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Domingo

Educación bilingüe intercultural, un cambio radical de perspectivas


Unos 370 millones de mujeres y hombres en el mundo son considerados indígenas. Muchos viven marginados por los sectores dominantes de sus sociedades. El 9 de agosto de cada año se celebra el Día Internacional de los Pueblos Indígenas con el fin de valorar las culturas autóctonas y fomentar la interculturalidad. Los maestros del Centro Educativo Ixmukané en Tecpán y el Colegio Alemán en la zona 11 de la capital quieren aportar a este proceso.

El timbre escolar suena, inicia el receso. Los jóvenes salen de sus aulas y corren a través de una pradera verde hacia dos campos deportivos bien equipados. Atrás de ellos aparece Carmelina Lix, una maestra vestida con un traje tejido con símbolos del pueblo Kaqchikel. “Hoy venimos a compartir nuestra cultura con los alumnos del Colegio Alemán”, explica y toma asiento en una banca bajo la sombra de un árbol. “Traemos la cultura hacia aquí. Ojalá que los alumnos tengan una vivencia enriquecedora”.

Usualmente, Carmelina Lix enseña en el Centro Educativo Ixmukané, una escuela primaria bilingüe en las afueras de Tecpán, Chimaltenango. Educa a niños kaqchikeles que han perdido a sus padres o cuyas familias viven en condiciones de pobreza extrema. Muchos traen hambre cuando llegan a clase y no podrían ir a la escuela si no tuvieran una beca financiada por algunos padres de familias del Colegio Alemán. Tendrían que trabajar.

El acuerdo gubernativo

Carmelina Lix y siete de sus colegas llegaron a la capital para participar en una semana de proyectos. Durante cuatro días enseñarán su idioma materno, el Kaqchikel, a hijos de familias privilegiadas. Este esfuerzo se desarrolla dentro del marco del “Acuerdo Gubernativo sobre la Educación Bilingüe Multicultural e Intercultural”. El acuerdo establece “la obligatoriedad del bilingüismo en idiomas nacionales como política lingüística nacional”. Aplica para el sector público al igual que para los colegios privados, explica Tobias Scharlach, el director adjunto del Colegio Alemán: “De hecho el segundo idioma que enseñamos a nuestros alumnos oficialmente es el Kaqchikel, ya que es el idioma indígena de la región capitalina. Pero en la práctica es difícil encontrar maestros de Kaqchikel. Hemos encontrado una solución en la relación estrecha que mantenemos con el Centro Educativo Ixmukané. Sus maestros nos apoyan como profesionales que hablan Kaqchikel como lengua materna”.

La cooperación inició hace unos seis años, relata la directora del Centro Educativo Ixmukané, Alba Velásquez. Ella opina que el acuerdo sobre la educación bilingüe está bien “porque fomenta y cuida los idiomas ancestrales. Pero, en realidad, la mayoría de centros educativos no puede cumplir con la obligación. El problema es la manera en que la ley fue implementada, ya que no existen los medios necesarios para enseñar como debería de ser”.

Para los alumnos es poco motivador tener que aprender un idioma sin conocer la cultura respectiva. Por eso Alba Velásquez apoyó la elaboración de un concepto pedagógico que incluye diversos talleres sobre la cultura Kaqchikel, como, por ejemplo, el tejido, la medicina natural, el arte en barro y la cocina tradicional.

La maestra Carmelina Lix está contenta de que el proyecto le permita enfatizar en la cultura de su pueblo. “Queremos que los alumnos no solamente reciban una enseñanza en Kaqchikel, sino que vivan el Kaqchikel”.

Una experiencia nueva

Ya es el cuarto año que Carmelina Lix viene a la capital, sin embargo todavía lo considera una experiencia extraordinaria: “No hay otros espacios como este. Tanto los alumnos del Colegio Alemán como nosotros aprendemos. Usualmente no existe un acercamiento entre nuestras culturas. Es un espacio muy importante y queremos aprovecharlo al máximo”.

La mayoría de los maestros del Colegio Alemán son guatemaltecos que viven en la capital. Ninguno habla un idioma maya. Muchos se consideran descendientes de los conquistadores católicos. Miriam Gálvez, maestra de Idioma Español, quiere cambiar conciencias. Se unió a un grupo de maestros y padres que buscan darle sostenibilidad al Programa de Becas y a la vez organizan actividades interculturales. “La idiosincrasia guatemalteca está muy vinculada a la religiosidad y a una percepción de que se debe hacer obras de caridad. Nosotros en cambio partimos de una visión de justicia social e intercultural. Creo que en muchos padres todavía existe la mentalidad caritativa, pero los estudiantes cada vez más adoptan la idea de un aprendizaje en doble vía”.

La experiencia intercultural se nutre de la motivación de maestras como Carmelina Lix. “Pienso que estos encuentros culturales pueden ser un ejemplo para Guatemala. Aquí nos abren las puertas, convivimos, hay respeto”.

Puentes de amistad

Hasta los alumnos más pequeños en el Kinder del Colegio Alemán ya dan los primeros pasos hacia la interculturalidad. Así se enteran de que más allá de los muros que rodean sus condominios y su colegio se vive realidades muy diferentes. La directora del Kinder, Gitte Rodríguez, es alemana. Llegó a Guatemala hace dos años. Todavía se asombra cuando ve lo poco que sus alumnos interactúan con otros grupos étnicos. “Aquí los niños viven demasiado protegidos, hasta aislados. Me parece muy valioso darles la oportunidad de conocer otra cultura, otro idioma, otras costumbres. Así se construyen puentes de amistad”.

Muchos alumnos de Gitte Rodríguez conviven en sus casas con personas de la población indígena. Son empleadas domésticas, cocineras, niñeras, jardineros, choferes. “Para estos chicos es una enseñanza valiosa recibir clases de Kaqchikel de maestras que visten trajes típicos. Usualmente miran a las mujeres en traje como personas que les deben servir o les quieren vender algo. En cambio aquí les enseñan en un nivel moderno, con mucho entusiasmo y empatía para los alumnos”.

El joven Juan Rafael, estudiante del décimo grado, está de acuerdo. La señora que trabaja en su casa habla Kaqchikel. “Es la única persona indígena con la que me he relacionado”, relata. “La verdad es que en Guatemala hay mucha discriminación hacia los indígenas. Siempre se les critica. La gente usa palabras ofensivas cuando habla de ellos”.

Para alumnos como Juan Rafael las clases de Kaqchikel generan un cambio de perspectiva radical. Su compañera Nicole está aprendiendo a cocinar una comida tradicional. “Casi nunca tengo contacto con una persona maya. Por eso las clases me parecen muy interesantes. Nos enseñan Kaqchikel, un idioma del que yo nunca supiera nada si no fuera por estas clases”.

Choque de culturas

Los maestros de Tecpán están acostumbrados a enseñar en las condiciones de una escuela rural. Para ellos no es fácil dar clases en un colegio que cuenta con laboratorios modernos, una piscina, varios campos deportivos y una bodega llena de instrumentos finos de música. La directora del Centro Educativo Ixmukané, Alba Velásquez, recuerda los problemas iniciales de adaptación. “Fue un choque que puede bloquear a un maestro. Tuvimos que hablar mucho. Un docente dijo: ‘¿Cómo nos piden que hagamos tal actividad si nunca conocimos semejantes condiciones?’ Pero con el tiempo entendimos que lo que importa es el entusiasmo por enseñar. Podemos hacer mucho con los recursos que tenemos”.

El director del departamento de Ciencias Sociales del Colegio Alemán, Salvador Montúfar, piensa que el aprendizaje intercultural tiene un gran potencial para la sociedad guatemalteca: “Puede incidir mucho. Digamos el tema de la matriz productiva. Se está hablando mucho de las industrias extractivas, hidroeléctricas, palma africana, todos los proyectos grandes. La cultura occidental los mira como oportunidades para salir adelante, como desarrollo. Pero los pueblos mayas los miran de otra manera. Parten de los principios ancestrales, del respeto hacia la naturaleza. Allí las culturas entran en contradicción. El mundo occidental dice: ‘Los indígenas se oponen al desarrollo’, pero no busca conocer su cosmovisión”.

Carmelina Lix espera que el intercambio del Centro Educativo Ixmukané con el Colegio Alemán va a lograr resultados amplios que llevan a crear una nueva conciencia social en los jóvenes. Además, reconoce que la conciencia de ella misma ha cambiado también. Se sonríe cuando recuerda las primeras clases que dio en el Colegio Alemán. Era muy tímida. Con el tiempo su autoestima creció. Se ganó el respeto de los alumnos. La experiencia de enseñar en la capital sobre su vida en el campo llevó a cimentar más su propia conciencia cultural. “En nuestro entorno nos es difícil salir. Entonces al venir acá y al saber lo que estamos haciendo, nos fortalece”.

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