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Domingo

El legado del dictador


César A. García E.

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El jueves por la noche, compartiendo la cena con varios amigos, surgió el tema de la muerte de Fidel Castro y su legado. Las posiciones, en temáticas con ésta, son inevitablemente encontradas. El legendario dictador, indudablemente hizo suficientes cosas malas, para significar un mal recuerdo, porque terminó con todas las libertades posibles en la Isla y cometió suficientes crímenes políticos, como para anotarse un récord Guinness, quedando La Habana –abandonada– como fiel testimonio de la paralización del tiempo y convirtiéndose por décadas, parte del país, no en el prostíbulo de los EE. UU., como Fidel lo denunció en su día, sino como un prostíbulo planetario… actividad en el que muchas generaciones de cubanas, encontraron el camino para la subsistencia, dentro de un régimen absolutista, controlador e implacable que supo –paradójicamente– democratizar la escasez.

En mi opinión, no hay dictadura saludable, ni positiva, porque el absolutismo, hace del dictador y su grupo de allegados, la única clase privilegiada, mientras las mayorías son sometidas a la alienación masiva, mediante el terror y la programación sistemática de mentes, desde la primera infancia. Un ejemplo de un dictador tan repulsivo como Fidel Castro, pero que representó una posición ideológica antagónica, por corresponder a una derecha recalcitrante, pero igualmente cruel a lo que Fidel –desde su visión de izquierda fanática– representó, fue el dictador también caribeño Leonidas Trujillo. En efecto, este siniestro personaje dominicano y “anticomunista”, llamado “Generalísimo” o “El Benefactor”, gobernó –con mano de hierro– durante treinta y un años (1930 a 1961), haciéndolo directamente o por interpósitas manos de fantoches. Su crueldad, masacres y eliminación de las libertades básicas de su pueblo, están ampliamente documentados por la historia y se trató de un dictador que moría, cuando Fidel Castro apenas empezaba sus largos años de dictadura en Cuba; es probable que Trujillo hubiese sido tan longevo como Castro, pero fue asesinado, cuando contaba con setenta años, dejando tras de sí, miles de asesinatos, torturas y presos políticos. Durante su largo mandato, contó –en nuestra región– con amigos entrañables como Anastasio Somoza García y con detractores, como Juan José Arévalo.

Quise hacer la comparación entre estos dos tiranos, para ilustrar que las dictaduras –sin importar engañosas ideologías– no son ni serán buenas jamás, por constituir el alimento de la megalomanía de un individuo, pero también quiero acotar que existen otro tipo de dictaduras –con cara de democracia– que son igualmente destructivas a las que son obvias… ¿Será acaso que la chusca democracia criolla, ha generado mejores resultados que la dictadura de Fidel, será que el legado de nuestra novel y raquítica democracia es mejor en términos de desarrollo humano que la de estos infaustos personajes? Son preguntas que a priori, podrían responderse de forma irreflexiva, diciendo que en Guatemala “siempre ha existido libertad”, argumentando que “nuestro pueblo está mejor que el cubano”, ¿Pero es eso cierto? Lo dudo, y sin querer
–en absoluto– sugerir una apología del abominable Fidel Castro, es triste reconocer que
–en términos de desarrollo humano– un personaje tan siniestro y cruel, haya producido mejores resultados que todos los gobiernos chapines de los últimos cincuenta años. En efecto, sin derechos civiles, sin libre expresión, sin emprendimiento y con total sometimiento… en Cuba la desnutrición crónica infantil no es un problema y el analfabetismo no existe. Es decir, una Cuba –hoy– virtualmente libre y capitalista, con importantes inversiones europeas y estadounidenses, ofrece –sobradamente– mayor proporción de mano de obra calificada que una nación –como Guatemala– donde a la mitad de su población le correspondió una niñez desnutrida y por ende descerebrada.

Es decir, pese a Fidel, Cuba es hoy en día –dentro de un entorno globalizado– un país con mucha mayor viabilidad económica que Guatemala, por contar con mano de obra –humanamente– más desarrollada. Así las cosas, debemos reconocer, como mínimo, que en materia de lo fundamental –la persona humana y su desarrollo integral– el funesto dictador, hizo mejor las cosas que nuestra colección de incompetentes y corruptos gobernantes “democráticos”. En otras palabras, la dictadura –ininterrumpida– de la corrupción, el clientelismo y el mercantilismo, que ha sometido a Guatemala –en la cual cambia la cara del monigote de turno, pero permanece inalterable es statu quo– es, como mínimo, igual de destructiva que una dictadura explícita como la ejercida, por décadas por Castro. ¡Piénselo!

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