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Domingo

Nuestro país en tiempos de aceleración


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En el interesante libro La imparable marcha de los robots (Alianza Editorial, 2016) el autor español Andrés Ortega relata que, en 1992, el entonces presidente norteamericano Bill Clinton convocó a varios destacados pensadores para examinar la marcha de la economía. En los análisis respectivos nadie mencionó el Internet, aun cuando este ya existía. Enfatizando la velocidad de “envejecimiento del futuro”, y trascendiendo el tema de la “revolución de los robots”, el mencionado autor considera que el cada vez más acelerado ritmo de los cambios no debe excusarnos de reflexionar sobre sus cruciales repercusiones para el futuro inmediato.

Una de estas consecuencias, sin duda, consiste en el hecho de que la aceleración tecnológica afecta negativamente las condiciones mismas de la racionalidad. Paul Virilio, el filósofo que más se ha destacado por pensar la aceleración tecnológica del tiempo, nota que la aceleración temporal encierra a los seres humanos en el miedo de lo imprevisible. Hace algunas semanas, por ejemplo, el mundo estaba a la expectativa por el peligroso intercambio de declaraciones y acciones por parte de Corea del Norte y los EE. UU. Después de la experiencia del 11 de septiembre, muchos aprendimos que lo inimaginable puede suceder.

En esta línea argumentativa, si tenemos que lamentarnos de una pérdida fundamental del mundo contemporáneo es la progresiva pérdida del tiempo que exige la reflexión humana. Según el filósofo de la historia Manuel Cruz, la mutilación de la duración, el crepúsculo de la temporalidad, se dibuja en la experiencia de no poder configurar proyectos a largo plazo. Se vive una era de cortoplacismo que, en contextos como el nuestro, ofrece una coartada para la tradicional falta de visión de sectores tradicionales de poder que no pueden ver más allá de sus intereses inmediatos.

Vivimos, por lo tanto, encerrados en el instante, tratando de eludir la crisis del momento, queriendo vivir la intensidad del instante, incapaces de visualizar un futuro estable. Este fenómeno se vive en lo individual y se magnifica en lo social y lo político.

Parte del problema consiste en que la tecnología está cambiando las sensibilidades humanas. Hace tiempo que esta dejó de sujetarse a las necesidades del género humano, para convertirse en medio de satisfacción de nuestros deseos, que como se sabe, a menudo son insaciables e irracionales. Estos deseos realizados, sin embargo, transforman las fibras básicas de nuestra realidad. Siempre será un ejercicio saludable pensar la forma en que las relaciones más íntimas se desfiguran a medida que la interacción directa con nuestros congéneres se encoge frente a la tentación incesante de ver la pantalla.

Ahora bien, el encogimiento de la temporalidad conlleva una pérdida de valores. La razón es que los valores implican, entre otras cosas, la misión de trascender un presente que se considera insatisfactorio. El deber ser, como lo sabía el destacado filósofo guatemalteco Héctor-Neri Castañeda, implica el deber hacer. Los valores, por lo tanto, no pueden reducirse a simples recetas para vivir de manera “responsable” en un sistema social que ha olvidado el significado de la dignidad humana.

Sin valores que brinden sentido a su existencia, el ser humano desarrolla una peligrosa arrogancia. Mi maestro, el fenomenólogo lituano-estadounidense Algis Mickunas, ha insistido en que la liberación tecnológica del hombre de la naturaleza y aún de su “humanidad esencial” terminó haciendo del hombre esclavo de su propio “genio”, subordinándolo a un complejo divino. En este contexto se comprende la tesis del historiador Yuval Noah Harari acerca de la transformación del Homo Sapiens en un Hombre Dios que es capaz, incluso, de desplazar la selección natural para plantearse el “diseño inteligente” de sí mismo.

Como es de esperar, tales problemas plantean cruciales interrogantes respecto a países como el nuestro. Pero ya lo hemos dicho en otras ocasiones, el caso de nuestro país siempre implica bajar unos escalones en el análisis de la realidad. Guatemala siempre ha carecido de un horizonte de futuro, y cuando lo ha tenido ha sido concebido como simple implantación de ideas que surgen en otros contextos, reflejando otros intereses. Un país como el nuestro, con un desprecio histórico por el pensamiento, no ha brindado mayor importancia a la ciencia ni la tecnología.

Por lo dicho, las consecuencias nacionales de la aceleración del tiempo global y la identificación de salidas a los problemas respectivos exigen reflexiones profundas que solo pueden enfrentarse en instituciones educativas que deben fortalecer su capacidad de investigación. Deben crearse políticas nacionales de investigación que superen las perspectivas fragmentarias que surgen de las consultorías inmediatas.

Este objetivo, sin embargo, no se puede lograr si nos resignamos a ser pasajeros del último vagón en un tren globalizado que, acelerando sin cesar hacia un lugar desconocido, está a punto de descarrilarse. Por otro lado, no debemos vivir a merced de un miedo paralizante. Paul Virilio, recuerda el dicho que reza: “El miedo es el peor de los asesinos; no mata, impide vivir”. Afortunadamente, nuestra cultura no es pobre en los valores que ha perdido el capitalismo tecnologizado que se nos quiere imponer como destino. Solo realizándolos se puede pasar del miedo a lo desconocido a la construcción del futuro.

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