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Domingo

La cultura del odio


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Semanas  atrás escribí como la vida, se escapaba y transcurría, como –cuando yo era niño-  corría el tiempo y se iba, construyendo afanoso, alguna cosa con “Legos”. Sugerí que los quehaceres y nuestros muchos afanes, ignoran –muy malamente- los bellos amaneceres; pasan desapercibidos, a veces nos hallan dormidos o, a veces, a toda prisa; entre sueños y desmanes, entre las quejas y  gustos, entre el llanto y la risa.

Pues uno de mis lectores –de esos que odian por oficio- me acusó de “niño rico”, me conminó a jugar “cincos” y también a “los tipaches”. Nunca comprendió el mensaje,  desperdició la ocasión, de buscar reflexionar, sobre todo mi argumento;  quizá lo pudo ayudar, a pensar en lo valioso del tiempo bien invertido… en construir y no  odiar, del tiempo que nos da paz y no el que causa tormento. Pero en fin, a mí su crítica que buscó descalificarme,  me sirvió para animarme… ni insultarle o denigrarle, ni siquiera le conozco, ni nunca he aprendido a odiar. Para lo que me fue útil, fue para encontrar recuerdos de “Tipachas” y no “Tipaches” -como el lector les llamó- recuerdos que aún son buenos, gratos, sanos y muy frescos… aunque hayan quedado lejos, en el  atrio de una iglesia, en uno de los pueblitos que rodean Atitlán.

No fui rico y menos pobre, porque tuve la gran dicha de contar con padres buenos que me inculcaron valores, que me dieron suficiente para estar agradecido y cuando algo escaseaba, solo podíamos ver que la provisión de Dios… se engrandecía y nos daba. Eran años de mil juegos, ¡claro que jugué a los cincos, mi favorito era el “comix”!, tenía muchas “agüitas” que por ser tan abundantes… eran menos favoritas. De los cincos abultados en la bolsa del pantalón, había unos valiosos, otros eran mis tesoros, había una coyola y a veces unas chibolas. También jugué capirucho, también trompo y una cosa que era menos común. Sin tener aún conciencia de la contaminación, jugábamos a las tapitas y fue una gran afición. Presurosos  a la tienda a pedir le regalaran, las tapitas que guardaba, la tendera de la esquina. Sus manos muy arrugadas, juntaban muchas de ellas… nos las daba sin gran prisa, y sin brindarnos tampoco, ni reproches ni sonrisa. Ella las administraba, las calculaban sus ojos, eran para distribuir, entre todos los patojos. Las porterías del juego, eran aquellos tragantes que estaban en cada esquina y el juego se terminaba, con la última tapita… de esas no habían buenas, ni escasas, ni favoritas.

Tendría tal vez diez años, cuando con mis dos hermanos, íbamos con mis “papás” a tomar fotografías… realmente él las tomaba, a nosotros nos aburría. Me fui alejando de ellos, al observar a otros niños, ellos muy entretenidos en un atrio muy terroso, sonrían tanto y gustosos. Pensaba jugaban “cincos” y me acerqué, manoseando los que llevaba en la bolsa, pero su juego era otro… se trataba de unas cosas que jamás había visto. Eran cafés muy oscuro, redondas como tortillas, pero mucho más pequeñas… se jugaba de rodillas. Vi a los niños y me vieron, y en actitud generosa, me dieron una chibola de una cosa pegajosa. “Tenes que hacer la tipacha y voltear cualquiera de estas”… me indicó el niño más grande… yo solo bajé la testa. Puse atención a aquel juego que era  en realidad gracioso, me hinqué y jugué con ellos… momentos maravillosos. Mi papá no me encontraba, de pronto lo vi venir,  y aunque lucía molesto, me alisté a sobrevivir. Mi suerte de principiante, me hizo llevar a mi casa, una gran bola de cera de los niños de Atitlán, que en medio de sus pobrezas, me dieron aquel regalo… en San Lucas Tolimán. Nunca alcancé a enterarme que éramos diferentes… yo era un niño entre los niños y ellos así me quisieron, su juego fue entretenido, por dos horas quizá tres… fuimos “mejores amigos”. Que bueno sería el mundo, si en lugar de estar odiando, marginando y segregando, nos sintiéramos humanos… y disfrutáramos dando. ¡Piénselo!

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