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Domingo

Peleles en la selva


César A. García E.

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Guatemala profundiza su condición de sangrienta selva. Los depredadores se sienten a sus anchas y saben que aquí ellos mandan. A pesar de los esfuerzos anticorrupción, dirigidos a políticos otrora en el poder y a algunos evasores, la impunidad sigue pavoneándose y reinando en esta selva –como ninguna sangrienta– en que se ha convertido nuestra patria que asiste –sin enlutarse– al velorio de decenas de sus buenos hijos, cada semana… cientos cada mes y miles cada año. Pese a este salvajismo atroz que nos convirtió en una sociedad deshumanizada, indiferente y ciega… ya no somos noticia –por ello– en todo el mundo, y no nos inmuta –cuando debiera repugnarnos y hacernos hervir la sangre– la docena de muertos violentos cada día. El mundo se acostumbró a la matanza chapina y nos distingue con un país salvaje, inseguro e inviable; nosotros decidimos ignorarnos y nos convertimos en comparsas patéticas de la carnicería.

En 2003, Madrid fue víctima de cruentos atentados terroristas, en 2005 Londres sufrió lo mismo y ahora de nueva cuenta, hace apenas unos días; Alemania presenció el alcance del odio y la crueldad en 2016, Francia sufrió ataques repudiables, en 2012, para repetirse en 2015 y 2016. En Bruselas también se derramó, por mano de terroristas, sangre inocente en 2014 y 2016, lo que también ocurrió en 2015 en Dinamarca. Esta ola criminal, sin ninguna duda, se inauguró, a partir de los cruentos hechos en New York en 2001. Todos los atentados, fueron calificados de “terroristas”, y atribuidos a grupos islámicos extremistas, Isis o Yihadistas. La sangre inocente, se cobró sin demora, invadiéndose países, bombardeándose áreas donde pudieran estar los amigos del terror y “enemigos” de la humanidad y emprendiéndose campañas transnacionales de cacería humana. En el mejor de los casos los victimarios, fueron –según se conoció profusamente por las noticias mundiales– “abatidos”, ya sea de forma inmediatamente posterior a haber derramado sangre inocente, o incluso años o meses después de sus fechorías. En todo caso, Ejércitos y Policía trabajaron, para atrapar y liquidar a los homicidas, sin que nadie “saltara” en su defensa, condenara a Gobierno alguno, y sin que –por supuesto– ningún elemento de seguridad que trabaja para el lado de los buenos, fuese a parar a la cárcel. Los países agredidos, consideraron –con toda razón– una declaratoria de guerra de los fanáticos extremistas y sus compinches y han reaccionado, de la forma esperable que es… protegiendo a sus respectivas poblaciones, para que: 1) La vida siga siendo lo más normal posible, 2) Los comercios sigan funcionando, 3) Los centros educativos puedan realizar su labor y 4) La gente decente, se sienta segura y en libertad de transitar otra vez las calles de: Madrid, Niza, Londres, Berlín, París o Copenhague.

En Guatemala las cosas son muy distintas. Aquí acumulamos –en tan solo un año– el mismo número de víctimas de todos los atentados antes relatados juntos ¿Qué le parece? A mí espantoso, pero pese a ello, el terror va en crecimiento y existen voces –muy influyentes– que evitan que la fuerza pública, confronte a los enemigos, con la rigurosidad que se merecen; Guatemala tiene sus propios grupos terroristas internos que mantienen en vilo a comerciantes, estudiantes, trabajadores y tributantes. ¿Cómo se sentiría usted si fuese policía o soldado en un país como Guatemala? Sin duda desalentado, para confrontar a los malos, porque ellos están protegidos por el sistema corrupto que vela única y exclusivamente por el bienestar de los delincuentes, procurando que salgan libres –cuanto antes– porque no hay cárceles adecuadas, y no las hay, por causa de la colección de ladrones que hemos tenido como gobernantes. Nuestros policías están inhibidos a usar fuerza letal, al menos que los maten o les disparen antes, y aun así corren riesgo de ir a la cárcel. El Ejército se encuentra acuartelado, por el poder e influencia de la otrora insurgencia que –obviamente– se relame con el caos y no deja de soñar con el poder a ultranza. Así las cosas, hoy los criminales están sueltos y con todo descaro: amenazan, matan y siembran el terror ¿Por qué si ‘“El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia; su fin supremo es la realización del bien común.”’ según lo declara el Artículo 1 de nuestra Constitución, no se arremete contra los malos, con toda la fuerza, protegiendo a los honrados, productivos y tributantes? La razón es sencilla, la burocracia está dirigida por cobardes ambivalentes que obedecen las voces foráneas que han dispuesto las vidas de los guatemaltecos inocentes, valen menos que las de un alemán, francés, danés, estadounidense o español. La institucionalidad está copada por ideólogos de pacotilla, por pusilánimes y mentecatos, con agendas hipócritas de “derechos humanos” pro delincuencia, aplicables –solamente– a países como los antes citados que aprecian y valoran la vida humana y donde se privilegia el Estado de Derecho, y no aplicables a la sangrienta selva.

Guatemala es la selva, sin ley y con una prostituta como monarca que se llama muerte; ella se ha vendido a intereses espurios, ella obedece la voces foráneas de burócratas inoperantes que la dirigen a distancia… y no sufren la violencia, el temor y el caos, porque tienen suficientes blindados y guaruras que los protegen; ella –en su ilimitada idiotez– piensa que puede lograrse “la prosperidad” navegando en un mar de sangre inocente. El mismo bienestar sentirán el atolondrado Jimmy Morales o el malogrado Condorito De León; ni ellos ni sus familias tienen que enfrentarse con la verdadera y violenta Guatemala, para ellos es cómodo poner cara de bobos y leer discursos vacíos, a favor de la vida… en cada evento “vistoso” de muerte. ¿Qué pasaría si estos pusilánimes ávidos de poder, cámara y fama, hubiesen nacido en un país del primer mundo? Pues como macetas… del corredor nunca habrían pasado. Sin duda ha llegado la hora de que los honrados y pensantes, dejemos de ser mudos ornamentos luctuosos en esta patria que está a punto de morir. Si los burócratas no respetan la norma constitucional, hagámonos escuchar nosotros –el pueblo– como poder soberano, y hagamos que la Constitución opere a favor del honrado y no solo del protervo ¡Piénselo!

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