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Domingo

Poder, orden, privilegio


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Escribí el otro día esta columna, que estaba destinada ser una pequeña, discreta columna sobre nuestro alcalde (es decir otra, dado que ya he escrito algunas en el pasado). Pero se me fue alargando la cosa, y tuve que pedir más espacio.

Está claro que, con todo y caracteres extra, no será suficiente. Hablar de Arzú, que lleva tantas décadas en el frente público y subpúblico, es tarea imposible, dentro de un mero formato columnístico. Jose Rubén Zamora lo hizo el otro día, y le salió una cosa muy completa, harto interesante y de plano escalofriante, y aún así le faltó un considerable resto (de lo que se sabe y de lo que se calla pero mucho se susurra).

El rango diacrónico es vasto, verán. La carrera de Arzú es longeva y sustancial: un abismo inagotable. Ustedes, los más viejos, lo saben, porque ya fueron testigos de toda su vida política, del MLN al PAN al PU.

Si esto fuera un libro (como el que anda circulando por ahí, y para el cual el alcalde no necesitó siquiera un negro literario) sería distinto, pero en un espacio tan breve y penúltimo como este, lo mejor será reducirlo todo a tres abstracciones: el poder, el orden y el privilegio.

Es decir: la autocracia, el virreinato y la impunidad.

Arzú es nuestro animal político más acabado y representativo, porque es dominador, colonial y veleidoso, al mismo tiempo. Ambicioso, republicano y taimado, a la vez. Explosivo, patriarcal y oportunista, de un solo. Conquistador, criollo y ladino, juntamente.

Arco memético muy ancho este, pero a la vez perfectamente cohesionado, correspondiendo con tres escalas de valores dominantes del guatemalteco, no poca cosa. No es de extrañar que tenga tanta popularidad. Obvio que para muchos sigue siendo un héroe y su capital político es enorme. Lo odian, sí, pero también lo aman, lo respetan y lo admiran.

Yo mismo he votado por él, y no una vez. Siempre que cabe, intento mencionar algo de incumbencia para reprobar su régimen, y sin embargo, confieso que a cierto nivel –no es de honestos ocultarlo– tengo los criterios mezclados. Quizá porque recuerdo aspectos caóticos y ensombrados de la ciudad (una ciudad de simios que parqueaban en triple fila) previo a que llegara al cargo edilicio, y que muy definitivamente consiguió estructurar, desde su rigor personalista, hacia alguna clase de funcionalidad y simetría.

Dicho lo anterior, aquel Arzú que daba una sensación de orden se está yendo, caballos y carroza, hacia el acantilado caótico que es por estos días la metrópolis. No todo es su culpa, como ya explicara otro día en otro medio, pero es de ley no ser complacientes con su proyecto municipal. No hay razón para votarle más, co-urbanitas, sobre todo cuando agregamos todo eso que él mismo ha ido sumando, con una consistencia espeluznante, desde que se hiciera cargo, a manos llenas, del virreino.

Por mí que arda Roma. De las cenizas surgirán aves distintas.

El poder

Arzú, como aquel señor llamado Fidel, no cree mucho en la rotación de poder. Lo de Arzú es Perpetuarse y Perpetuar una Guatemala, la suya, que no es nunca la otra, y jamás la de otros.

Arzú está metido en esa bolsa como un sempiterno marsupial (un marzupial) y no lo sacarán de ahí sin que saque él las garras, como él mismo lo confirmó en público el otro día –cuando dijera eso de que si bien había firmado la paz también sabía hacer la guerra.

Tirando (por un mísero efecto público) una representación muy importante, ante un montón de cuatreros.

Es importante, sí, pero menos propia de lo que puede pensarse y de lo que él seguramente piensa, en el sentido de que innumerables causas y condiciones contribuyeron a ella. Puesto en blanco y negro, era lo que el contexto exigía. Arzú acabó con el conflicto porque estaba en el momento y lugar adecuados. Si no lo hubiera hecho él, lo hubiera hecho alguien más, tarde o temprano.

Pero veníamos hablando de cómo Arzú no suelta la guayaba. Esa estructura de privilegios él la siente suya por una triple razón: porque se la ha ganado a dentelladas en el ruedo político; por mero derecho pijo y estamental (sin duda él se considera el mejor heredero de la misma); y porque el diablo y el listo no devuelven esas cosas.

Hay quienes estarán de acuerdo conmigo cuando digo que Arzú no quiere morir-ceder. Arzú no cabía ya más en el siglo XXI, pero siendo el coche parentético que es, reincidió, como reincide todo junkie estatal, y mientras los tiempos cambian, él permanece.

Él y de un tiempo para acá su familia. A la esposa –que nos recuerda a Christabella de Silent Hill– ya le quería encaramar, también, la Presidencia. Y bueno, ahí está el hijo, que ha de llevar patrilinealmente el oficio familiar, sin mayor genio ni figura. Por ahí el linaje político.

Ha de necesitarlo, como lo necesita Ríos Montt. ¿Afectará a Arzú, se dejará roer por todos los acontecimientos recientes en torno a su persona? Se puede decir que el saberse legalmente perseguido opaca y envejece a los potros más necios, como se ha visto en otros sonados. En el caso preciso de nuestro personaje, no sabemos del todo. Se habla de un desplome, pero después de observarlo tantos años, sabemos que él siempre surge muy empoderado y afincado de estas cosas, aún siendo tan sísmicas y tan mediáticas.

Le apasionan. Saquen a Arzú de la administración y entonces sí que se lo llevará el cáncer. Para mientras, continúa siendo el Señor Presidente de la Municipalidad. El que no hace mucho, por dar un ejemplo, juzgó conveniente mancuernar su perspectiva personal sobre el aborto con la oscura sugerencia patriolegalista de hundir un barco noruego. Revelando con extrema claridad su ethos perenne: el de usar las rutas estatales para empujar agendas explosivas, y llevarse a quien sea entre las patas.

Acabemos de entender que Arzú es la Fuerza, y como tal se Presenta. Pero tanta intempestividad le vuelve a veces mastuerzo y subpolítico para comunicar. Es un tipo crudo, en ese sentido. Es porque se educó a la brava, en ese pragmatismo de patriciado del que ya tiene que hacerse cargo de la finca y ser patrono. Si hay una cultura en él, sirve para ornamentar el dominio, el orden y la personalidad, como lo demuestra el rimbombante uniforme de Emetra, o ese cuadro colonialista que cuelga sobre su testa, y del cual se mofan los tuiteros todo el tiempo.

Crudo, pues. Pero esa falta de sutileza no le ha impedido hacerse de un jugoso monopolio administrativo y público (no ayuda que toda su competencia sean puros gatos). Lo cierto es que la obra de Arzú es sobre todo el poder, más que la obra, aunque, desde luego, obra hay. Toda clase de dinámicas políticas y macrodecisiones emanan sin tregua de su mano blanca.

Orden

Así como le gusta el poder, a Arzú le gusta el orden. El orden es un ajedrez que le gusta.

Duerme con no sé cuántas radios, según nos contaba el otro día en una entrevista, para estar pendiente de esta larga y maciza nave urbana. A lo mejor prefiere esas comunicaciones radiales a los rezos violentos de la zahorí bíblica.

Pero quién sabe si esos rezos no son incluso mejores que ver y escuchar, como a veces vemos y escuchamos, al propio Arzú explayar datos citadinos, desde la pantalla televisiva de la Minimuni, mientras mueve enfáticamente su dedo admonitorio.

Podría decirse que su reinado se le achicó cuando pasó de la Presidencia a la Municipalidad, pero ello no es por fuerza cierto. En cierto modo la ciudad representa mejor ese llamado criollo y centralista. Y en el centro del centro está, por supuesto, él. Es un centro por cierto que siempre está a la derecha.

Es claro que Arzú ha sabido ordenarnos la ciudad (también es claro que es su trabajo) y quien lo niegue carece de memoria. Los ciudadanos pluralistas y postplaza atacan los pragmatismos oportunistas de Arzú, y también su viejo pensamiento rancio. Con toda razón, por demás. Pero dejan de insistir, como por acto reflejo, en la necesidad de mantener liderazgos robustos y delineados, porque los perciben como integristas, lo cual desde luego hay que matizarlo, especialmente en un país y una ciudad como los nuestros, que nacen y vuelven siempre a la entropía. Lo cierto es que un nuevo acuerdo o acorde municipal deberá toda vez mantener ciertas notas firmes, o esto, más pronto que tarde, se va a hundir. Y quienes buscamos nuevas formas de gobernanza no deberíamos tener tampoco ningún miedo de decirlo.

Pero lo que da fortaleza a Arzú es precisamente lo que lo hace tan deleznable. Como el Administrador Total que busca ser (lo de él es generar y regular sustancia administrativa) Arzú es tremendamente eficiente para establecer límites y regulaciones. Pero en un mismo sentido es del todo incompetente para trabajar con las energías orgánicas de la ciudad, que siempre busca pasteurizar y entregar a quién sabe qué dioses de la especulación inmobiliaria.

Peor aún: toda expresión metropolitana no contenida, todo asomo de caos, toda liminalidad social es combatida en el acto con una respuesta autocrática y desde ninguna mística posibilista, pues Arzú no tiene el brain power para hacer de esta ciudad una ciudad del futuro (pésimo marketing, mantra fallido, saeta al aire).

Esta urbe suya –su ciudad– es una máquina aceitada, más no visionaria. No engendra emergencias creativas e integrales. Arzú, que no es sutil o particularmente ilustrado (como no lo es buena parte de nuestra clase pudiente), tampoco es un Steve Jobs del urbanismo, lo cierto. Sus capacidades exploradoras son escasamente crecidas y a ratos dentonas.

Lo digo al margen de que respeto su obra y su experiencia. Lástima que lo que Arzú hace con la mano lo borra con el codo de la soberbia y la agresividad. Baste ver cómo, para conservar la operación edilicia y el precioso orden de la gentrificación, recurre por momentos a un estado semipoliciaco. Y a un ejército de empleados leales, burócratas y uniformados, que lo acompañan, lo defienden, lo pancartean.

De tal modo las cosas con este virrey, que siendo alcalde, guarda siempre eso de Presidente, y uno más bien predemocrático, es decir abusivo.

Privilegio

Con Arzú, quien sale perdiendo es la mera gente, que nunca cabe del todo en su fábula, en su modelo, en su gaveta. Su solución creciente ha sido incluso echarla de una patada en la rabadilla, lo cuál es horrible. Y muy tonto. En efecto: ¿qué sentido tiene echar a la calle a la gente de la calle…?

Arzú no tiene mayor sensibilidad, salvo por los chuchos, como la tenía Hitler. Lo demás es poner hielo en la plaza, atinada metáfora, si las hay. Y, a veces, bajar con los empleados y el pueblazo. Su generosidad es la del Rey con sus súbditos. No digo que sea falsa: digo que es vertical. Conozco bien esa proa de caridad tan propia de la alcurnia.

Al dirigirse a criados y plebeyos, lo hace hablando con ese defecto de erre que se transforma en eshe, y que no es defecto fisiológico alguno, sino más bien cultural y de clase. Es la forma como hablan esos viejos chapines acriollados, como he comprobado mil veces.

En fin, tal es el orden, el reino, el suyo, del cual se cree su guardián privilegiado y mitológico, y que va liberando desde un despacho inamovible. Arzú de veras se considera el garante de la patria, el que salvará a nuestros nietos del desastre.

Por ejemplo, salvarla de la izquierda. Para mí que el desprecio visceral de Arzú hacia la izquierda es el síntoma más evidente de la paz falaz que él firmó. Helo ahí: el paladín de la reconciliación. El que en 1998 reanudó relaciones diplomáticas con Cuba.

Alguna vez Arzú dijo, en una entrevista de El País, que ya no hay muertos por razones ideológicas y eso por supuesto es una mentira. La ideología está inmersa en nuestra cotidianidad social –se puede decir que la cotidianidad es ideología en estado puro– y en nuestro país tal cotidianidad es la muerte.

Luego Arzú se dice muy abierto y fluido, pero la realidad es enteramente otra. No nos engañemos: el orden total que propone es un orden puramente ideológico y políticamente definido, lo sepa él o no. Y por supuesto que lo sabe. En el bestiario del liberalismo latinoamericano, ocupa un escaño satánico y especial.

Cerramos esta sección diciendo que él, que produce tanto aparato, se considera encima de él. Cree que la Ley y el Orden que emana lo eximen del Orden y la Ley. De ese modo, pues, ni se molesta en presentarse a las cortes. Está por encima de la norma como Dios está encima de su creación.

Es así cómo lo conservador y lo caradura van formando, en nuestro alcalde, un perfecto ying yang. De hecho, se puede decir que Arzú es la caradurez entronizada. Y con qué campechanía habla de ella.

Decir que Arzú no ha acumulado nada en sus gestiones, decir que no ha usado su poder para acrecentar aura y recurso, y para acrecentar su mismo poder, sería decir lo ciego y lo inocente. Su escudo de armas (muy seguramente tendrá alguno) debería en todo caso contener una tizona, un trono y un secreto. O varios.

En efecto, su rostro público no es exactamente transparente (los famosos fideicomisos). El señor alcalde es tan pero tan pragmático que en un momento se vuelve oblicuo y empañado. A Álvaro Arzú lo conservador no le quita lo pancista (como a muchos de la clase alta y la aspiracional). El personalismo político del marsupial lo torna, a la larga o a la corta, moralmente ambiguo y directamente cuestionable.

Kane

Termino esta larga columna hablando de algo que Arzú hace mucho: dar y no la cara.

Por un lado está el Arzú expresivo. Esos discursos tan ladinos, siempre cubiertos de un leve sarpullido alusivo y autoritario. Su impunidad se puede medir por lo que va excretando en público. Como cuando aboga por la guerra y los morongazos, con un encanto que solo existe en su cabeza. Dice esa cosas escandalosas, y nadie le pide verdaderas cuentas por ello. Se las piden, pero se las pasa por el sereguete. Por el sesheguete.

Lo dije ya, se cree muy encantador y no lo es. Esa mezcla de mal humor y humor tan malo le van dando una perpetua sonrisilla agria, de cinismo mal hecho. Formula cualquier tontería, y luego se le nota extremadamente complacido, tras decir la frase, como si hubiera dicho una máxima de La Rochefoucauld, el súmmum de la retórica, según él. Por ejemplo cuando confirió aquel juego barato de palabras (Estado de Derecho / Estado Deshecho) y creyó decir lo más inteligente, original, persuasivo y literario del mundo. Por el amor de Dios, lea un poco, señor.

Dicho todo lo anterior, es relativamente bueno –en el sentido de que no se agüita– para las entrevistas y las ruedas de prensa. Relativamente bueno para manejar a la prensa, a quien desprecia profundamente. Eso lo vimos cuando irrumpió intempestivamente en la conferencia aquella de la CICIG: todos los periodistas pusieron buenamente la atención en su persona. No se entiende: él insulta a la prensa, y lo primero que hace la prensa es darle la palabra.

Ahí está que los periodistas nunca saben romperlo, no saben manejar su eterno refilón. A Arzú es imposible entrevistarle convencionalmente porque el Poder No Se Abre, y Arzú es, bueno, el Poder. Habría que hacerle una conversación que no lo ponga a la defensiva, es decir demagógico, sino, más bien, lo ponga exactamente cómodo, de tal manera que sus contradicciones y carencias discursivas se desovillen y manifiesten solas, sin necesidad de atizarlas. Quién sabe, puede que un encuentro así nos regale incluso un momento Nixon… Lo que es obvio es que la entrevista de analista no funciona con alguien como él (tampoco la informacional) y a la larga solo le termina regalando presencia.

De ser ese ser expresivo y público pasa seguidamente a ser el Ausente, El Que No Da La Cara (a la prensa, a los tribunales, al pueblo no digamos). Se convierte con ello en el Fantasma de la Comuna, como solía yo decirle. No como el Papa de Sorrentino, puesto que no es tan inteligente ni tan sofisticado (no es un Banksy, un Daft Punk, un Salinger de la política). A lo mejor se contiene porque sabe lo mucho que no sabe medirse. No le conviene abusar de sus apariciones.

Es cuando se esconde en su mansión de poder, como el ciudadano Kane que es, aquel señor tan ebrio de Ira, Vanidad, Orgullo y Dominio. De la prensa y los tribunales se oculta, tramando sus cosas, moviendo sus hilos, limpiando las adargas. Pero no importa cuánto se oculte, seguiremos hablando de él, le dedicaremos más columnas, porque si alguien se las merece, es ese viejo cabrón.

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