmático de la relación literatura y periodismo es la novela El vuelo de la reina del argentino Tomas Eloy Martínez, premiada en el 2002 por el jurado de Alfaguara con una motivación contundente: “descripción de los mecanismos del poder político y de los medios que componen un mundo de corrupción que se extiende a todos los ámbitos de la vida”. Tomas Eloy Martínez, citando a Oscar Wilde, remarcaba que “el único deber que tenemos con la historia es reescribirla”. La novela de Eloy Martínez se inscribe y se escribe dentro de la historia contemporánea argentina, teniendo como tela de fondo el gobierno corrupto del presidente Fernando de la Rúa, antes de la bancarrota producida por la colosal corrupción gubernamental y la aplicación forzada y mecánica de las recetas neoliberales. El vuelo de la reina es una historia de amor y la obsesión del dueño de un periódico que se enamora de una periodista mucho más joven. Esta pasión lo llevará a extremos trágicos. Pero la novela trata también de la crisis general de la Argentina. Una crisis moral, otra crisis existencial, por los resultados de décadas de impunidad y de corrupción de los presidentes de turno. En una entrevista decía Eloy Martínez refiriéndose a la corrupción y a la actitud del entonces mandatario argentino: “El presidente de la impresión de ser más amigo de sus amigos que enemigo de la corrupción”. Una verdad que vale ahora para países como Guatemala.

Lo anterior nos remite al dilema: verdad o ficción. Lo que pudo ser y lo que fue. La realidad no se repite, sino simplemente sucede y la única salida es reinventarla con la escritura, afirmaba Eloy Martínez. Una de las razones de la verdad desarrollada en la ficción se debe a la presencia de los poderes ocultos que sobreviven a las dictaduras fascistas e impiden la libre expresión e imponen el miedo de diversas maneras. Otra, serían los impedimentos que establecieron en su momento los regímenes militares. Es el caso especial de las juntas que asesinaron y desaparecieron a miles de ciudadanos durante las llamadas “guerras sucias” de Argentina, Chile y Centroamérica. A Tomas Eloy Martínez lo obligaron al exilio y le quemaron en una plaza del ejército en Córdova su libro La pasión según Trelew (1974). Se trata del antagonismo irreconciliable de cultura y fascismo, ilustrado tantas veces en el coronel franquista que sacaría su pistola si oía la palabra cultura para gritar “¡viva la muerte!”. Esto ha sido llevado muchas veces a extremos execrables en Hispanoamérica. No bastó con quemas inquisitoriales de libros sino se llegó a la eliminación física de escritores y artistas. Así lo testimonian las destrozadas manos de Víctor Jara en Chile, las muertes de Haroldo Conti y Rodolfo Walsch en Argentina o las desapariciones de Alaíde Foppa y Luis de Lión en nuestro país.

Tomas Eloy Martínez dijo alguna vez en una entrevista que daba prioridad a la “zona enfermiza de la política”, refiriéndose a esa dimensión oculta y tenebrosa que debe ser desmantelada. Por otra parte, lo que no pudo hacerse a través de la investigación periodística durante los conflictos armados internos se escribió, y se escribe todavía, en forma de novela. La ficción con su exigencia de verosimilitud ha contribuido así a la búsqueda de la verdad. Fiscalizando y retratando situaciones, sucesos, personajes públicos. A través de estructuras narrativas hiperbólicas donde también el género policial y el thriller se han mezclado con las formas periodísticas. En Guatemala destaca, por su calidad y variedad temática, el escritor Rodrigo Rey Rosa con novelas como El material humano, El cojo bueno, Caballeriza y otras obras que lo han distinguido como uno de los escritores más importantes del continente, siendo traducido a muchos idiomas en el mundo.

Podemos recordar ahora a los otros poderes, los de la imaginación. La liberación que el arte y a la literatura logran frente al oscurantismo impuesto a través de liturgias seculares y autoritarias que intentan implantar en la mente de los ciudadanos el temor por lo público y la legitimación a ultranza de estructuras ocultas y corporativistas. Toda una maraña antidemocrática que afecta a los países hispanoamericanos en estado de transición del genocidio a la justicia social y la paz. Resultarán siempre más ficciones, es decir puras mentiras, los arrebatos de los Trumps o de los Monos de Oro, que las verdades magistralmente expresadas en emblemáticas novelas latinoamericanas.

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