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Domingo

La necesidad de la espiritualidad ciudadana


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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Fue en Quito en donde el poeta Jorge Enrique Adoum encontró un grafito que parece resumir la acelerada confusión de nuestro tiempo: “Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. La verdad de esta frase, recogida por Mario Benedetti en una formulación un tanto diferente, se hace evidente de manera nítida ante los cambios operados en los EE. UU., hace apenas unas semanas. En efecto, apenas creíamos que teníamos respuestas para la crisis de la globalización cuando, de pronto, el acceso de Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo, nos hace ver que quizás estemos dejando atrás la mundialización neoliberal para entrar en una época de matices más siniestros.

En contextos como estos se hace patente la falta de claridad; la racionalidad política, en particular, retrocede frente a las motivaciones degradantes que hicieron posible tal resultado electoral. Cuando la historia se acelera se disuelven, por un lado, nuestras esperanzas de comprenderla, en parte porque nuestros conceptos son incapaces de capturar una realidad inestable. Por otro lado, el mundo humano se derrumba porque se diluyen las categorías que unen a los seres humanos. La desconfianza sustituye a la cordialidad y a la apertura.

El resultado natural es la confusión y la incertidumbre. Hace pocos días, Ignacio Ramonet, en la versión en español de ‘Le Monde diplomatique’, escribía que entramos “en una era nueva cuyo rasgo determinante es lo ‘desconocido’. Ahora todo puede ocurrir”.

¿Puede extrañar, por tanto, que ahora se hagan evidente esas fuerzas oscuras que una corrección política superficial no ayudó a desactivar? En nuestro país, la ciudadanía retrocede y cede el espacio para el retorno de las mafias políticas. Estos sectores, de hecho, creen que el triunfo de Trump constituye una señal de que la política carece de referentes éticos. En este contexto, ya no puede extrañar que organizaciones de marcada orientación fascista encuentren terreno fértil para esgrimir su ideología de odio.

El retorno de la oscuridad política plantea la necesidad de una reflexión política profunda que llegue hasta la realidad espiritual de la ciudadanía. En particular, debemos aclararnos no solo la crisis de racionalidad que hace posible que los procesos políticos del mundo se encaminen al más fatal despeñadero, sino también que el caos engulla la vida nacional. Después de todo, la mejor manera de actuar globalmente es hacerlo desde lo local.

Ahora bien, la comprensión del propio ser, del individual y el colectivo, es una tarea muy difícil. Cuando se trata de la autocomprensión se hacen evidentes los límites del lenguaje, en particular, nos percatamos de que no siempre es posible la conceptualización.

Por esa razón, es necesario acudir muchas veces a la potencia figurativa del pensamiento. Las imágenes y sus símbolos se proyectan en nuestra cotidianidad, en nuestros paisajes vitales. En ese sentido, podemos apropiarnos de la afirmación de José Ortega y Gasset cuando decía “dime el paisaje en que vives y te diré quién eres”.

Con la ayuda de esta idea, podemos rodear las limitaciones del pensamiento conceptual a través de una evaluación de las circunstancias en que vivimos. Nuestro ser profundo se refleja en el mundo que nos rodea. Así, existe una vinculación, no tan subterránea, entre nuestro ser y aquellos factores que incrementan el desorden y desamparo: el caos vehicular, la falta de imaginación burocrática, la desidia y el calvario de una política que roba las posibilidades de una vida digna para el ser humano. De este modo, el desastre nacional no puede pensarse al margen de la actitud con que se vive la vida cotidiana. Y podemos identificar la manera en que participamos en el (des)orden del mundo.

Resulta claro, entonces, que no podremos desentrañar el acertijo de nuestra vida política degradada, si no retornamos a las profundidades de nuestro ser. Se trata de interrumpir las tendencias regresivas que moldean las circunstancias en que vivimos. Es cuestión, en suma, de buscar esa razón cordial que invita a ver al otro como al prójimo, al que se le acoge y se le brinda protección, y no como el chivo expiatorio al que se le acusa de todos los males.

En su ‘Democracy Incorporated’, el pensador político norteamericano Sheldon Wolin afirma que la democracia siempre será formal si no se democratiza el propio ser. Este proceso pondría en marcha la transformación del paisaje vital, de manera tal que lo volvamos nuestro al reconocernos en nuestros conciudadanos. En ese proyecto, debemos exhortarnos a fomentar esas resistencias cotidianas sin las cuales los grandes proyectos políticos emancipadores no pueden existir.

En conclusión, no debemos dejar que las circunstancias eclipsen nuestra conciencia del cambio; la mediocridad consiste en ahogarse en ellas. Estas actitudes constituyen el suelo nutricio de la corrupción política; cada vez que negamos el derecho al que está junto a nosotros, damos un paso hacia el abismo. No podemos abatirnos en el desencanto, en la desesperanza, en la resignación, en el odio, ni en los recursos tranquilizadores que ofrece la industria de la motivación supeficial. La reflexión espiritual que no necesariamente está ligada a los dogmas de la religión, es parte de la respuesta para la confusión de estos tiempos.

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