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Domingo

Fábula de avestruces y codornices


Por: Jaime Barrios Carrillo 

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En un diminuto y engreído país centroamericano, abundaron alguna vez los avestruces. Un empresario amigo del gobierno los introdujo con miras a la explotación. Se adaptaron bien y se reprodujeron como si fueran conejitos. Los avestruces llegaron a dominar la economía. Se exportaban sus plumas y carne y con las patas se hacían artesanías que encantaban a los turistas. Los avestruces desplazaron a las remesas enviadas de países ricos, por ciudadanos que habían emigrado por falta de oportunidades, falta de trabajo, falta de solidaridad, falta de todo.

El empresario amigo del gobierno pedía que se adoptara al avestruz como moneda y que se pusiera en el escudo nacional, en lugar de cierto pajarito tímido, verde y de pechito colorado.

Eran muy estimados los enormes huevos, tenidos como fuentes afrodisíacas en los países amigos, cotizados por los viejitos y viejitas del primer mundo. Pero eran carísimos. Surgió el refrán “cuesta un huevo de avestruz”, cuando algo era muy caro.

Pero un día sucedió lo que siempre sucede en las fábulas. Los avestruces comenzaron a disminuir a causa de incendios en los bosques, contaminación de ríos y las talas inmoderadas, que le hicieron imposible la vida a las esbeltas y egocéntricas aves. La corrupción campeaba por todas partes y la pobreza volvió, y peor que antes.

Ante la crisis, los políticos más zorros idearon el “avestruz imaginario”. La población aprendió a hundir la cabeza en la tierra. El Señor Presidente, con capacidades de actor, dijo que aquella actitud de hundir la cabeza era patriótica. Fingir fue declarado verbo de urgencia nacional. Y se ofreció trabajo a todo aquel que imitara bien a un avestruz, dentro de un programa llamado de “Cuello Largo” y otro de “Tropa Loca”. Se proclamó también que el Estado cumplía con todos los acuerdos avícolas de paz. Incluyendo la protección de las gaviotas.

En los actos públicos se disfrazaba a cientos de personas de avestruces. Hubo campañas publicitarias con la consigna de que venía una nueva era, según los textos bíblicos que el presidente leía emocionado por la radio y la televisión. No de vacas gordas pero si de espigados avestruces. Pero nada podía explicar la ola de asesinatos, corrupción, asaltos y pobreza, que comentadores comunistas y resentidos sociales relacionaban con la extinción de los avestruces. Lo que obligó al gobierno, declarado amigo de las aves aunque no de los pollos, a dar declaraciones para cerrar los indiscretos picos terroristas, afirmando que la situación estaba bajo control, acusando a la prensa de exagerar las cosas y pidiendo, eso sí, que se declarara el estado de calamidad para comprar las urgentes plumas de avestruz para las festividades de propaganda. Además insistió el Ejecutivo, con datos científicos, que ninguna víctima se recuperaba de un asesinato y que muchos ciudadanos aparecían después de su secuestro aunque reconoció que bastante desplumados.

Hasta que pasó lo que tenía que pasar: se acabaron los avestruces y la gente se olvidó de ellos. En cambio hubo una fuerte epidemia de un mal contagioso: el complejo de codorniz. La gente corría como codorniz ante cualquier ruido y todos se sentían muy pequeñitos. Se repartían manuales sobre estas tímidas avecillas, que ofrecían unos huevitos muy simpáticos y diminutos de los cuales se aseguraba que tenían efectos calmantes. Lo que prometía un futuro de gran estabilidad política. La gente se esforzaba por imitar a las codornices. Pero por reflejos de la zoología social, seguían metiendo, como antes, la cabeza en la tierra.

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