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Domingo

Si Guatemala fuera más verde, marihuana


Faltan estudios serios sobre el consumo de cannabis y sus efectos. En los países donde la legalización se dio hace años se sigue discutiendo si fue algo bueno o malo en todos los sentidos de la palabra: el económico, de salud, de seguridad, de narcotráfico. Esta es una crónica sobre un joven de 28 años que tuvo la oportunidad de visitar un lugar donde la mota  es legal y puede compararlo con su experiencia en Guatemala.

Juan D. Oquendo • joquendo@elperiodico.com.gt –En Denver, Colorado, fumarse un porro de marihuana solo por la gana de hacerlo es legal. Ni manos sudorosas al pasar al lado de un policía con unos gramitos en el bolsillo o la incómoda sensación de reunirse con un desconocido que puede estafarte cuando le comprás.

Sí, a más de 3 mil kilómetros de Guatemala encontrar tiendas que despachan brownies, galletas, barras de chocolate, cubiletes y bebidas de café con marihuana es tan común como si se tratara de una cafetería más, una librería con una sección dedicada a la literatura Beat o un restaurante cuyo dueño asegura que ahí comía Jack Kerouac. Sebastián estaba en el paraíso, no como en Guatemala donde comprar y consumir marihuana le produce miedo.

Decidió prestar su anécdota para escribir esta nota, pero no su nombre. “Ya sabés: si la Policía sabe mis datos, puede buscarme”, dice para ahorrarse una condena que puede ir desde cuatro meses a dos años, o una multa que puede llegar hasta los Q100 mil según la Ley contra la Narcoactividad. Esta es la crónica de un consumidor de marihuana guatemalteco que visitó una ciudad estadounidense donde los productos de la hoja de varios picos se venden como si se tratara de pan.

Del lado de allá

Desde hace dos años, diez meses y 20 días la vida de los consumidores de marihuana de Colorado cambió. Mientras Obama ganaba la reelección en 2012, cientos de estadounidenses también votaban por una serie de leyes y enmiendas a nivel de estado. Entre las opciones que tenían los habitantes, estaba la Enmienda 64. Cuatro de cada diez votaron por el sí, tres por el no, y los otros tres no votaron. Con el sí pasó a ser el tercer estado que permite la comercialización y consumo de marihuana de forma legal. Sería hasta el uno de enero de 2014 que la venta iniciaría.

Sebastián no ha viajado tanto como quisiera, pero su primera visita a un lugar donde pudiera comprar marihuana legalmente fue en Colorado. Como parte de su viaje con otro grupo de turistas, recibió un recorrido por la ciudad durante la mañana. Denver le resultó hermosa, pero nada trascendental hasta que el guía dijo: “Ahora vamos a visitar una tienda de marihuana”. Todos en el grupo se hicieron miradas cómplices. Hablaron del tema en el hotel desde que llegaron y esperaban el momento para saciar su curiosidad y por qué no, su paladar.

Al igual que los otros turistas: algunos de África, Asia, Europa y América, ninguno vivía en un lugar donde la marihuana fuera legal. Aunque entre susurros algunos confesaron haberla probado en algún momento. Cada uno con su nombre particular para la planta y las extravagantes historias de cómo habían comprado con un personaje misterioso o un familiar que ocultaba en casa alguna maceta.

Sebastián no. Él ha comprado marihuana dos veces en toda su vida. Una acompañado de un consumidor crónico a quien le pidió que le presentara un vendedor. Y la otra ocasión para escribir esta historia. Las otras veces que ha fumado es porque algún amigo lleva o porque alguien le ha regalado.

El guía los detuvo en una calle bajo un letrero de fondo blanco con una cruz verde: el símbolo de una tienda que vende productos con cannabis. Ese es uno de los 11 expendios de marihuana para consumo recreacional y medicinal en Denver, la ciudad más grande de Colorado con poco más de 680 mil habitantes. Los otros 71 dispensarios que hay son para consumo medicinal con receta.

Al entrar al vestíbulo un hombre de rastas revisó los pasaportes de todos, porque cualquiera mayor de 21 años puede adquirir sus productos para consumo recreativo. Todos rodearon un televisor y unas sillas donde se explicaban las prohibiciones y permisos, según la ley. Por ejemplo, solo se pueden comprar 28 gramos de marihuana al día, la cantidad es similar a un tazón de cereal. Y para fumar solo se puede en un lugar donde haya consenso, no en espacios públicos ni en la calle, mucho menos hoteles y restaurantes.

Pero Sebastián y sus amigos no querían fumar porque no conocían a nadie que tuviera una casa donde pudieran hacerlo. Lo mejor era un comestible que se puede ingerir en cualquier lugar y a cualquier hora. Eso sí, una pequeña galleta o pastelito, no se puede sacar del Estado. La multa puede ser de US$500 y más, depende de la sentencia del juez. Mientras tanto, Sebastián se acercó a un mapamundi al fondo de la sala donde se invita a poner pines en el país de origen de quien visita la tienda. “La verdad que me sentí chichudo de ser el primer chapín en poner un pin en Guatemala”.

Cuando pasaron al mostrador dos jóvenes con tatuajes y aretes atendieron a los turistas. Mientras tanto, personas entraban y salían, compraban, pagaban y se iban. Los tipos más comunes y corrientes y no el estereotipo que cualquiera podría imaginar. Sebastián eligió un brownie de US$10, la opción más económica. “Pero el menú te ofrece variedades de índica y sativa para fumar que van de US$12 el gramo en adelante”. El paquete es una presentación de dos pastelitos con sabor a caramelo. Cada uno contiene 10 mg de Tetrahidrocannabinol (THC), la sustancia psicoactiva de la marihuana que afecta los neurotransmisores del cerebro. “Una combinación de 21 átomos de carbono, 30 de hidrógeno y dos de oxígeno producen una sensación placentera”, explica orgulloso de saberse la fórmula.

 

El vendedor les sugirió que consumieran una cuarta parte del brownie para ver cómo se sentían porque el metabolismo de cada quien es diferente: “Puede que un cuarto te haga efecto, pero que para mí uno entero sea necesario”. Pagaron con tarjeta de crédito y recibieron factura. El sobre contenía los datos que exige la ley, desde la cantidad de calorías hasta origen del aceite de THC que se usó para prepararlos. Sebastián sonrió, recordó las cajetillas de cigarros que advierten al usuario que “El consumo de este producto puede causar serios daños a la salud”.

“Mirá, qué sensación tan agradable poder salir a la calle con marihuana, sea en la forma que sea, sin sentirte como aquel drogadicto al que todos van a juzgar. No sos el marihuano de la familia ni de la cuadra. Solo sos un cliente más”, relata Sebastián. La penúltima noche del viaje, antes de una cena, él y sus amigos decidieron probar los brownies. Medio cada uno. Así se fueron a un bar a comer y escuchar música en vivo. A la media hora comenzaron a sentirse relajados, ligeros y un poco eufóricos. La comida sabía mejor. “Mucho mejor. No tenés idea. La sensación duró casi dos horas y media, cosa que no pasa cuando fumás” recuerda entre risas Sebastián.

 

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A las dos de la mañana llamaron a un Uber que llegó en menos de cinco minutos. Subieron al carro. Regresaron al hotel. “El hecho de ir en un Uber sin miedo a que te asalten, a que te pare la Policía y por consumir marihuana te metan al bote, le da mil veces mejor sensación a la marihuana más gacha de EE. UU. que a la mejor que podás conseguir en Guatemala”.

Del lado de acá

Sebastián descansa recostado en un sillón de fieltro azul. Reflexiona las diferencias entre Guatemala y Denver, después de un momento descubre que no existen tantas, además de la obvia. Explica que mientras estuvo allá vio gente fumar en la calle. El aroma como a grama quemada estaba sigiloso por las calles, universidades, callejones y parques. Para él bien podría haber sido el parque San Sebastián de la zona 1 que el parque Centenario o la Universidad de San Carlos. A pesar de la prohibición de fumar marihuana en espacios públicos en Denver, la gente sale y lo hace.

El joven no cree que sea un consumidor crónico. Le sobran los dedos de una mano para contar la cantidad de veces que fuma al año. Tiene ciertas “reglas” para hacerlo: nunca consumir solo, siempre con amigos, en una casa donde se pueda. Tiempo para ver una película, jugar videojuegos de carreras o comer mil y una chucherías. No tomar alcohol. No tener que manejar el carro. Y que al día siguiente no tenga que ir a ningún lugar temprano por su trabajo.

“Por eso casi no lo hago. Soy esclavo de las formalidades y tengo que tener todos estos aspectos. Quizá pueda prescindir de la comida, pero tan ricos los munchies (los efectos de apetito que producen ciertas variaciones de la marihuana)”. Sebastián también sabe que hay un diputado llamado Álvaro Velásquez que impulsa una iniciativa para legalizar el consumo y producción. Hasta fue a un foro que hicieron en el Congreso. “Pero solo hablaron personas a favor y nadie en contra. Tampoco se habló desde un enfoque de viabilidad, sino solo de lo ‘buena que es la marihuana”.

Lo que Sebastián no sabía es que la propuesta de ley 5053 fue rechazada el pasado 1 de noviembre por la Comisión de Trabajo de Legislación y Puntos Constitucionales. Piensa que es una lástima para Velásquez, “a él de plano que sí le gusta la marihuana”. Pero lo que Sebastián tampoco sabía es que el congresista de Convergencia no fuma marihuana. Que solo lo hizo una vez cuando lo criticaron de impulsar algo que nunca había probado.

“El consumo de marihuana es un asunto de salud pública” para Velásquez. “Yo no soy consumidor ni quiero promover las adicciones”. Su iniciativa busca “abrir un debate en concreto de una de las drogas blandas más milenarias”. Para ello tiene diferentes enfoques. Una de las ideas es que esta ley cambiara el combate a las drogas. Solo de enero a octubre la Policía Nacional Civil ha incautado 2 millones 936 mil 408 matas de marihuana, en lo que ha gastado tiempo y recursos.

Según Velásquez, la legalización también podría sacar al productor y consumidor del mercado negro. Aunque en la práctica los precios se reducirían según la oferta y demanda, a la fecha las casi 3 millones de matas incautadas equivalen a Q1.1 millardos. La iniciativa de ley también busca la legalización para comercializar derivados como aceites, jabones, ropa y textiles.

 

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Por último está el pago de impuestos. Velásquez propone un diez por ciento a todos los productos de la marihuana. Una mitad para el sistema hospitalario y la otra mitad para la PNC. “La idea es iniciar el debate y que deje de ser un tema tabú”, según el congresista. Sebastián mientras tanto le escribe por celular a un primo que sabe que consume marihuana. Lo que quiere es el contacto de un dealer “pero de confianza, porque nunca sabés a quién ni qué estás comprando en Guatemala”. Desde orégano seco hasta adulterada con químicos.

Después de agregar el contacto le escribe, según las indicaciones. La oración clave para iniciar la comunicación es: “¿qué tenés?”. A los minutos llega el mensaje de vuelta con cuatro tipos de marihuana y los precios. Un gramo de la más barata cuesta Q15. “Eso es como esto mirá” y Sebastián crea un círculo en el aire del tamaño de una ficha de quetzal. De ahí los precios se disparan hasta seis veces más. Como no sabe cuál es cuál se mete a la página Leafly.com que le recomendó otro amigo que fuma marihuana de manera más regular. El sitio web cuenta con más de 2 mil variedades, sus efectos psicoactivos, medicinales y negativos.

Sebastián se decanta por la más cara: OG Kush, un híbrido entre índica y sativa. El gramo cuesta Q70 y lo vale. Relaja, genera felicidad, produce euforia… por eso la eligió. “Ideal para el estrés y la depresión” reza
Leafly.com. Aunque reseca la boca y ojos. Puede marear, dar dolor de cabeza y generar paranoia, según la página. Su sabor es terroso con tonos de pino y madera. El porcentaje de THC va del 19 al 26 por ciento y tarda 56 días en florear. Esa sustancia se adhiere a los receptores canabinoides en el cerebro asociados con la memoria, placer, coordinación, pensamiento y percepción del tiempo.

 

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Le dice al dealer que le comprará dos gramos. Quedan de juntarse en un lugar. Se encuentran. Él le da el dinero y su vendedor le da la marihuana en una bolsita. Los nudos de hojas verdes están rodeados de hebras anaranjadas, una de las características de la OG Kush. Hablan un poco de música y se despiden. “El tipo más amable que se te pueda ocurrir. Lo mirás en la calle y jamás pensás que vende marihuana. La gente se imagina saber a qué narco con botas y cadenas como telenovela”, defiende Sebastián a su vendedor.

Esa misma noche va a la casa de un amigo a donde llegará un tercero. Sebastián camina por las calles con la bolsita de marihuana en el pantalón; las manos le sudan. Viven cerca, pero eso no le quita el miedo de que lo pare una patrulla, le encuentre la marihuana y la pipa y se lo lleven preso. “Eso ni de broma en Denver”. El miedo de hacer algo ilegal hace que voltee la mirada a cada momento. Tres patrullas pasan por las calles, pero ninguna lo para.

Cuando llega donde su amigo se siente como Dean y Sal al entrar a México en On the Road de Kerouac: “Al fin habíamos encontrado la tierra mágica al final de la carretera y nunca nos habíamos imaginado hasta dónde llegaba esa magia”. Saluda a sus dos amigos, despenican la marihuana, la ponen en la pipa de vidrio que también compró para la ocasión y fuman. Al fin está tranquilo. Sebastián se escapó de engrosar el número de detenidos por consumo en el Sistema Penitenciario (SP) que a la fecha suman 297. Veintiún mujeres y el resto hombres.

“Lo que quiero es que se deje de criminalizar al comprador”, dice el diputado Velásquez, “eso le ahorraría al Estado el gasto de recursos en la captura y condena de portadores de marihuana por consumo”. Según las cifras del SP, solo uno de cada cien privados de libertad está ahí por llevar marihuana. Y el año pasado 515 personas fueron condenadas por el mismo delito según el Organismo Judicial.

¿Compraría marihuana si fuera legal en Guatemala? Sebastián no está seguro. Quizá sí, quizá también fumaría más. “Si me sintiera empoderado para hacerlo, a huevos. Me encantaría poder ir a la tienda o la farmacia y decirle al vendedor: ‘Deme un gramo de su mejor marihuana’”. ¿Qué le diría su familia? “Tengo primos que son los que consumen más seguido. Esos son los marihuanos de mi familia. Mis papás se enojarían de que fumara seguido. Mi esposa tiene miedo de que me vuelva adicto así que por ella mejor que no legalicen esa onda”.

 

US$29.55
millones recibió en 2015 la ciudad de Denver por los impuestos sobre la marihuana.

33
estados de EE.UU. han legalizado el consumo de marihuana, ya sea recreativo o medicinal.

Q1.1
millardos es el valor estimado de las matas de marihuana incautadas por  la PNC de enero  a octubre de este año.

297
personas cumplen condena en el Sistema Penitenciario por el delito de portación de marihuana para el consumo.

515
personas fueron condenadas por el delito de portación de marihuana para el consumo en 2015.

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