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Domingo

Guatemala: el país que no es nación


Siempre me sorprende México; la semana antepasada estuve un par de días, por trabajo y nuevamente me sorprendió. En realidad, en cualquier parte de ese enorme país que uno visite, encuentra básicamente mexicanos. Tienen –todos– en común, una misma identidad, se sienten orgullosos de su bandera, los que beben prefieren el tequila y los mariachis están presentes la cualquier celebración, sea modesta o rimbombante; el chile y los charros, su rica comida… son México. Aunque existen muchas personas, con apellidos y ascendencia extranjera, todos se consideran –a secas– mexicanos. ¡Dichosos! Visité la Ciudad de México (hasta hace poco el DF) y me hospedé en el centro… quería estar allí. Presencié cosas parecidas a las que se ven en Guatemala: protestas de maestros que atiborraban las calles, tráfico insufrible, y una enorme pantalla en El Zócalo, la cual se puso para distraer al pueblo, a la usanza de los países con alto componente de ignorancia… lamentablemente más circo –esta vez El Mundial– que pan. La preocupación de algunas personas con las que conversé –no de todas– en los días de mi visita, era que ganara el “populista” Manuel Andrés López Obrador –El Peje– cuyo triunfo inminente es casi un hecho, aceptado por los más conservadores mexicanos, al percatarse que el populismo triunfará, una vez la pobreza sea la norma que avasalla a las mayorías.

Entrecomillé “populista”, porque si algo hemos aprendido los guatemaltecos y seguramente también los mexicanos, es que el discurso populista ha sido esgrimido por gente de falsas derechas e izquierdas. Ambos grupos han usado “la causa del pobre”, ofreciéndoles sacarlos de ese penoso estatus, pero saliendo de pobres –y muy rápidamente– solo los politiqueros mitómanos y oferentes de milagros. Es decir, no creo que haya que temer al Peje, sino dejarlo hacer lo que ha dicho que puede hacer; sus antecesores, en mayor o menor grado, han sido nefastos y la corrupción y la miseria, sigue tan robusta como siempre, con una semejanza obvia a la corrupción y miseria chapina, aunque con resultados más benignos en México. En efecto, mientras que nuestro vecino ostenta un desarrollo humano del 76 por ciento y ocupa el puesto 74 en el ranking mundial del PNUD, Guatemala alcanza un desarrollo humano apenas del 63 por ciento, ocupando el lugar 128 en el referido ranking. En dos platos, Guatemala es bastante más pobre que México y, en consecuencia, un mercado mucho más idóneo para el populismo radical.

Además de las cifras, Guatemala tiene un problema ausente en México… no tenemos identidad nacional y, así las cosas, no somos una nación, sino solamente un país fraccionado que se continúa fracturando cada día. El significado de nación es, según el DRAE: “Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”. Los mexicanos –con su cultura común, valores comunes, identidad común, conforman una nación… nosotros no. Las raíces aztecas que puedan tener muchos mexicanos no es motivo de conversación, tampoco las raíces mayas de quienes habitan la “Riviera Maya” que –paradójicamente– al igual que la marimba, son de un tiempo para acá mexicanas. Ha sido hábil ese pueblo para generar su propia identidad –mexicana– mientras capitalizan lo maya y azteca, para propósitos turísticos, de riqueza cultural y en beneficio del país. México no ha segregado a sus indígenas, sino los ha incluido –a todos– mestizos, indígenas y descendientes de extranjeros en una identidad común de la cual todos se sienten orgullosos. No hay revanchas por razones de etnia, ni privilegios tampoco, es un tema indudablemente mucho mejor manejado por México que por Guatemala y sin duda superado; México tiene su comida y folclor reconocidos mundialmente, también tiene su propio “caviar” …los fabulosos escamoles que antes de mi reciente visita, nunca había comido.

En Guatemala, las cosas fueron distintas. La Constitución reconoció ampliamente los derechos de los grupos étnicos, pero a la vez los segregó, por ley. Lea Usted los siguientes artículos constitucionales:

Artículo 66. Protección a grupos étnicos. Guatemala está formada por diversos grupos étnicos entre los que figuran los grupos indígenas de ascendencia maya. El Estado reconoce, respeta y promueve sus formas de vida, costumbres, tradiciones, formas de organización social, el uso del traje indígena en hombres y mujeres, idiomas y dialectos.
Artículo 67. Protección a las tierras y las cooperativas agrícolas indígenas. Las tierras de las cooperativas, comunidades indígenas o cualesquiera otras formas de tenencia comunal o colectiva de propiedad agraria, así como el patrimonio familiar y vivienda popular, gozarán de protección especial del Estado, de asistencia crediticia y de técnica preferencial, que garanticen su posesión y desarrollo, a fin de asegurar a todos los habitantes una mejor calidad de vida. Las comunidades indígenas y otras que tengan tierras que históricamente les pertenecen y que tradicionalmente han administrado en forma especial, mantendrán ese sistema.

Artículo 68. Tierras para comunidades indígenas. Mediante programas especiales y legislación adecuada, el Estado proveerá de tierras estatales a las comunidades indígenas que las necesiten para su desarrollo.

A treinta y tres años del nacimiento de nuestra Constitución Política vigente, los artículos antes citados demuestran que ésta no fue incluyente, sino excluyente, otorgando derechos y privilegios “especiales” a los pueblos indígenas y cometiendo la ligereza de exaltar los uniformes de seudoesclavitud, como algo digno de protegerse. No es un secreto –y lo he señalado mil veces– que allí reside la mayor pobreza y los indicadores más vergonzosos desarrollo humano; existen comunidades con siete de cada diez niños desnutridos crónicos e incluso alguna con ocho de cada diez en esa precaria condición que garantiza: retraso, miseria y un caldo de cultivo creciente para el demagogo populista. En más de tres décadas Guatemala no avanza, en términos de lo más importante… su gente, ni lo hará a través de nuevas leyes, de más demagogia, de discurso anacrónico de lucha de clases, de la lucha por cuotas de poder de excombatientes o ideólogos de los grupos confrontados, durante la sangrienta e insensata guerra, en la cual los guatemaltecos fuimos tontos útiles, usados a sabor y antojo de las potencias que encarnaban la guerra fría, matando gente –generalmente paupérrima e ignorante– muy lejos de sus respectivos territorios.

Qué bueno sería que nos diéramos cuenta que llevar agendas extranjeras jamás ha traído ningún buen resultado… pero lo seguiremos haciendo, porque insistimos en que los indígenas guatemaltecos se mantengan en sus “reservaciones” virtuales, formadas por: pobreza, trajes típicos que evocan “la colonia” e idiomas que los aíslan y no los incluyen al sistema… menos al mundo; costumbres que muchas veces les niegan el acceso a la salud o a planificar sus familias, y en fin, una serie de sinsentidos que los distancia de la unidad y de la identidad guatemalteca que no existe. Muchos indígenas se sienten –me consta– guatemaltecos y no quieren ser parte de la segregación, sino del progreso… muchos de ellos engrosan –cada año más– el cinturón de miseria que rodea la urbe, en búsqueda de prosperar; otros son utilizados para lograr privilegios y granjerías para los manipuladores de siempre… finalmente los no indígenas, tramitan su pasaporte italiano o español… o en el peor de los casos presumen de su “linaje”. ¿Quién aquí quiere ser simple y grandiosamente chapín? ¿Por qué no es la unión sino la división la faena política? ¡Porque la división y el conflicto enriquece a sus corruptos impulsores! ¡Piénselo!

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