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Domingo

La maldición de lo público


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Recuerdo la campaña del general Kjell Eugenio Laugerud García para las elecciones de aquel lejano 1974: su gobierno daría riqueza a los que no tenían, sin quitarle a los que ya tenían. Y sus partidarios repetían: “Repartir riqueza es repartir pobreza”. A Laugerud lo apoyaba el ultraderechista MLN. Hoy Guatemala tiene más pobres que en 1974.

El neoliberalismo repite hoy cosas similares en Guatemala aunque agoniza en el mundo. En el país son aliados del fascismo ultramontano. Los neoliberales se autoproclaman republicanos. Pero cuestionan la democracia que consideran “dictadura de la mayoría”. Al mismo tiempo interpretan los derechos humanos como doctrina socialista.

El  libertario guatemalteco, variante emelenista bastante patética del neoliberalismo, pregona un conservadurismo al que llaman ético, presentando un aparente liberalismo económico. Aparente, pues el mercado atomizado y la competencia perfecta resulta una ilusión perversa en un país de oligopolios como el nuestro. Lo que diferencia a estos libertarios de sus antecesores emelenistas, es la exigencia de “liberar” al Estado de sus funciones sociales e incluso que disminuya la obligación de contribuir a la creación de empleo, salud, educación, apoyar la cultura y asegurar la existencia mínima. La enfermedad neoliberal se reconoce por las ronchas del mercado auto regulado y las privatizaciones a ultranza y con ellas el fin del papel del Estado.

Ya los emelenistas había suprimido la función redistributiva. Los libertarios otorgan ahora al Estado solo dos funciones: seguridad y justicia. Seguridad es la mano dura visible, nada que ver con la mano invisible de Adam Smith, ni con la seguridad social. Justicia es la cárcel o el módulo de la muerte, no justicia social.

La desfinanciación del Estado a través de evadir impuestos, cuando al mismo tiempo Guatemala tiene una de las tasas tributarias más bajas del mundo es inmoral y dañino; al extremo que se ha llegado a los límites de un Estado fallido. La corrupción empeora las cosas. Los casos de La Línea y de Cooptación del Estado resultan dramáticamente ilustrativos.

Al fin de cuentas, se ha consolidado en Guatemala una ideología basada en el individualismo. Aún más: en el egoísmo racional y cínico. No se cree más que en el bien propio y se desprecia lo público y la solidaridad. Lo público es sinónimo de maldito. Lo privado es santo. Agreguemos un sentido elitista de la vida: la exclusión clasista y el racismo étnico. El dinero mata y por el dinero se mata.

Ante la desesperación por las condiciones de una sociedad dividida y asimétrica, se cree más y más en el autoritarismo. Tal vez sea compresible, si se piensa que la democracia representativa no está generando la riqueza que se esperaba. Pero no es culpa de la democracia sino precisamente de la falta real de la misma a causa de falta de participación ciudadana.

El individualismo hace que el guatemalteco no se organice y tenga dificultad para comprender qué es lo público, qué es la solidaridad, qué es la nación. Y crea en cambio que los pobres son pobres porque no trabajan. Que está bien engañar al fisco. Que la solución es matar a los criminales.

Guatemala se ha venido deshumanizando a pasos agigantados. Los niveles de violencia e inseguridad rebasan hace rato lo aceptable. Urge fortalecer la democracia con la justicia social y el humanismo. Al mismo tiempo que la gestión pública tiene que dar un salto de calidad. La meta debe ser la excelencia, mas requiere amplio compromiso social y políticos probos.

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