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Domingo

Cuando el Estado se derrumba


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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Nunca se podrá comprender la reciente tragedia del Hogar Seguro Virgen de la Asunción si se ignora que este tipo de calamidades son consecuencias previsibles de la profunda precariedad institucional que penetra nuestra vida cotidiana. El solo hecho de que tales desastres se precipiten sobre los más vulnerables revela la violencia integrada en las relaciones sociales, fenómeno que hace que los seres humanos mueran “antes de tiempo” –como alguna vez lo dijo el dominico Bartolomé de las Casas.

De hecho, si agrupamos las tragedias que nos sacan del letargo con el silencioso goteo de víctimas de la pobreza y desigualdad, comprendemos por qué el sociólogo noruego Johann Galtung llegó a afirmar que la violencia estructural latinoamericana se cobraba anualmente una cantidad “nuclear” de vidas humanas.

Así las cosas, es un ejercicio fácil, aunque espeluznante, imaginar los múltiples desastres que amenazan la vida nacional, los cuales parecen no hacerse evidentes para un gobierno y clase política sin otro Norte que defender los intereses y privilegios más indignantes. Es apabullante saber que mientras la población se conmovía ante esta tragedia, el Congreso gestionará de manera apresurada ciertos privilegios fiscales.

Esto evidencia una vez más que el Estado guatemalteco nunca se ha organizado en función de la articulación del bien común, sino de la defensa violenta y corrupta de un orden injusto. En este contexto, el terrible sufrimiento de la sociedad guatemalteca no puede entrar en las consideraciones de un gobierno que, como el actual, da evidencias de que se encuentra al servicio de grupúsculos de poder cuyo interés fundamental es escapar al cada vez más estrecho cerco creado por la lucha contra la corrupción.

No nos podemos engañar: un gobierno que ha llegado al colmo de no poder garantizar los documentos de identidad de su ciudadanía dejará en segundo plano cualquier política pública que impida que los más vulnerables paguen con su vida, de manera temprana, el haber nacido en un país como el nuestro. El solo hecho de que se ponga al frente de entidades de orientación social a personas sin las capacidades y experiencia relevantes pone en evidencia la importancia que el actual gobierno concede a los miembros más débiles de nuestra sociedad.

La actual situación, sin embargo, alcanza estratos más profundos, llegando hasta la falta de conciencia política de nuestro país. En la medida en que Guatemala se resigne a vivir en medio de la injusticia estructural más profunda tendrá que acostumbrarse a vivir las calamidades más tristes, de nuevo inducidas por gobiernos irresponsables, concentrados tan solo en los “dividendos” ganados por sus financistas. Que desde hace tiempo se diga con la mayor naturalidad que nuestra ventaja comparativa es la mano de obra poco calificada, la más susceptible de ser substituida por procesos de automatización, es una muestra del cinismo y estupidez que reaparece episódicamente en desastres que siempre tienen una raíz social.

La indiferencia política de la mayoría de la sociedad guatemalteca pone de relieve que la actual crisis no puede ser entendida como una simple pérdida de valores. Una explicación tan descontextualizada solo ayuda a denostar a las víctimas. En realidad, la carencia de valores es histórica y se ha expresado en la disposición a vivir en la injusticia. De este modo, la terrible violencia juvenil no puede desvincularse de un horizonte de falta de oportunidades que no puede ser refutado por el hecho de que siempre existan personas que logran salir de situaciones de profunda pobreza. Nunca se puede confundir la regla con la excepción.

Los sectores conservadores, desde luego, siempre negarán su responsabilidad ante tales tragedias. Tienen razón, desde luego, cuando afirman que la familia es importante para consolidar las virtudes sociales. Sin embargo, se niegan a seguir esta idea hasta sus últimas consecuencias. La familia es el espacio relacional en el que se consolida la socialización de los seres humanos, y como tal, precisa de un entorno social y económico favorable para desarrollarse. Aún así, muchos ciudadanos reproducen los libretos negativos de indiferencia e intolerancia social que circulan en los “buenos” hogares. El feminismo contemporáneo ha insistido en que los seres humanos no surgen como hongos de la tierra: los hábitos sociales se aprenden en una familia. Y esto vale tanto para una familia rica como para una pobre.

Tienen razón las pensadoras feministas cuando expresan la necesidad de repensar las estructuras de la familia, lo cual, a su vez, es una tarea política que se relaciona con la tarea de crear un orden político democrático. Solo seres formados en el respeto de la dignidad humana podrán construir de una vez por todas el Estado que precisa Guatemala.

Solo cuando la ciudadanía deje de acostumbrarse al sufrimiento sin sentido, tomará conciencia de sus tareas políticas impostergables. Entonces ya no se buscarán explicaciones en donde no las hay, y comprenderemos que se puede vivir en una comunidad digna. El derrumbe del Estado no debe implicar el colapso de una sociedad que recupera su sentimiento de responsabilidad ética y política. De hecho, la caída del Estado corrupto es la oportunidad para crear el marco institucional que garantice el bien común.

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