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Domingo

Mártires de la hermenéutica


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En los lejanísimos inicios del siglo XX, exactamente un 23 de mayo del año noveno, en el seno de un hogar provinciano nace un niño de excepcional mentalidad que, como otros pobladores de Corrales del Vino, hubo de partir a ciudades de mayores horizontes culturales. De hecho, de su pueblo natal ya no queda casi nada más que los derruidos testimonios de otros tiempos más prósperos, o, dicho de otro modo, ahora empobrecidos por su dependencia rural. De ahí partió a enriquecer su horizonte intelectual que por vía de universidades lo destacaron en aquellas disciplinas de excelencias hegelianas y kantianas que iluminaron sus reflexiones filosóficas del derecho, la política, la sociedad y la historia. Así vigoroso y creativo empieza el despliegue profundo de Manuel García-Pelayo Alonso.

La biografía de los filósofos no es tan plácida, como debía serlo por deferencia a su espiritualidad. Gran número de los más conspicuos culminaron su pródiga vida intelectual en las ergástulas del tormento, las llamas de las hogueras, los collares de la horca o el plomo de la fusilería. No solo de los tiempos de los antiguos bárbaros de las degollinas, sino también de los fanáticos modernos. Todo esto, aparte del terrorismo y del secuestro. Agréguese, cuando no pueden infligir sufrimiento físico, acuden a las campañas de la denigración moral.

Don Manuel, cumpliendo con un deber y una obligación legal de su vínculo territorial, fue llamado a filas republicanas cuando se desató la guerra civil española. Su talento, su valor, su convicción lo van ascendiendo de grado a capitán de la Plana Mayor. Por el otro extremo, sometidos a la autoridad del otro bando, su padre y su hermano deben formar filas en el ejército enemigo. Aquellos son derrotados sin cláusulas de rendición condicionada. Manuel García-Pelayo es encarcelado en un campo de concentración, pena que sufre por varios años. Cumplido el castigo de encierro, decide emigrar a Argentina, Venezuela y Puerto Rico, países en donde desarrolla su magisterio y escribe sus mejores obras. Docena y media de libros profundos, fueron guía del derecho constitucional en todas las universidades de este continente.

Fallecido el dictador Francisco Franco, las cosas cambian en España y se instaura una monarquía constitucional. El rey Juan Carlos invita a García Pelayo para que forme parte del nuevo Tribunal Constitucional, del cual es nombrado su primer presidente. Esta es otra gran historia de la prudencia, sabiduría y calidad humana del jurista.

De pronto, como suele ocurrir en los tribunales constitucionales, a sus estrados llega un caso cuya levadura pintaba de colores la solución: si ampara al plutócrata, lo visten de blanco inmaculado. Si, al revés, tutela la intervención del Gobierno, le cuelgan el gorro frigio de los colorados. Es posible que el asunto no hubiera requerido de mucho esfuerzo doctrinario y metodológico de la hermenéutica, bien para uno o para otro lado. Era cuestión de definir, en su momento y sus circunstancias, el perfil constitucional del poder público y sus límites, que los hay, y las utilidades –que también las tiene– la riqueza. El tema rebasó los estrados del tribunal y pasó, como puede ser, al debate callejero. Llegó el momento de la crucial decisión del máximo tribunal: 6 votos a favor y 6 votos en contra. Todos con sus fundamentos y su particular enfoque interpretativo. Pero, como en el juicio no pueden coexistir dos verdades radicalmente antagónicas, habría de decidir el voto de calidad del presidente García-Pelayo.

La descalificación, la injuria y la mentira no se hicieron esperar. La derecha despedazó un nombre ilustre y digno. Don Manuel renunció a su cargo y dispuso regresar a América, aquella tierra que lo cobijó durante tanto tiempo de su primer exilio.

Francisco Tomás y Valiente, compañero suyo en el Tribunal Constitucional, en un sentido homenaje póstumo, hizo estas revelaciones, que es necesario reproducir para su cabal entendimiento: “Un día nos llamó a su despacho a Gloria Begué y a mí, y tartamudeando porque él tenía a veces determinadas dificultades de expresión sobre todo cuando la emoción no le permitiría la frialdad, nos enseñó una página de una revista; recuerdo perfectamente el título de la revista y recuerdo perfectamente el nombre y apellidos de la autora del artículo en el que se daba la noticia “evidentemente cierta” y “contrastada” y “documentalmente probada” de que García-Pelayo a cambio de su voto en la sentencia de Rumasa había obtenido una muy suculenta pensión del Gobierno español”.

“Pasó esos cinco últimos años –continúa el relato de Tomás y Valiente– en Venezuela. De nuevo allí y en unas condiciones en las que la situación económica era también un problema, porque los gastos para mantenerle en aquella situación eran muy elevados. No tengo ningún reboso en decir que yo le gestioné la percepción de algo a lo que tenía derecho. No digo que más que nadie, pero tanto como el que más: la pensión de jubilación como militar de la República, la única pensión que el Estado español le pagó; no, obviamente, aquella pensión que la calumniadora periodista anunció, sino la única pensión a la que tenía derecho, y la única pensión que se le pagó”.

La última vez que yo saludé y escuché disertar a don Manuel me conmovió el sacrificado destello de su académica sabiduría. Viejo, con el temblor del alzhéimer y movilizado en silla de ruedas por su devota esposa, nos dedicó tiempo y esfuerzo. La facción farisaica que hizo el encargo de denigrar a un intelectual de la ciencia jurídica y de la decencia política, no tiene menos culpa que la de un asesino que quita la vida, pues esta vale mucho menos que el honor.

Paradojas del destino. Por un lado, los reaccionarios atacaron para destruir a un filósofo y, por el otro, los del opuesto cuadrante de los fanatismos, la izquierda terrorista de la ETA, abonó a sus registros perversos el asesinato de otro gigante intelectual, hombre de letras y de reflexiones, investigador histórico y jurista de calidad. Así fue como otro eminente magistrado y expresidente del tribunal constitucional español fue cobardemente atacado en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid, Francisco Tomás y Valiente, buen amigo y gran colaborador de nuestra Corte de Constitucionalidad, personaje que tuvo la paciencia y el tiempo para transmitirnos experiencias, dotarnos de magníficos tomos de la jurisprudencia constitucional española y, lo que también vale mucho, su generosa amistad. Él, como magistrado, compartió la tesis de que la secesión territorial en España afrentaba el principio de integridad nacional adoptado soberanamente por el pueblo en su Constitución. Don Francisco fue “ejecutado” de tres certeros disparos, a una edad en la que aún prometía más de su genio y sensibilidad por la ciencia jurídica y política suya, recopilada en seis bellos tomos que suman 5 mil 500 páginas.

A un juez, de cualquier jurisdicción, debe atribuírsele, por principio, conciencia moral. Las leyes de los hombres, aun pareciendo prosaicas, como en efecto suele haberlas, pueden revelar virtudes cuando su operador las quiere hallar.

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