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Domingo

Guatemala, 2050: Bienvenidos al infierno


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Tras varias y decisivas batallas una elite mafiosa terminó por hacerse con el control del país. En unas pocas décadas, lo que fue un paraíso de bellos atardeceres se convirtió en la parte más oscura de ese infierno que ahora es América Latina. El caso de Guatemala es un caso paradigmático que se enseña en las universidades para ilustrar la transición hacia eso que ahora llaman países perdidos.

Una elite mafiosa emergió triunfante en las batallas contra la corrupción que se disputaron en la última parte de la década de los años diez y los primeros años de los años veinte. Aquel fue el momento decisivo.

Los que se pensaban buenos y honestos no querían mancharse las manos en esa política donde se disputa el poder, a través de partidos y elecciones; otros, reclamaban el cambio de las reglas electorales y que, si no era así, no participaban, y se quedaron esperando por las reglas electorales perfectas y por los partidos perfectos. Otros, reclamaban la convocatoria a una Asamblea Constituyente, a la que llamaban popular y plurinacional, y esa convocatoria nunca llegó. Unos más iban por el fin del capitalismo, que si no era para eso no se movilizarían en la disputa por los votos, porque eso era hacerle el juego al sistema. Y todos estos grupos vieron como los mafiosos, ganando la elección, se hicieron con una sólida mayoría en el Congreso.

Desde entonces, una espiral de deterioro fue tomando el control de todo, sumergiendo al país en una vorágine. Cuando todos pensaban que no se podía estar peor, que ya se había tocado fondo, como entonces se decía, al paso de los meses o de los años, se era testigo de algo más que se perdía: tramos carreteros que ya nunca se reparaban, ataques armados cada vez más violentos, a los que ya nadie ponía atención, hambrunas que arrasaban con poblaciones enteras.

El gobierno nunca logró incrementar sus ingresos tributarios. Con nostalgia se recuerda ahora cuando los ingresos tributarios todavía se medían a dos dígitos (10, 11, 12 por ciento en relación al PIB).

Y ante la merma de dinero proveniente de los impuestos, el gobierno recurrió a créditos internacionales. Pero este chorro también se cerró. En octubre de 2017 Standard & Poor’s bajó la calificación de riesgo país de B a BB- y desde allí se inició un descenso sostenido; cuando se entró a la clasificación C, era que algo iba muy mal, y así siguió, hasta que el país alcanzó la calificación D. Y en ese descenso, los préstamos internacionales se hicieron cada vez más caros, hasta que las ventanillas de crédito terminaron por cerrarse de manera
definitiva.

Ante la escasez de recursos provenientes de los impuestos, y con el cierre de las posibilidades de endeudamiento internacional, quedó únicamente la cooperación internacional. Pero desde los años veinte esta estuvo más interesada en apoyar la eterna reconstrucción de África y Medio Oriente. Pero, además, los países que donaban se cansaron de ver cómo el dinero de sus contribuyentes no impactaba en un cambio de la situación, porque el deterioro se hacía más y más evidente. Para colmo, la exigencia de cooperación a cambio de transparencia, estado de derecho y protección de los derechos humanos, en el último tiempo solo sirvió para insuflar aún más la propaganda nacionalista que el gobierno, los partidos y los oligarcas empleaban en contra de lo que llamaban la intervención extranjera. Al final, en los pasillos de las organizaciones de cooperación internacional, los cabilderos de Guatemala reclamaban que su país ya era como África: “no pueden dejar de apoyarnos porque nosotros somos el África de América Latina”. Pero aquella condición hace mucho que había dejado de importar, porque el hartazgo llegó a ser mayor. Después que Haití finalmente lograra dar pasos adelante en sus índices de desarrollo, ya en el último lugar de todo quedó Guatemala.

El tiro de gracia a la situación económica del país vino del vecino del norte, cuando los migrantes en Estados Unidos, una población de 6 millones, dejaron de mandar remesas. Aquello no ocurrió de la noche a la mañana: como resultado del acomodo de las generaciones de migrantes, ya no hubo a quien mandarle dinero, y el deterioro del país hizo que al momento de su retiro estas poblaciones decidieran quedarse en Estados Unidos. Y así, desde los años cuarenta se produjo esto que ahora los científicos sociales llaman la desconexión de los migrantes: de aquel 25 por ciento del PIB que las remesas llegaron a significar en el año 2030 se inició una caída sostenida hasta que todo terminó.

Ya dependientes de los escasos ingresos tributarios, desde hace décadas que los presupuestos del Estado apenas y alcanzan para pagar los sueldos de los empleados. Los sindicatos recuerdan con nostalgia cuando sus líderes, en alianza con las mafias, alcanzaron a firmar pactos colectivos que les significaban algún beneficio, incrementos anualizados, una prestación extra por aquí, un bono por allá; ya todo eso es parte del recuerdo. Mes a mes apenas el Estado exprime al máximo sus posibilidades financieras para alcanza a pagar la nómina. La inversión pública cayó dramáticamente.

Y así fue como la escasez de recursos reforzó otras tendencias, a manera de un círculo vicioso, comprimiendo eso que los sociólogos –una de esas profesiones que ahora están a punto de desaparecer en el país– llaman las capacidades estatales.

En las estaciones de la Policía, por ejemplo, las radiopatrullas, hechas chatarra, inservibles ya, se hallan colocadas estratégicamente para proteger a los agentes de los mortales ataques de las bandas del crimen organizado. La Policía carece de medios. Los carteles y las maras son quienes imponen su ley a los ciudadanos. Recientemente lograron un nuevo acuerdo para repartirse porciones de territorio. Las maras controlan las ciudades y los carteles las carreteras y bastas zonas del interior. En las ciudades, la poca vida social que queda se hace de paredes adentro de condominios, calles, colonias cerradas, centros comerciales, clubes, donde se vive al resguardo de grandes ejércitos privados. El último logro del gobierno fue inaugurar lo que llama zonas de máxima seguridad: colonias a las que únicamente se puede entrar con una identificación especial, en las que un ejército privado cuida la seguridad detrás de grandes bardas electrificadas. “Aquí, dijo el mandatario recién electo, en las zonas de máxima seguridad, los vecinos tienen vía libre para imponer su ley, que para eso me eligieron, o ¿qué querían? Ármense, la ley son Ustedes, los ciudadanos, no el Estado, que ya ni para eso sirve.” Y las ovaciones no cesaban.

Aquellos paisajes verdes, llenos de árboles, dejaron de verse en la realidad; y ahora eran parte de recuerdos en viejas fotografías. Grandes porciones del país son zonas desérticas. Todo es café, amarillo, y el calor en todas partes es intenso. En el año 2029 el cambio climático entró a la fase que los científicos llamaron del gran calor, y la vegetación se perdió.

(Continuará)

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