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Domingo

Lo que uno deja


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Me parece un día bueno, para sacar la nostalgia, para recordar pasados de niñeces y añoranzas. Un día donde la tristeza, solo tiene una cabida, para procrear cosas buenas y asfaltar las avenidas. De la vida, del sustento, de quereres… sin lamentos. Recordaba cuando niño, siempre me gustó construir, lo hacía –muy de pequeño– con dominós de madera, lo cual implica paciencia, constancia y perseverancia… era una ardua tarea. Pero pasaban las horas, y entre los pequeños trozos y con algunos “carritos”, el piso era –y por mucho– mi lugar más favorito.

Luego vinieron los “Lego”, fue una cosa extraordinaria, el juguete preferido, las cajitas esperadas, las figuras dibujadas que uno debía construir. Después la creatividad, de “mejorar el diseño” del ingenioso ingeniero que había creado el juguete, de combinar otras piezas, de construir carros, camiones, casas, torres y hasta aviones. Horas y horas de delicia, juntando pequeños trozos, sintiendo la frustración y sintiéndose orgulloso. No hubo sin duda en mi infancia, momentos más memorables que jugar entre los “Lego”, agregándoles carritos.

Pero existía un problema, pues los dichosos juguetes, no eran simples bagatelas, sino cosas onerosas. De esa cuenta no abundaban, de hecho –investigando– los dichosos ladrillitos, nacieron para la historia, cuando yo también nacía y eso hacía –en esos años de pequeño constructor– fuesen una novedad y como todas muy caras. Pero hubo oportunidades, muy felices y grandiosas, cuando en una de esas ferias en el “Parque de la Industria”, ponían –para los niños– una sala y muchos “Legos”. Los padres, mientras paseaban, dejaban allí a sus hijos y eso era, para quien lo vivió, motivo de regocijo. Entre miles de trocitos, el límite era el tiempo, paciencia, dedicación, creatividad, ilusión, constancia y perseverancia. Finalmente y felizmente, ¡Obra casi terminada!, luego llegaban tus padres y debías de dejarla, concluida o como quedara.

Me parece que la vida, es tan corta y pequeñita… como la sala de “Legos”. Entramos a construir, a divertirnos, sufrir… pero pronto se marchita. Al tener ansias por todo, a ganarle –si podemos– al reloj que sin perdón, hace correr sus agujas sin gusto, ni desazón. Pero el tiempo es implacable, sórdido, gris, silencioso… pocas veces amigable, ni es cínico, ni curioso. Solo transcurre y tan pronto que nos deja alucinados… a veces con mil pendientes, a veces con todo a medias, o el trabajo terminado. Y como en la sala de “Legos”, de pronto el tiempo se acaba, hay que irse sin demora… a otra lejana morada. Una que no conocemos, donde todo lo que vale es lo que aquí despreciamos, mientras lo que valoramos… allá, no sirve de nada.

Quedan atrás los juguetes, pero también los reproches, quedan lejos los afanes, los ahorros y derroches. Cuando vuelva a abrir la puerta, para otros jugadores… hallarán parte de nuestra obra; cosas lindas y creativas… algunas dignas de lástima, algunas cosas regadas y otras que no tienen forma. Alguno –el más juicioso– recordará aquella obra que tuvo que deshacer, para algo volver a hacer. Habrá alguno de los “raros” los que aprecian la virtud que aprenderá de nuestra obra, y lo hará con inquietud. Pero otros –que son más– traerán sus propios sueños, verán lo que construimos, con frialdad y con desdeño. Así es la vida de corta, y debemos escoger, entre venir a jugar, a construir o… a aprender. También podemos destruir, podemos no dejar nada, podemos legar vergüenzas, apariencias, mascaradas.

A la edad que ahora tengo, y luego de haber vivido… errado, llorado, a ratos… hasta estar arrepentido. A la edad que ahora tengo, luego de haber acertado, aprendido y enseñado; haber reído a morir, también trabajado mucho… he sabido subsistir; he podido apreciar lo efímero y trascendente, de la obra que he construido… y no puedo sino vivir, gratamente agradecido. Agradecido con Dios, con la gente que me quiere, con mis padres y mi esposa, mis amigos, mis lectores, el religioso y tramposo, con el honrado y bandido. Porque de todos se aprende, a la virtud conocer, pero también aprendemos lo que no se debe hacer… lo defectuoso y virtuoso, lo que es siniestro o grandioso; como se usan los recursos, como también se edifica, cuando uno procrea gracia y cuando uno mortifica. Se aprende que los placeres, son ciertos y son hermosos, cuando son el resultado de que uno ha creído mucho… y también se sacrifica. Como aquel niño pequeño, cabezón, flaco, huesudo, aprendió de los más aptos, quiero morir aprendiendo, pero también construyendo… armando y edificando… no parar de construir, porque está cercano el día –que como se terminaba el tiempo, “en la sala de los Legos”– uno tenga que morir. El reto que es apremiante, es terminar lo empezado, o al menos dejar –pendientes– pero bien planificados. ¡Piénselo!

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