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Domingo

¡Harto!


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La creación de la riqueza de nación, es un fenómeno que no reconoce tregua; en cuanto esta se deja de producir, se empieza a extinguir. Es obvio que son las naciones pobres las más obligadas a generar riqueza (y no pedir limosnas), porque de otra manera, simplemente, su pobreza irá en aumento. En la vida empresarial, uno sabe que si no se reinventa de tiempo en tiempo, los ingresos declinan y los negocios pueden colapsar. En el plano personal es lo mismo, pero aún más grave; dada nuestra corta expectativa de vida que –en Guatemala– apenas rebasa los setenta años, se debe estar preparado –más rápido que pronto– para dejar de producir y, ante la ausencia de pensión de retiro decorosa, generar su propio fondo o patrimonio, para vivir con dignidad, en el último estadio de la vida, cuando uno –aunque quiera seguir– simplemente lo van abandonando, el ímpetu, las fuerzas y hasta los sueños.

Guatemala, como país pobre (es inmoral que repitamos que somos un país rico, pues más de la mitad de nuestra población vive en la pobreza y conque repitamos lo contrario, ello no va a cambiar), está urgida a lograr un crecimiento económico vigoroso y sostenido. Debiéramos, para empezar a ver mejoría en nuestros indicadores de desarrollo humano, conseguir crecimientos del doble –y al menos por dos lustros– de lo que ha sido la moda y el promedio, en los últimos años. En efecto, con crecimientos que no logran superar demasiado el tres por ciento anual y el año pasado, ni siquiera conseguirlo, estamos condenados a la miseria y en consecuencia: la violencia, inseguridad y otros ingredientes ingratos que  conforman la descomposición social.

Gobiernos van y gobiernos vienen, todos dicen saber cómo dinamizar la economía y avanzar… pero realmente nadie lo logra. Los informes “presidenciales” son siempre patéticos e impregnados de una demagogia, cada vez más adornada y cada año más insoportable; la corrupción y mediocridad simplemente no cesan. Nuestros gobernantes se convencen que con muecas, estadísticas y cifras, impresionarán a alguien… les importa muy poco la realidad que todos sentimos y muchos sufren; una realidad de zozobra, desánimo y estancamiento que –indefectiblemente– impacta en mayor desempleo y pobreza creciente. La receta siempre es la misma, y en ella abonan tanto los burócratas foráneos como los locales… al final todos maman de la teta de gente cándida –o, dadas las condiciones de descaro, quizá imbécil– que tributamos y hemos tributado siempre, en la esperanza ilusa de que algún atarantado prometedor de maravillas, maneje con pulcritud lo que tanto esfuerzo y tiempo ha costado generar.

La “receta mágica”, para tener gobiernos más gordos que puedan gastar a sus anchas y cuyos funcionarios, puedan mantener más amantes, enriquecerse más rápido y chupar más fino, es más impuestos para los mismos y la obligatoriedad de pagar mayores salarios mínimos… también para los mismos; esto último, aunque sea un desaliento al empleo formal, en un país, donde el 72 por ciento de la economía es informal, resulta beneficioso para los gobernantes y para sus amigos e infaltables aliados… los sindicalistas corruptos que también viven a nuestras expensas. ¿Quiénes somos los mismos reiteradamente fustigados? Pues quienes estamos en la formalidad, es decir, ni siquiera un 30 por ciento quienes participamos produciendo en la economía. Esos mismos, somos los responsables de mantener gobiernos disfuncionales y corruptos, pero además –últimamente– también se nos endilga ser “culpables” de la pobreza, porque pagamos “Pocos impuestos” ¡Que barbaridad y que frustración!, ¡Que insulto y que injusticia! Guatemala en efecto, es pobre, pero no gracias a quienes trabajamos en la formalidad, sino a: 1) La corrupción generalizada estatal, 2) Los financistas privados que manejan a los corruptos y comparten el botín, 3) La evasión fiscal de intocables y 4) la economía subterránea que es –sin duda– la más rentable y libre de impuestos.

Mientras Guatemala se hunde en la desesperanza y genera incentivos perversos para los tributantes honrados, alentando la informalidad en todas sus expresiones, también cae sostenidamente en los indicadores de pobreza. Somos un pueblo más pobre que toda Centroamérica (excepto Honduras) y también que Haití ¿Qué le parece? Y con Honduras, nada que presumir, pues la desnutrición crónica infantil, avasalla a la mitad de los niños guatemaltecos menores de cinco años y en ese indicador –nuevamente– estamos peor que Haití y Honduras ¿No lo sabía? Pues se lo cuento; en este aspecto solamente “nos gana” –repito por enésima vez– Yemen y Afganistán.

Harto estoy de pagar impuestos y ver cómo idiotas, corruptos, vendidos y comprados, tanto el Organismo Legislativo, como en el Ejecutivo, hacen aspavientos, insultan nuestra inteligencia y se burlan de nosotros… patrocinados por los cándidos que pertenecemos a la economía formal y los financiamos con nuestro trabajo honrado, sin querer hacerlo. Harto de los fallos casuísticos de la Corte de Constitucionalidad que no ampara –cuando acudimos a ella– a quienes tributamos… aunque las causas sean obviamente justas, sino a quienes les mandan que amparen, harto del mequetrefes protagonistas, como tantos diputados siniestros que se han hecho viejos(as) en el hemiciclo, poniendo cara de bobos y apoyando socarronamente la corruptela, o como el Procurador de los Derechos Humanos a quien –paradójicamente– le importa un rábano los derechos humanos pero tiene hambre de cámara y está ávido de hacer –a partir de nuestros impuestos– una carrera política; ¿Por qué el procurador no para –con uno de sus amparos de resolución exprés garantizada– la inmoral consulta popular por el caso de Belice que representará Q300 millones de gasto, no sería una causa más justa la seguridad ciudadana, la alimentaria, los hospitales, las cárceles o simplemente reducir el déficit fiscal?

 Harto de la prensa cómplice, de programas insufribles de arrogantes e ignorantes, cansado de tanto idiota de circo, de tanto payaso funesto que debo mantener –con mis impuestos– para que me insulte con sus parodias de estadista malogrado… porque todo eso también es corrupción: y la corrupción –no hay duda– debe erradicarse de raíz. ¡Piénselo!

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