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Domingo

La Tierra es redonda como una pelota


El goleador es siempre el mejor poeta del año.

Pier Paolo Pasolini

 

Jorge Amado, que además de la literatura le encantaba el fútbol, decía que en Brasil este deporte había cumplido funciones de cohesión nacional durante la dictadura militar. Y no como opio, sino como arena de la democracia. Amado se refería a que era el único espacio donde las reglas se respetaban y se aplicaban sin privilegios. El fútbol era una arena democrática. Y la más popular de todas.

Por el fútbol se vive y se muere en nuestro continente americano. Como las previsibles docenas de brasileños que sufrirán un infarto cardiaco durante los partidos en que juegue su selección. Recordemos ahora a los cientos de espectadores que murieron el siglo pasado en un estadio peruano a causa de una trifulca en las tribunas. Para no hablar de la tragedia del estadio Mateo Flores en un partido entre Guatemala y Costa Rica donde 83 personas perdieron la vida aplastadas luego de que alguien iniciara un tumulto. O de los miles de hondureños y salvadoreños muertos en la única guerra de la historia iniciada por causa directa de un partido de fútbol en 1969.

Una frase de Albert Camus sigue desconcertando a los que incursionan en su obra: “Todo lo que sé del ser humano se lo debo al fútbol”. ¿Cómo pudo haber dicho esto un escritor existencialista? Camus no es el único ganador de un Nobel que ha estimado el fútbol. Camilo José Cela escribió el libro Once cuentos de fútbol, editado en 1963. En su juventud Cela lo practicó, habiendo sido bastante mal jugador. Cambió los tacos por la pluma pero sin olvidarse de lo que este deporte le había aportado en su formación creativa. Cela veía en su héroe, el legendario arquero Ricardo Zamora, al “Picasso del fútbol”. Los arqueros han tenido una fascinación especial en España y poetas absolutos como Alberti o Miguel Hernández escribieron sendos poemas sobre arqueros o guardametas

Pero no todos los poetas se adentran con gusto en la catarsis del fútbol. Pablo Neruda en su sensacional libro de juventud Crepusculario, había tenido otro sentimiento viendo a los jugadores de fútbol:

Juegan, juegan.

Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.

Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.

En Argentina, país emblemático del fútbol, una gloria literaria de todos los tiempos, Jorge Luis Borges, despreciaba al fútbol por ser “cosa estúpida de ingleses” y “estéticamente fea”.

Dejemos a los poetas e intentemos una analogía tremendista: la Tierra es como una pelota a la que se está pateando, sin misericordia, desde el pitazo inicial hace un millón de años. Es un partido en que el único resultado posible es que todos saldremos perdiendo. El mundo no es más redondo ahora que cuando nacieron Galileo o Copérnico. Pero sí más hambriento. Más depredado. La Tierra está más pateada que nunca. Y la patadas repercuten hasta en la atmósfera, reduciendo la capa de ozono. Repercuten en el mar acabando con corales y fauna. Se trata de patadones que demuelen bosques tropicales de un tajo. Y de taquitos y fintas que se convierten fácilmente en conflictos armados internos y externos, en masacres étnicas, en bombardeos terroristas. El mundo no se compone ni a patadas. Por eso el fútbol resulta mejor actividad. Hace falta olvidar a veces que la Tierra es como una descuartizada naranja.

En la actualidad de muchos pueblos solo hay circo, falta desterrar el hambre. ¿Pero qué pasaría si les quitamos el circo, si cerramos los estadios en África o en América Latina y por un momento terminara el fútbol? ¿Se volvería el mundo mejor? ¿Sería la Tierra más redonda? No lo creo. Me quedo con el balón y los sueños de los partidos por los cuales “pasamos de puntillas para no despertarnos”.

Pero el mundo del fútbol nunca conoció a Copérnico, una cancha es un mundo plano donde se desarrolla una historia. Cada partido es único. Se puede pronosticar el clima, los avances o retrocesos de la economía mundial y hasta se puede saber hoy con antelación si el próximo bebé va a ser hombre o mujer. Pero nadie puede pronosticar a ciencia cierta el resultado de un partido de fútbol. En el fútbol no hay nada escrito.

Existen estudios sobre el fútbol, como el del antropólogo Desmond Morris, el del famoso Mono Desnudo, que realizó una investigación in situ en estadios británicos. El fútbol como conducta social, como entarimado y a la vez proceso de relaciones sociales.

Al hablar del Cono Sur, se menciona siempre la obra de teatro del argentino Agustín Cuzzani, El forward centro murió al amanecer. Un famoso jugador es adquirido por un coleccionista millonario, un magnate que le gusta comprar celebridades vivas. El jugador, llamado Cacho Garibaldi, se rebela y por esta razón es ejecutado. Su muerte resulta heroica y un llamado de libertad.

Sin embargo el fútbol no solo mueve millones de personas sino billones de dólares. Los escándalos de corrupción de la FIFA, la compra de árbitros, de funcionarios, de sedes, han venido a azotar el espíritu del fútbol. Galeano, en su libro Fútbol Luz y Sombra, remarca con cierta dosis de obsesión la idea del proceso de compraventa, de manipulación de lo que considera pérdida del espíritu deportivo y que está caracterizando al deporte más difundido de todas las épocas, en la época más capitalista de todas. Galeano siente que se ha perdido mucho del genuino amateurismo, creativo y profundo, que hacía mover con su fe optimista no solo murallas sino redes. Hoy casi no hay goles, se queja Galeano, mucho cero a cero nos dice y nos recuerda también que “el gol es el orgasmo del fútbol”.

Las mujeres que viven bajo la férula de los talibanes, no tienen permitido jugar ni ver un partido de fútbol. En Irán los islamistas han tenido sin embargo que ceder algo ante la popularidad del fútbol y las mujeres pueden finalmente jugarlo, si usan el obligatorio pañuelo que debe cubrir la cabeza además de que no deben mostrar las rodillas. No se les permitía tampoco (por ley islámica llamada Sharia) asistir a los estadios a ver partidos en vivo hasta 2006 cuando hubo un cambio de la ley ante la enorme presión popular.

El fútbol, se quiera o no, es el movimiento de masas más grande de la historia. Casi podría decirse que antes de la globalización hubo un balón dándole la vuelta al globo terráqueo, y con la velocidad de la electrónica. “El mundo es redondo como una naranja”, dice el José Arcadio Buendía de García Márquez. El mundo es redondo como una pelota de fútbol, le hubiera corregido hoy Melquiades.

En América Latina el fútbol rebasa todos los indicadores de movilidad social y de interés cultural. Si hay una palanca que mueva al continente, desde el Río Bravo a la Patagonia, esa está en el juego del fútbol. Sobre todo cuando se trata del Mundial. Basta decir El Mundial, no hay que agregar “de fútbol”, como tendría que hacerse con el de atletismo o el de bridge. Las naciones latinas gracias al fútbol consiguen la “comunidad imaginaria” de Benedict Anderson. Donde está la selección está la nación. Y hasta la pobreza, por momentos es solo una sombra que pasa.

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